SOPA DE RELATOS

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El chico de pueblo


Él era un tipo sencillo, pero profundo y sensible. Se había criado en una familia de clase baja, pero bien situada dentro del estatus de una pequeña aldea. Su mayor aspiración era muy humilde: formar una numerosa familia con la joven de la que estaba enamorado.

Era un hombre fornido, atractivo, un ídolo para muchos chicos del pueblo, y, por ello, todas las mozas del pueblo iban tras él. Pero, aunque muchas de ellas eran chicas hermosas, su amor tenía un único destinatario.

 

Ella, sin duda, era la más bella. Aficionada a la literatura, a primera vista era encantadora. Su caminar distraído, ignorando todo cuanto sucedía a su alrededor, le daba una apariencia de ingenuidad que era capaz de bajarle todas las barreras. Le despertaba una pasión que no era capaz de controlar y, arrastrado por ella, cometió alguna que otra barbaridad.

 


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El abrigo verde


Unos pasos cansados pero pertinaces se hunden en la nieve en un vano intento de arañarle a la estepa unos cuantos centímetros más de vida. Como si de una vela rasgada se tratase, un abrigo verde y grueso pende entre jirones de la encorvada espalda del soldado. Apenas ya una sombra y un suspiro en medio del viento.

Ya no hay sitio para pensamientos complejos o algún tipo de introspección, tan solo un dolor agudo y lacerante que desgarra los dedos de las manos y los pies con sus dientes de hielo. El frío se materializa en las pestañas y en la barba en forma de cristales que finalmente empapan la bufanda y llegan a convertirse en vapor caliente bajo varias capas de abrigo.

Si tuviera fuerzas, lloraría.

Sobrevivir unas horas más es un tormento impuesto por la interminable sucesión de pasos y crujidos sobre la nieve.


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Los gritos del dolor


Desgarrador, agudo, pavoroso… Eran las siete de la mañana, casi todos dormían acunados por el silencio y de pronto, se oyó un grito, desgarrador, agudo, pavoroso… que me abrió de par en par las puertas al abismo.

No sabía de qué se trataba, ni siquiera desde qué lugar exacto procedía aquél terrorífico sonido, pero entró por mis oídos haciendo añicos mi parte más sensible.
¿Qué se escondería tras ese grito? Dolor desesperado ante la enfermedad, vacío tras alguna pérdida importante, frustración, desesperación, anhelos, amor no correspondido… ¡Sufrimiento en definitiva!

Pasaba ya la madrugada y volví a escuchar ese sonido. Esta vez conocía su procedencia, había sólo una pared de por medio, una pared que separaba mi llanto amargo, silencioso,  sofocado en un pañuelo, de aquel quejido inconsolable. Era un hospital desolador, viejo, pequeños insectos recorrían las paredes… La había perdido para siempre, ya nunca más vería aquel rostro blanquecino y escuálido ruborizarse al caer la tarde, o sonreír tímidamente, como ella lo hacía… Pero ¿y ese grito? ¿Qué escondería ese grito? Quise no saber más, después de todo, mi pecho apenas contenía mi dolor, ¿cómo hacerme cargo de lo ajeno?


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Las cicatrices del alma.Capitulo XI


Mi primera comunión

Por fin empezaron las lecciones y tengo que decir que no me costó mucho aprender a leer.

Para hacer la primera comunión nos tuvimos que aprender el catecismo completo, nos examinaron y no todos aprobaron. Yo además de estudiarlo bien, creo que fue mi día de suerte e incluso me felicitaron. Los aprobados la harían el mismo año, y los suspensos al año siguiente.

Llego el día tan señalado para los aprobados, y acordaron que la haríamos en la iglesia que asistían a misa mis hermanas. Me alegré mucho pensando que las podría ver de nuevo, ya que hacía mucho tiempo que no las veía.

Nos compraron unos pantalones azules y una camisa blanca y nos hizo mucha ilusión ya que aquella ropa era una novedad para nosotros.


