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ALMA Y SUS SUEÑOS


Cuentan, que Isla Esmeralda era uno de los reinos más ricos que se conocían, de entre todos aquellos que se encontraban esparcidos por las inmensas aguas de aquel Océano. Además de una situación privilegiada, tenía como principal actividad la explotación de las minas de esmeraldas, de cuyas profundidades extraían gran cantidad de riquezas. De la comercialización de su producto dependía la vida de sus moradores.
Por la época de esta historia, gobernaba aquellas tierras la reina Salima, mujer de una belleza extraordinaria. El problema surgió al cabo de los años, cuando ésta se enteró de la existencia de una muchacha (llamada Alma) que era hija de un prohombre del reino. La joven competía en belleza con ella. Salima, envidiosa de aquel encanto que apagaba el suyo, mandó a escondidas a tres de sus mejores guardias, que la raptaran y la llevaran a lo más hondo de una de las minas cercanas al acantilado.
Los soldados, que habían escuchado las mil y una leyenda que sobre aquella mina de esmeraldas se contaban (entre ellas, la de que en su interior se refugiaba un dios con cuerpo de dragón), abandonaron a la joven en medio del frondoso bosque, que había en las proximidades.
Sabedores de la crueldad que representaba su acción, la explicaron con lágrimas en los ojos, que su reina les había dejado claro que debían matarla, por lo que si intentaba regresar a la ciudad, se verían obligados a cumplir la orden.
Así que, cuando los soldados marcharon, Alma se encontró sola y perdida en aquellos parajes. Sus pensamientos fueron para su familia. Ella era la hija pequeña de un noble del reino y tenía cinco hermanas. Suspiró al pensar, que sus padres la estarían buscando en ese momento, aunque dudaba que la pudiesen encontrar.
El silencio que reinaba en el lugar, sólo era roto por el acompasado sonido de copetones, petirrojos y mirlos, pájaros que habitaban en las copas de los mil y un árbol que allí había. La joven caminó durante horas, hasta que el cansancio la obligó a parar. Se recostó sobre las raíces de un roble y quedó dormida.
Navegando por las brumas del sueño, se encontró de pronto ante las puertas de un palacio situado en medio de la espesura de aquel bosque. La joven dirigió sus pasos hacia la entrada y vio como esta se encontraba abierta. Entró y quedó sorprendida al ver el lujo que había en su interior. Decidió esperar para ver si alguien salía a su encuentro y al comprobar que no era así, se dispuso a recorrer sus diversas estancias.
En el salón había dispuesta una mesa, con toda clase de viandas preparadas para ser consumidas. Notó como su estómago la indicaba, que hacía horas no había comido nada, así que ni corta ni perezosa se sentó a la misma, y degustó algunos de los manjares. Bebió zumos de diferentes frutas y sintió como poco a poco, el hambre se apagaba y la invadía un cierto sopor. Así que se levantó y subió hasta el piso superior buscando una habitación.
Entró en la cámara principal, donde encontró una cama inmensa bajo un lujoso dosel. Las ropas que la cubrían eran de una gran exquisitez; los suelos estaban cubiertos de alfombras, mientras que las paredes lo eran de bellos y trabajados tapices. Un tocador con espejos, cepillos de plata para el pelo y una lujosa caja de joyas sobre un pequeño mueble, eran parte de su lujoso mobiliario. Se tumbó y al rato quedó dormida.
La sombra deforme, que se hallaba oculta tras las cortinas, al contemplar la belleza de Alma sintió los pálpitos de su corazón tan fuerte, que al igual que en otras ocasiones, aquél perdió su gruesa piel. Ella no supo cuando, pero notó como alguien se tumbaba a su lado. Intentó abrir los ojos, pero fue en vano. Una dulce melodía comenzó a llegar hasta sus oídos. Eran palabras de amor, expresadas con una dulzura desconocida por ella hasta ese momento, y que ya en su interior acabaron por excitarla. Mientras, el contacto con aquel cuerpo incendiaba y alimentaba la pasión.
Aquella sombra que se había alojado sobre ella, se separó un momento. Luego, notó como unas manos suaves la despojaban de sus ropas, dejándola desnuda. Seguidamente volvió a sentir el calor de aquel cuerpo, que al penetrar en el suyo la poseía.
Al amanecer despertó sobresaltada. Su cuerpo desnudo estaba cubierto por las finas ropas de la cama. A su lado no había nadie. Vestida de nuevo, bajó al comedor de la noche anterior. La mesa se hallaba de nuevo dispuesta con comida y frutas recién cogidas.
