SOPA DE RELATOS

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Echar de menos


Hacer de menos

 

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introversión


me acaban de apuñalar en el hombro derecho y ya no puedo mover el brazo. automáticamente me arrodillo para aguantar el dolor y tragarmelo, como si fuese una prosa barroca.

todo ser humano puede llegar en el punto de la vida donde la supervivencia de éste se le antepone en los ojos hipnotizandolo y repercutiendolo con dejavús de una pasado aparentemente mejor.  en este momento crítico, de inflexión incierta, uno puede escuchar fluir la sangre en la cabeza. úno nota la alta presión que el fluido de la vida ejerce sobre el cráneo. úno nota que está solo, que hace frío y que la nevera está vacia y que el libro de poesia intimista lo sadomasoquiza. a todo esto se le puede decir que es hablar por hablar  y que nos permite desahogarnos y dialogar con otras personas sobre nuestro interior obscuro y establecer vínculos para sentirnos apoyados. pero ahora mismo todo esto no me importa. la cuestión es que me estoy desangrando. me sujeto en la paret de maón inglés con la mano izquierda y me destrozo las uñas de ejecutivo. no aguanto más y me desplomo. mi camisa blanca está empapada y sucia, igual que mi alma. dada la complejidad de las circumstancias, mi pensamiento se turbia y se vuelve absurdo. de golpe, en ese revuelo de ideas me entra el pánico y me pregunto: si estoy vivo, o si estoy muerto.


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“kitty”, mi furgoneta


me encuentro conduciendo un vehículo  vetusto, rojo y oxidado por el barro de caminos escondidos y traviesos. ¿saben? es de aquellas furgonetas donde uno transportaría gallinas y cerdos, pero transporta personas. mi pick-up es un ser querido para mi y no dudo en quererla como a un amante, celosa de ser mentida por la verdad de una esposa. mis manos tiemblan a cada piedra que ahogo en el suelo asqueroso de esta tierra mientras voy conduciendo y aunque sufra, no hay remedio, hay que seguir.

una vez más retuerzo com mis manos arrugadas y grandes el volante grande y hergonómico como si fuera un paño mojado intentandole sacar el agua. me siento sucio y me gustaría olvidar mi nombre y me seria facil hacerlo, sinceramente. ahora mismo podría frenar mi “kitty” roja, abrir la puta puerta, danzar tres pasos como el chinito protagonista de “el último bailarín de mao” hasta arrimarme al borde del peñasco y aspirar el aire todavía gratis y emular la locura de volar, pero como he dicho quiero continuar.


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El chico de pueblo


Él era un tipo sencillo, pero profundo y sensible. Se había criado en una familia de clase baja, pero bien situada dentro del estatus de una pequeña aldea. Su mayor aspiración era muy humilde: formar una numerosa familia con la joven de la que estaba enamorado.

Era un hombre fornido, atractivo, un ídolo para muchos chicos del pueblo, y, por ello, todas las mozas del pueblo iban tras él. Pero, aunque muchas de ellas eran chicas hermosas, su amor tenía un único destinatario.

 

Ella, sin duda, era la más bella. Aficionada a la literatura, a primera vista era encantadora. Su caminar distraído, ignorando todo cuanto sucedía a su alrededor, le daba una apariencia de ingenuidad que era capaz de bajarle todas las barreras. Le despertaba una pasión que no era capaz de controlar y, arrastrado por ella, cometió alguna que otra barbaridad.

 


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El abrigo verde


Unos pasos cansados pero pertinaces se hunden en la nieve en un vano intento de arañarle a la estepa unos cuantos centímetros más de vida. Como si de una vela rasgada se tratase, un abrigo verde y grueso pende entre jirones de la encorvada espalda del soldado. Apenas ya una sombra y un suspiro en medio del viento.

Ya no hay sitio para pensamientos complejos o algún tipo de introspección, tan solo un dolor agudo y lacerante que desgarra los dedos de las manos y los pies con sus dientes de hielo. El frío se materializa en las pestañas y en la barba en forma de cristales que finalmente empapan la bufanda y llegan a convertirse en vapor caliente bajo varias capas de abrigo.