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Las cicatrices del alma.Capitulo X


El nuevo reformatorio

Llegó el esperado día del cambio.

El nuevo comedor, además de que era más grande, disponía de mesas y sillas. ¡Por fin podríamos comer sentados como personas!

El dormitorio se componía de dos salas de unos doscientos metros. Las camas estaban alineadas en filas, con mejores colchones que las anteriores y, sus correspondientes sábanas.

Los aseos también tenían algunas mejoras, aunque seguimos duchándonos sin jabón ni agua caliente para asearnos como Dios manda.

Lo más positivo para nosotros, fue que fuimos escolarizados en el nuevo reformatorio. Nos dieron la oportunidad de poder aprender a leer y a escribir. El aula se componía de una sala grande con mesas y pupitres. Allí nos podrían dar clases y hacer nuestros deberes sin ningún problema.


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EL JINETE CON PRISAS


EL JINETE CON PRISAS

Un jinete corre al galope por el desierto de Arizona, su caballo es el mas veloz y resistente que ha podido encontrar.Cuando lleva mas de 3 horas a toda velocidad, se le cruzan 5 vaqueros que le cortan el paso y el caballo del jinete da un relincho que se pone a dos patas y casi lo tiran del caballo, pero consigue mantenerse en la silla.

-Donde vas con tanta prisa -dice el vaquero que parece el cabecilla del grupo -no habrás robado un banco y te están persiguiendo.

-No es eso, voy a… -responde el jinete, pero no le da tiempo a decir mas, porque uno de los vaqueros le pega un tiro al caballo.

-Mierda, he fallado, le había apuntado a los ojos del ladrón.

-Siempre has tenido muy mala puntería Bill -dice el cabecilla.


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Las cicatrices del alma.Capitulo IX de XLVI


El encuentro con mi madre

De mi madre hacía tiempo que no sabía nada. En realidad nunca supe lo que fue de su vida durante todo aquel tiempo, ni tampoco se lo pregunté. Lo que no percibía era que estaba muy cerca el día que la vería de nuevo.

Una tarde el señor Ramón me llamó con insistencia para que le siguiera. Un poco desorientado y siempre temiendo lo peor (no fuera que sin ser consciente hubiera hecho algo malo) seguí a este hombre y, grande fue mi sorpresa, me lo tenía que  creer porque lo estaba viendo.

Al otro extremo de una puerta de rejas que daba a la calle, estaba viendo con mis propios ojos a mi madre.

Llorando nos besamos como pudimos a través de los barrotes de aquella maldita puerta.


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Las cicatrices del alma.Capitulo VIII de XLVI


Mi enfermedad y el día a día en el reformatorio.

Aún con la ayuda de mis hermanas seguía pasando mucha hambre. Entre el hambre, la falta de higiene y la tristeza, caí gravemente enfermo y poco faltó para que perdiera la vida.

Todo empezó en que comía a medias los pocos alimentos que nos daban, igual que hacía con el chocolate que me daban mis hermanas. Llegó un día que deje de comer por completo, y la ración que me pertenecía se la daba a mis compañeros. Aparte de ser el más pequeño de los internos, tengo que decir que era un niño tímido, ni los celadores fueron conscientes de lo que me estaba pasando, ni yo les dije nada, hasta que un día cuando jugábamos en el recreo, perdí el conocimiento y caí al suelo desplomado.


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Las cicatrices del alma.Capitulo VII de XLVI


El encuentro con mis hermanas.

 

Llegó el primer domingo de mi ingreso en aquella cárcel para niños y, nos formaron en dos filas para llevarnos a la Iglesia a oír misa.

Durante el trayecto nos llevaron formados al estilo militar cantando canciones religiosas. Una de las canciones que más me acuerdo decía así:

-          “Era niño del albergue, del albergue la misión, porque allí encontrarás tu entera salvación. Bendito, bendito, bendito sea Dios, los Ángeles cantan y alaban al Señor”.