El día transcurrió en la más completa soledad, a excepción de la visita de las numerosas aves que se posaban cerca de ella. Ésta las miraba con tristeza y les echaba migas de pan para que comieran.
Cuando de nuevo llegó la noche, volvió a tenderse sobre el tálamo y ya acostada, notó como su amado volvía a estar a su lado. Se sintió feliz.
Al alba, nuevamente éste la había abandonado. Se preguntó que motivos tendría para ello, ya que según él la había dicho, el placer que le producían los encuentros era idéntico al suyo. Ahora ante la separación, la invadió una inmensa tristeza.
Los días y las noches se sucedieron con idéntica simetría, hasta que en uno de sus encuentros se atrevió a decirle, que le gustaría poder ver a su familia. Notó una leve convulsión de la sombra, que se hallaba tumbada sobre su cuerpo. Sin embargo, aquella voz suave que solía mecerla le dijo:
—Podrás verlos aquí con una única condición: no harás caso a las propuestas que éstos te insinúen.
Así fue como días más tarde, recibía la visita de su familia al completo. Las hermanas envidiosas de la felicidad de Alma, no pudieron estarse de dejar caer la duda sobre el desconocido.
—Si no se deja ver, debe ser un monstruo. Si no, no lo entendemos…
Aquellas palabras calaron en la joven creando en ella una gran duda. Él se sintió traicionado y a causa de la desazón que le produjo, volvió a transformarse en el dios dragón que habitaba en la profundidad de la mina.
Alma despertó agitada del sueño que había tenido. No recordaba jamás haber sentido, lo que durante su sueño había ocurrido. Miró sus ropas, y vio que eran las mismas que llevaba cuando la abandonaron los soldados. Buscó con la mirada el palacio y vio que este no estaba allí; no había nada. Continuaba sentada sobre las raíces del roble, donde el miedo y el cansancio la habían obligado a sentarse.
Se levantó y comenzó a andar por entre aquellos tupidos árboles, que sólo permitían pasar levemente los rayos del sol. Vagó durante horas sin que ocurriese algo que la sorprendiera, hasta que ante si apareció la cima de la montaña, donde supuestamente se encontraba el lugar, donde tenían que haberla abandonado los soldados de la reina.
Cuando estuvo cerca de la entrada, oyó un rugido intenso y recordó las palabras del soldado cuando éste la indicó, que allí habitaba un dios con cuerpo de dragón. De pronto, sintió que las fuerzas la abandonaban y se refugió entre unas rocas. Estas la protegerían ante el ataque de cualquier animal. Nuevamente se sumergió en su sueño.
Volvió a encontrar el palacio de su amado. Sació su hambre con los ricos manjares y calmó su sed al beber aquellos zumos deliciosos. La noche se extendió sobre el lugar y ya dormida sintió las caricias esta vez de unas manos deformes. Sobresaltada abrió los ojos y parpadeó sucesivamente para aclarar su visión. Allí estaba el dragón de la mina. Quiso huir pero algo se lo impedía.
El dragón comenzó a hablar y el sonido de su voz era para Alma, el mismo que la meciera durante tantas noches en el palacio.
—No temas, no voy a hacerte daño ¿Recuerdas las noches que hemos pasado juntos? —la preguntó.
Ella asintió. Luego lo miró y se percató que sucedía algo raro. Cuando sus pensamientos la llevaban a recordar los sucesos de aquellas noches, en que la sombra se había recostado sobre ella, veía a un dios con una belleza extraordinaria; pero cuando miraba al dragón y su fealdad y recordaba las palabras de sus hermanas, sentía como si el mundo fuera a desaparecer.
— ¿Me das un beso? —La preguntó el dragón.
Alma pensó que no tenía nada que perder, puesto que aquel ser no la había infligido mal alguno. Se acercó a él y besó su cara. Cuando abrió los ojos para separarse del monstruo, contempló la metamorfosis que se había producido. Era el dios Eros, que con una sonrisa burlona la abrazaba.
Como si aquello fuese una señal, juntos surcaron el espacio en busca del Olimpo, llevados por Céfiro (dios del viento del oeste).
Alma no regresaría nunca más a Isla Esmeralda, ya que Eros obtuvo de Júpiter, el permiso para que ésta viviera con él en el Olimpo. Mientras, Eros nunca más sería el dragón infame que asustaba a la gente del lugar, cuando a causa de las traiciones sufridas, se convertía en un dios dragón. El amor verdadero de una mortal como Alma, lo había salvado.
Contento los dioses, de que al final Eros hubiese conseguido el amor de Alma, permitieron a ésta beber la ambrosía, convirtiéndose de esa manera en un ser inmortal.