Si tuviera fuerzas, lloraría.

Sobrevivir unas horas más es un tormento impuesto por la interminable sucesión de pasos y crujidos sobre la nieve.


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Los gritos del dolor


Desgarrador, agudo, pavoroso… Eran las siete de la mañana, casi todos dormían acunados por el silencio y de pronto, se oyó un grito, desgarrador, agudo, pavoroso… que me abrió de par en par las puertas al abismo.

No sabía de qué se trataba, ni siquiera desde qué lugar exacto procedía aquél terrorífico sonido, pero entró por mis oídos haciendo añicos mi parte más sensible.
¿Qué se escondería tras ese grito? Dolor desesperado ante la enfermedad, vacío tras alguna pérdida importante, frustración, desesperación, anhelos, amor no correspondido… ¡Sufrimiento en definitiva!

Pasaba ya la madrugada y volví a escuchar ese sonido. Esta vez conocía su procedencia, había sólo una pared de por medio, una pared que separaba mi llanto amargo, silencioso,  sofocado en un pañuelo, de aquel quejido inconsolable. Era un hospital desolador, viejo, pequeños insectos recorrían las paredes… La había perdido para siempre, ya nunca más vería aquel rostro blanquecino y escuálido ruborizarse al caer la tarde, o sonreír tímidamente, como ella lo hacía… Pero ¿y ese grito? ¿Qué escondería ese grito? Quise no saber más, después de todo, mi pecho apenas contenía mi dolor, ¿cómo hacerme cargo de lo ajeno?


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EL JINETE CON PRISAS


EL JINETE CON PRISAS

Un jinete corre al galope por el desierto de Arizona, su caballo es el mas veloz y resistente que ha podido encontrar.Cuando lleva mas de 3 horas a toda velocidad, se le cruzan 5 vaqueros que le cortan el paso y el caballo del jinete da un relincho que se pone a dos patas y casi lo tiran del caballo, pero consigue mantenerse en la silla.

-Donde vas con tanta prisa -dice el vaquero que parece el cabecilla del grupo -no habrás robado un banco y te están persiguiendo.

-No es eso, voy a… -responde el jinete, pero no le da tiempo a decir mas, porque uno de los vaqueros le pega un tiro al caballo.

-Mierda, he fallado, le había apuntado a los ojos del ladrón.

-Siempre has tenido muy mala puntería Bill -dice el cabecilla.


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“Despierta…” (un relato de 855 palabras)


Al principio percibió el rumor de unos tambores, tan lejanos que confundió con el propio latido de su corazón. No quiso abrir los ojos, aunque sabía que estaba despertando; porque no ignoraba cuan dura podía ser la vida y lo dulce que era soñar. Ni siquiera los brazos de “Amanecer”, su prometida, competían en bienestar. La inconsciencia que ronroneaba en sus pensamientos, era más complaciente y no exigía proezas para ofrecer sus dones.La mirada azul de Alejo se enturbiaba en los viajes largos, incluso  cuando había descansado las horas necesarias la noche anterior. Debería considerar que conducir turismos no era tan peligroso como trasladar toneladas de sustancias químicas, porque en sus treinta y  cinco años de conductor de camiones nunca se había dormido. Probablemente porque su esposa Alba siempre le preparaba un termo de café.


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Géiser de dolor



Estaba sola contra un universo complicado para el cual no me prepararon debidamente. En ocasiones rozaba la locura; los gritos me sacaban de quicio, esos golpes… No lo aguantaba. La desesperación empezaba a emanar de los poros de mi piel con la fuerza y el misterio del vapor en un géiser. Quería llorar y no sabía. No encontraba escape para la intensidad de mi dolor. Caminaba incontrolada, dando patadas al vacío, retaba al mismo aire que me daba la vida.
¡¡Desesperada!! ¡¡Sola!! Sin un atisbo de calor humano o apoyo. Te llamé y no querías hacerme caso. ¿Cuál es tu criterio? ¿Cómo eliges a quién llevar contigo?