Al llegar a la Iglesia nos situaron en un extremo de la misma todos de pie. Los pocos bancos que había estaban reservados para las monjas.

Mi alegría se desbordó, cuando vi que entraba en la iglesia un grupo de niñas dirigidas por dos monjas, y con ellas iban mis hermanas. Iban uniformadas, y se cubrían la cabeza con una boina roja, pues según normas del reformatorio, les rapaban  el pelo para no darles facilidades a los molestos piojos.


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Las cicatrices del alma.Capitulo VI de XLVI


La higiene y desnutrición en el reformatorio.

Las condiciones de limpieza en el reformatorio eran nulas, y los gérmenes nocivos para la salud, se sentían a sus anchas.

En estas condiciones, carentes de higiene, mas la escasez de alimentos conllevaría, que una gran mayoría de niños estuviéramos afectados por raquitismo, parásitos y muchas enfermedades, abundando sarampión, tiña y sarna.

Para curar la sarna, nos embadurnaban el cuerpo con azufre, y para el tratamiento de la tiña, trituraban unas patatas previamente cocidas, y hacían una cataplasma, para aplicárnosla en la cabeza con ayuda de una venda.


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Las cicatrices del alma.Capitulo V de XLVI


Ingresado en un reformatorio de Valencia con 7 años de edad, año 1944

Después de tantos avatares, vinieron dos hombres a por nosotros. Nos dijeron que nos llevarían a un colegio, que allí estaríamos muy bien cuidados ¡Qué mentira más piadosa! Nos ordenaron que les siguiéramos para ducharnos antes de ingresar al colegio prometido, y nos llevaron a unas duchas municipales.

Al llegar a las duchas se me acercó un hombre, y cogiéndome de un brazo, intentó por la fuerza separarme de mi madre y de mis hermanas para conducirme a las duchas de hombres. Llorando, y con mucha resistencia por mi parte me opuse con firmeza, e intenté no seguirle el juego. Toda mi lucha sería en vano, ya que la fuerza bruta de este hombre ganó la partida, y me condujo a la ducha.


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Las cicatrices del alma.Capitulo IV de XLVI


Nuestro traslado a Valencia. 1945

 

El motivo de este cambio tan negativo y tan drástico para nosotros, lo causó un malvado sin corazón y sin escrúpulos, que supo convencer a mi madre para vivir con ella en pareja.

Este mal nacido, se aprovechó de la ignorancia de mi madre, para que vendiera lo conseguido con el esfuerzo de su trabajo, pues según el estafador no nos iba a hacer falta, nos iríamos a vivir los siete a Valencia. Allí disponía de casa y de recursos para vivir sin necesidades.

Mi madre creyó ver una puerta abierta, a su grave situación con la promesa de este sinvergüenza y no dudó en hacerle caso, de nada sirvieron los consejos de familiares y vecinos, vendió los animales con enseres (mesas, sillas… etc.) y demás utensilios que no se podía llevar.


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Las cicatrices del alma.Capitulo III de XLVI .


La muerte de mi padre y el regreso de mi madre. 1940

Recuerdo un día que almorzábamos en la casa del abuelo, que interrumpió nuestro almuerzo la visita de una mujer vestida de negro.

Tiempo después sabría que era mi madre, pero en aquel momento, que se dirigió a mí con la intención de darme un beso, huí de ella para refugiarme en las faldas de mi abuela, pues la separación entre ambos, dio lugar a que creyera, que mi madre era mi abuela.

Al poco de regresar mi madre nació mi hermano Domingo, y poco después, recibimos el fatídico telegrama notificando el fallecimiento de mi padre. Su enterramiento tuvo lugar en una fosa común, (¡Sabe Dios dónde!), pues nunca tuvimos la oportunidad de llevarle un ramo de flores.