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Lluvia


Llovía. Se oía un leve palpitar de pequeñas gotas sobre los adoquines. Mientras tanto, la frescura del cielo resbalaba por mis mejillas.

 

-Me encanta la lluvia – pensé al tiempo que observaba al móvil bosque de paraguas que bullía a mi alrededor.

 

Estaba empapada de pies a cabeza, pero eso no me importaba. Aquella sensación era incomparable. Nunca comprendí por qué la gente huye de la lluvia.

 

- Le tienen miedo – me decía mentalmente.

 

Miré mi reloj.

 

Había perdido la noción del tiempo. Seguramente Shamir estaría esperándome desde hace un rato. Corrí hacia casa, sin reparar en los charcos que rompía bajo mis pies. Allí estaba él, en el portal, con una sonrisa tatuada en la cara y chorreando, como yo.

 

- Creí que ya no vendrías… Además como estaba lloviendo pensé que quizás preferirías dejarlo para otro día… – masculló tímidamente.


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Los amos del mundo no son nada en la vastedad del universo


Las estrellas se mostraban en el firmamento, el satélite del mundo se mostraba imponente en el cielo, las calles vacuas, mustias y oscuras eran el largo camino hacia sus hogares en los cuales sus seres queridos estarían esperándolos para disfrutar la cena.

- ¡Creo que la profesora tiene problemas conmigo! – exclamo irritada Elira, recordando que le había regañado por no haber cumplido con las tareas y llegar tarde a clases.

- ¡No me hagas perder el tiempo! ¡Ya estamos fuera del instituto hace varias horas! ¡No hablemos de eso! ¿Quieres? – le dijo Jeson, su compañero de aula, mientras se escuchaban pasos detrás de ellos.

- ¡Espérenme! – gritaba alguien en medio de la vacuidad y la lobreguez.


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El retorno de los supremos creadores de vida


Goru, Drello y Midor eran peregrinos en medio de la frondosa selva, la noche anterior habían contemplado extrañas luces dentro de Amazora.

- !Nunca en mi vida había tenido una noche en la que no pudiera pegar un ojo¡ pero esas luces le quitarían el sueño hasta a Dornú – exclamo bostezando y algo irritado Goru mientras se dirigía con Drello y Midor hacia la capital del imperio de Murasiam donde deberían encontrarse con Acora, un antiguo amigo que les había prometido trabajo en el estadio de los gladiadores.

Drello detuvo a sus compañeros.

- Creo que debemos descansar un poco antes de encontrarnos con Acora, no creo que sea agradable para el que la primera impresión sea la de unos hombres fatigados.

Midor asintió con la cabeza.

Se adentraron en la frondosa selva con espada, mazos y escudos en manos por si aparecía una fiera a la que tuvieran que someter.


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Los formidables eventos finales antes de la nueva era del mundo


Se despertó en una sala con un techo circular y transparente.

¡Pero las estrellas se podían observar a través del techo como si estuvieran a su lado!

Algo confuso comenzó a levantarse.

- ¿Donde estoy? ¿Qué es este lugar? – se preguntaba mientras se levantaba del gélido suelo, pensamientos de confusión llenaban su mente, sentía que algo extraño la había pasado a su cuerpo.

- Nuestros oxavuroms detectaron dudas en tu mente ¡Ese es el motivo por el que te encuentras aquí! ¡Para dilucidar ese dilema! – exclamó alguien cuya voz no le recordaba a ninguno de los seres humanos que vivían con el en su ciudad, esa voz era potente, grave y como salida de una máquina, pensó que tal vez estaba siendo objeto de una broma por parte de los mecánicos y forjadores de metal de la ciudad de Riaman.


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CONFESION DE UNA HISTORIA REAL


Confesión de una historia real


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“Dejando huella” (un relato de 1.270 palabras)


Sí, estoy atrapado; colorado como un tomate y sudando la gota gorda… ¿Que cómo he llegado a esta situación? Tal vez la responsabilidad última la tuvo mi madre, al dotarme de una educación por la que debía saber comportarme correctamente en cualquier circunstancia. O quizás sea la crisis, que me obliga adaptarme a una economía, digamos, más “económica”.