 


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Teresa


 

Teresa, esa mujer silenciosa de cabello oscuro…

 

Nadie sabía qué escondía tras esos ojos secos, tras su imagen quebrada, tras su expresión marmórea.

 

Como cocinera era, sin duda, la mejor de las profesionales. Independiente, diligente, creativa, cuidadosa… Teresa se crecía conforme aumentaba su carga de trabajo. Pero fuera de su territorio, Teresa era huidiza, melancólica, débil… algo la transformaba por completo más allá de su cocina.

 

Eran tantas las buenas recomendaciones que avalaban su profesionalidad, que los señores aceptaron su particular rareza: “Los críos nunca deben entrar en la cocina. En la medida de lo posible, preferiría no tener que relacionarme con ellos. Nadie puede entrar en mi habitación”. No les importó, después de todo ellos tenían su propia niñera y profesora, y por supuesto, no les interesaba para nada entrar en los dormitorios de las criadas.

 


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El zumo inocentón


Hoy he comprendido la ausencia de lógica en el comportamiento de los humanos.

Una anciana ha pasado a introducirme en la bolsa con los demás condimentos, y en el viaje que me ha llevado finalmente a su estómago, he podido verificar porque, a pesar de la supuesta inteligencia de la que alardea, el hombre está destinado al fracaso y a la destrucción.

 

He visto un televisor y he escuchado una radio, he leído su periódico y les he oído conversar.

Y todo lleva a lo mismo.

 

El ser humano es egoísta, es cruel, es hedonista, y lo peor de todo es que encima es un hipócrita a más no poder.

 

Son los peores entre ellos, aquellos que guardan todo eso en su corazón y lo camuflan con historias de generosidad y de bondad.


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Gritando aunque no me ves (hace demasiado que no escribo, lo siento)


Llegó aquel temido día antes de lo esperado, llegó el desquicio a mi lamento, a mis ganas de no seguir con esto que llamo mi vida, mi arrepentimiento por haberme enganchado tanto a ti a sabiendas de que nunca sentirías nada parecido por mí.
Intenté reprimir mis lágrimas aquella mañana en clase de inglés, y, mostrando la mayor voluntad que nunca me haya invadido ni siquiera en sueños, mostré la máscara, aquella que le decía a la profesora que quizás fuera un alumno atento pero algo distraído.
Quise recordar el ritmo de una canción del movimiento dance para intentar no recordarte, he hice que mi pequeño nudo en la garganta simulara decrecer por unos segundos. Pero ¿A quién quería yo engañar? Cada segundo que pasaba de aquella fatídica hora era más duro, intentaba huir de todo aquello, salir corriendo tal y como decía una de mis canciones favoritas del grupo Amaral. Me vi reflejado en un pensamiento en el que me propinaba yo mismo un disparo a la vez que caía desde la ventana de aquel segundo piso, y aún me cuestiono el porqué de no hacerlo.
Cuando por fin el timbre sonó, una fuerza simultánea a mis ganas de querer salir de allí hizo que recorriera el instituto a una velocidad hasta entonces insospechada para mis Converse moradas, y en menos tiempo del que yo creía que fuera capaz de encontrar la salida, la imagen de la multitud de alumnos que aguardaban la salida de los demás se dibujó en mi mente, y con esta, tu bici me recordó que aún tu clase de biología no había finalizado.
En menos de dos segundos mil veces me hice la misma pregunta: ¿Le espero? Pero, como si una fuerza antinatural invadiera mis piernas, corrí hacia el coche en el que mi madre me esperaba leyendo una revista del Leroy Merlín. Ingenua la pobre no sabía ni la mitad de sentimientos homicidas y suicidas que estaban teniendo lugar en mi mente en aquellos segundos de desesperación interna.
Me arrepiento. ¿De qué? Te preguntarás. La respuesta es muy simple: me arrepiento de haberte conocido, de haberlo intentado todo, de no poder eliminar las lágrimas que invaden día a día mis ojos, de aquello que te prometí y que ahora sé que cuando ella llegue no podré cumplir por puro egoísmo y pura necedad. Me arrepiento porque te quiero, te necesito, te adoro y te amo a la vez que necesito eliminar todo rastro de ti de mi cabeza, cada pensamiento, cada caricia o cada risa.
Amor y odio. Odio y amor.
Para mí, dos sentimientos tan fuertes que es difícil tenerlos hacia la misma persona.
Pero a ti te amo, y a ti te odio.
Y lo malo es que no puedo recriminarte nada.
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Exorcismo