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Las cicatrices del alma.Capitulo II de XLVI .


Capítulo II

Mi nacimiento y la muerte de mi padre. 1937

En el año 1937 y en plena guerra civil, vi la luz por primera vez en un pequeño pueblo de Almería (España), ocupe el cuarto lugar de tres hermanas, Isabel, M. Dolores y Rosa.

Estas son mis hermanas, las que quiero y adoro con todo mi corazón, ellas fueron mis protectoras, y renunciaron en mi favor, a lo más elemental para su subsistencia.

Mi madre fue una mujer excepcional. Gracias a su sacrificio y fortaleza impidió que en aquellos años de hambre murieran sus hijos. No le importó exponer su propia vida por nosotros.

A pesar de haberlo dado todo sin esperar nada a cambio, se vio privada del derecho que toda madre debe tener: el disfrute de sus hijos.


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“Despierta…” (un relato de 855 palabras)


Al principio percibió el rumor de unos tambores, tan lejanos que confundió con el propio latido de su corazón. No quiso abrir los ojos, aunque sabía que estaba despertando; porque no ignoraba cuan dura podía ser la vida y lo dulce que era soñar. Ni siquiera los brazos de “Amanecer”, su prometida, competían en bienestar. La inconsciencia que ronroneaba en sus pensamientos, era más complaciente y no exigía proezas para ofrecer sus dones.La mirada azul de Alejo se enturbiaba en los viajes largos, incluso  cuando había descansado las horas necesarias la noche anterior. Debería considerar que conducir turismos no era tan peligroso como trasladar toneladas de sustancias químicas, porque en sus treinta y  cinco años de conductor de camiones nunca se había dormido. Probablemente porque su esposa Alba siempre le preparaba un termo de café.


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Géiser de dolor



Estaba sola contra un universo complicado para el cual no me prepararon debidamente. En ocasiones rozaba la locura; los gritos me sacaban de quicio, esos golpes… No lo aguantaba. La desesperación empezaba a emanar de los poros de mi piel con la fuerza y el misterio del vapor en un géiser. Quería llorar y no sabía. No encontraba escape para la intensidad de mi dolor. Caminaba incontrolada, dando patadas al vacío, retaba al mismo aire que me daba la vida.
¡¡Desesperada!! ¡¡Sola!! Sin un atisbo de calor humano o apoyo. Te llamé y no querías hacerme caso. ¿Cuál es tu criterio? ¿Cómo eliges a quién llevar contigo?

 


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Teresa


 

Teresa, esa mujer silenciosa de cabello oscuro…

 

Nadie sabía qué escondía tras esos ojos secos, tras su imagen quebrada, tras su expresión marmórea.

 

Como cocinera era, sin duda, la mejor de las profesionales. Independiente, diligente, creativa, cuidadosa… Teresa se crecía conforme aumentaba su carga de trabajo. Pero fuera de su territorio, Teresa era huidiza, melancólica, débil… algo la transformaba por completo más allá de su cocina.

 

Eran tantas las buenas recomendaciones que avalaban su profesionalidad, que los señores aceptaron su particular rareza: “Los críos nunca deben entrar en la cocina. En la medida de lo posible, preferiría no tener que relacionarme con ellos. Nadie puede entrar en mi habitación”. No les importó, después de todo ellos tenían su propia niñera y profesora, y por supuesto, no les interesaba para nada entrar en los dormitorios de las criadas.

 


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El zumo inocentón


Hoy he comprendido la ausencia de lógica en el comportamiento de los humanos.

Una anciana ha pasado a introducirme en la bolsa con los demás condimentos, y en el viaje que me ha llevado finalmente a su estómago, he podido verificar porque, a pesar de la supuesta inteligencia de la que alardea, el hombre está destinado al fracaso y a la destrucción.

 

He visto un televisor y he escuchado una radio, he leído su periódico y les he oído conversar.

Y todo lleva a lo mismo.

 

El ser humano es egoísta, es cruel, es hedonista, y lo peor de todo es que encima es un hipócrita a más no poder.

 

Son los peores entre ellos, aquellos que guardan todo eso en su corazón y lo camuflan con historias de generosidad y de bondad.


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Gritando aunque no me ves (hace demasiado que no escribo, lo siento)


Llegó aquel temido día antes de lo esperado, llegó el desquicio a mi lamento, a mis ganas de no seguir con esto que llamo mi vida, mi arrepentimiento por haberme enganchado tanto a ti a sabiendas de que nunca sentirías nada parecido por mí.
Intenté reprimir mis lágrimas aquella mañana en clase de inglés, y, mostrando la mayor voluntad que nunca me haya invadido ni siquiera en sueños, mostré la máscara, aquella que le decía a la profesora que quizás fuera un alumno atento pero algo distraído.
Quise recordar el ritmo de una canción del movimiento dance para intentar no recordarte, he hice que mi pequeño nudo en la garganta simulara decrecer por unos segundos. Pero ¿A quién quería yo engañar? Cada segundo que pasaba de aquella fatídica hora era más duro, intentaba huir de todo aquello, salir corriendo tal y como decía una de mis canciones favoritas del grupo Amaral. Me vi reflejado en un pensamiento en el que me propinaba yo mismo un disparo a la vez que caía desde la ventana de aquel segundo piso, y aún me cuestiono el porqué de no hacerlo.
Cuando por fin el timbre sonó, una fuerza simultánea a mis ganas de querer salir de allí hizo que recorriera el instituto a una velocidad hasta entonces insospechada para mis Converse moradas, y en menos tiempo del que yo creía que fuera capaz de encontrar la salida, la imagen de la multitud de alumnos que aguardaban la salida de los demás se dibujó en mi mente, y con esta, tu bici me recordó que aún tu clase de biología no había finalizado.
En menos de dos segundos mil veces me hice la misma pregunta: ¿Le espero? Pero, como si una fuerza antinatural invadiera mis piernas, corrí hacia el coche en el que mi madre me esperaba leyendo una revista del Leroy Merlín. Ingenua la pobre no sabía ni la mitad de sentimientos homicidas y suicidas que estaban teniendo lugar en mi mente en aquellos segundos de desesperación interna.
Me arrepiento. ¿De qué? Te preguntarás. La respuesta es muy simple: me arrepiento de haberte conocido, de haberlo intentado todo, de no poder eliminar las lágrimas que invaden día a día mis ojos, de aquello que te prometí y que ahora sé que cuando ella llegue no podré cumplir por puro egoísmo y pura necedad. Me arrepiento porque te quiero, te necesito, te adoro y te amo a la vez que necesito eliminar todo rastro de ti de mi cabeza, cada pensamiento, cada caricia o cada risa.
Amor y odio. Odio y amor.
Para mí, dos sentimientos tan fuertes que es difícil tenerlos hacia la misma persona.
Pero a ti te amo, y a ti te odio.
Y lo malo es que no puedo recriminarte nada.
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Exorcismo


¿Cómo lo hago? ¿Me lo explicas tú? ¿Me dices cómo me olvido de nuestros secretos y de tus ojos? Por favor. Pórtate bien, y dime cuánto tiempo durará esta nostálgica ruina, esta ruinosa nostalgia que siento al recordar tu piel. Vamos, valiente, ¿me dices cuántas noches tengo que soñar contigo, cuántas lágrimas tienen que caérseme sin permiso? Dime qué hago para no pensar en ti. Te estoy desafiando.

¿Puedes? ¿Puedes darme el remedio a tu desamor? ¿Me dices cómo te olvido?… Porque deberías decírmelo tú. Justamente tú, que me metiste en este berenjenal. Deberías sacarme. Tú, que te encargastes de protagonizar tantas escenas inolvidables. Deberías explicarme cómo te olvido.


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