¿Cómo lo hago? ¿Me lo explicas tú? ¿Me dices cómo me olvido de nuestros secretos y de tus ojos? Por favor. Pórtate bien, y dime cuánto tiempo durará esta nostálgica ruina, esta ruinosa nostalgia que siento al recordar tu piel. Vamos, valiente, ¿me dices cuántas noches tengo que soñar contigo, cuántas lágrimas tienen que caérseme sin permiso? Dime qué hago para no pensar en ti. Te estoy desafiando.

¿Puedes? ¿Puedes darme el remedio a tu desamor? ¿Me dices cómo te olvido?… Porque deberías decírmelo tú. Justamente tú, que me metiste en este berenjenal. Deberías sacarme. Tú, que te encargastes de protagonizar tantas escenas inolvidables. Deberías explicarme cómo te olvido.


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Dos veces. (2)


No tengo detalles. Me esfuerzo. Intento recordar cuánto tiempo estuve en el agua. Intento recordar cómo salimos. Pero no recuerdo nada. Tengo la impresión de librarme de él y poder llegar a las rocas. No recuerdo si mi madre me ayudó a salir. No recuerdo cómo consiguió salir Patricio, si alguien se lanzó a buscarlo o él solito se acercó a las piedras y lo ayudaron a subir. No recuerdo más.

Luego me enteré de que Patricio no sabía nadar (no era necesario que me lo jurase). Quizás me lo dijo mi madre, otra persona, o el mismo Patricio. Yo estaba enfadada, asustada y triste. Y no podía evitarlo. Demasiados segundos debajo del agua me habían endurecido. Me había visto morir. Hubo un momento decisivo en que mis pulmones dejaron de respirar, y mi cerebro empezó a decir adiós… es una las sensaciones más fuertes que he tenido en toda mi vida.


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Dos veces. (1)


Un día de verano supe que iba morirme. Sé que suena raro. Bueno, no, suena corriente. Muy corriente; todos nos morimos. Yo me refiero a la primera vez que fui consecuente con la idea, que asimilé la fugacidad de la vida, que comprendí lo imprevisible y rápido que puede ser morirse. Y, todavía peor, lo fácil que es morir solo. Lo fácil que es que te maten.

No sé qué edad tendría. Puede que seis, puede que ocho. En aquel tiempo mi madre tenía un novio, uno de tantos. Se llamaba Patricio, y a mí aquello me parecía una desgracia. Es un nombre horrible. Eso pensaba y eso sigo pensando. Dado que mi relación con Patricio no fue muy satisfactoria, y dado que no he vuelto a conocer a otro Patricio, sigo pensando que es un nombre horrible. Sin querer, pienso que alguien llamado así tiene que ser atractivo a la vez que un asesino de niños en potencia. Nada me ha hecho cambiar de idea. Si escucho Patricio sólo puedo acordarme del día que creí que iba a morir. Dos veces.


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Al Borde


Todo amor tiene que llegar a un final…   Pero a veces ese final puede ser demasiado trágico, sobre todo si aún no ha tenido un comienzo.

“¿Cuánto más podría sostenerla?”

Al Borde”

La mire directo a los ojos. Era sorprendente como podía mantener la calma en un momento como ese. Pero lo sabía, pronto el pánico se apoderaría de ella como a cualquier otro individuo normal. Y así fue. Desvío su mirada de la mía y comenzó a llorar en silencio. Sabía que eso hacía, ya que podía sentir el movimiento que hacia su cuerpo cada vez que acallaba un sollozo.

No la culpaba, yo también deseaba llorar; tragarme mi orgullo de hombre y llorar, pero alguien tenía que ser fuerte por los dos; así que no lo hice, a pesar de las fuertes punzadas que atormentaban mi brazo y de todas las piedras que se encajaban cada vez más profundo en mi pecho y estomago. Miré hacia el cielo y vi como este comienzo a oscurecer. ¿Por qué tardan tanto?


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Cartas


2 de Mayo 2010

Resulta extraña la intimidad que se siente escribir una carta para enviarla por correo convencional; aún más cuando se piensa en la “revolución de comunicación” que estamos viviendo.

Pero eso no es el punto; quería hablar contigo, y te has negado a verte conmigo alegando que, si quiero decirte algo, siempre puedo recurrir a un mensaje. No especificaste que tipo de mensaje.

Para comenzar… hay varias cosas que quisiera colocar aquí, pero creo que lo más importante a decir ahora es que tú y yo ya no somos lo que éramos, de alguna manera, la relación que teníamos se ha ido deteriorando poco a poco; no sé si por descuido mío o de ambos, pero es una realidad: Yo ya no significo lo mismo para ti, y a mí me resulta complicado mantener una relación en la que no estoy seguro de que pasa, o para dónde va.


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El Parto.


Resulta que esta noche estoy sola en casa.

Mi gata se ha puesto de parto, ha manchado una manta de un líquido, ha tenido algunas contracciones, se la lavado mucho sus partes, ha maullado un poco, ha buscado mi cariño, me ha estado molestando un par de horas y luego se ma metido bajo otra manta a dormir. No quiero despertarla ni cambiarla de sitio. Creo que es mejor que tenga a sus crías donde quiera. No sé de dónde me viene esta creencia; quizás porque el primer parto que presencié fue el de la gata de mi tía en un armario. He intentado que mi gata se quede en su manta de lana preferida, frente a la estufa, pero se negaba. Tenía que estar en la cama, cerca mía. Le he rascado las orejas y me ha mirado dando un maullido que sonaba a pregunta. Le he hablado y le he dicho cosas inconexas, como “el biscote, oi, oi, oi” y “no me mires así que yo no te he dejado embarazada”, y también le he dicho al oído “estáte tranquila, yo estoy contigo”. Ella ronroneaba y cerraba los ojos.


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Recuerdos de Familia Cap 4: El último sacrificio


Todo era oscuridad cuando la puerta se cierra detrás de ellos con suficiente fuerza como para que los goznes de la puerta crujieran en el marco. Unos segundos después sus ojos se acostumbran a la penumbra logra ver lo que parecía su casa en cierto sentido, pero era muy diferente en muchos otros sentidos.

Para empezar el antes corto pasillo hacia la prístina cocina de Roberto ahora parecía extenderse por kilómetros. Y los cuadros de las paredes ya no eran fotos de la familiares  sino que cuando Roberto pasó su mirada sobre ellos, se transformaron en horribles escenas teñidas de rojo: calles empapadas de sangre y lluvia que se la llevaba por las alcantarillas. Miembros humanos desperdigados por doquier y perros que se los llevaban entre sus afilados dientes como si fueran un premio.


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El evento


El sujeto circula por encima de la velocidad permitida, a pesar de los copos de nieve que se derriten en el sucio parabrisas de su sedán azul oscuro. Una ola de frío aguda y repentina de polaridad helada y malencarada, gustosamente cargada de adjetivos por los pseudocientíficos que se hacen llamar meteorólogos, barre el campus y deja narices rojas y bonitos gorros otoñales cubriendo elegantes y jóvenes cabelleras, o crestudas seseras. El estudiante se dice que ya no hace ni frío ni calor, hay olas de lo uno o de lo otro, del Sáhara o de Groenlandia, pero no simple calor o frío. Eso ya quedó atrás, como los telégrafos o como el educado “buenos días” en la cola del autobús.


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