Sea lo que fuere, no lo sé muy bien, algo me empujó al poliderportivo de Valdemorillo (pero que mentirosillo soy, la explicación es más sencilla: en el único gimnasio del pueblo no me sentía demasiado cómodo —les invito a leer España profunda— y la voz de mi mujer se hacía eco con mayor fuerza en mi cabeza, “pagamos un poco menos por el gimnasio y además tenemos piscina,… piscina,… piscina”).

—Vale, vale. Ya te he oído —protesté por la insistencia de Eva.

—Piscina,… piscina —seguía susurrándome al oído.


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Vanidad


Pensé que se ahogaría en sus propias lágrimas, que gritaría hasta quedarse sin voz, que deambularía de un lado a otro hasta acabar sin aliento, como otras tantas veces había hecho, cada vez que discutíamos. Pensé que me echaría todo en cara, que me reprocharía lo que no hice, lo que no dije, pero esa vez, no hizo nada de lo que pensé que haría.

Sus ojos no se entristecieron, su rostro permaneció impasible y su boca no pronunció palabra. Tan solo, dio media vuelta, cogió su bolso y se marchó. Mientras yo la veía alejarse por aquel estrecho pasillo, caminando con la cabeza alta, sin mirar atrás. Doblo la esquina y no la vi más.

Al día siguiente dejó un mensaje en el contestador, había aceptado el trabajo en Londres y se iría ese mismo día. También me dejo claro que no la esperase para las navidades o alguna fecha señalada, porque no pensaba volver.


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El reloj


Su casa estaba llenas de relojes, cada uno marcaba algún acontecimiento importante en su vida, la hora a la que entro en clase por primera vez, su primer beso, su primer trabajo, aquel viaje tan ansiado, y los momentos no tan buenos. Su vida giraba ante todo aquello que le hiciera sentir y su manera de conservarlo, era deteniendo el tiempo.
Sin embargo, al final de un oscuro pasillo había un reloj que marcaba la hora exacta en la que el tiempo se movía. Las manecillas, imparables, giraban, sonando al compás de algo que se le había escapada, algo que aún no había sentido, no había hecho, no había vivido.
No podía controlarlo, no podía pararlo. Tic, Tac, sonaba con mayor intensidad en las noches en las que no podía conciliar el sueño. Era el sonido de lo que le faltaba.
Así paso el tiempo, pendiente a las manecillas de ese reloj y el silencio gano la batalla, dejo pasar las oportunidades, esperando aquello que no llegaba.
Aquel reloj representaba el fluir constante del tiempo, era eso lo que le faltaba, avanzar, sin temor a dejar algo atrás, sin miedo a seguir. Era su propio corazón, el que se encontraba en aquel oscuro pasillo, el que se movía al compás del tiempo, el que le pedía salir de allí.


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Insonmes


El problema de los insomnes es que soñamos despiertos. Vamos atando cabos cada vez mas sueltos en nuestras desveladas cabezas. Al menos asi me paso yo las horas muertas de la madrugada, en donde se me ocurren además las mejores ideas. Esa, por ejemplo, en la que pense en convertirme en una famoso escritor para hacerte llegar de algún modo mis palabras perdidas, he olvidado casi todo…
Esa otra, donde me volvia heroina de acción y te rescataba de los más infames enemigos y peligros.
He resuelto el problema del hambre en el mundo, el problema de la contaminación, he encontrado la perfecta simetría entre tu vida y la mia, he fraguado las mas crueles venganzas, he matado ese corazon podrido que me abandono, y he alabado al que jamas me amó.

Como dije, el problema de los insomnes es que soñamos despiertos.

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La Rata


Una vez, mirando por mi ventana vi una rata. Gorda, peluda y gris, con una larga y puntiaguda cola rosada y un par de afilados dientes muy amarillos que usaba para devorar con inusual vigor las moras silvestres de mi jardín.

Con desagrado mirada yo aquella rata día tras otro comer, cada vez mas anhelo aquellas frutas.

-¡Tu! ¡Rata!, ¿por que comes de esas manera?, ¿que acaso no piensas en tu prima la ardilla?- Ella me miro con sus grandes ojos negros y con triste mirada continuo engullendo.

A la noche siguiente, decidí seguir a aquella rata escabulléndome entre estrechos túneles cubiertos de moho y mugre.

Cuando al fin llegue a un amplio plano donde vi a 7 pequeños bultos rosados, acurrucados uno contra el otro. Todos con diminutos hocicos abiertos a la rata, que escupía en ellas las moras ya marinadas en su saliva.

A la noche que aconteció a esta, deje 3 manzanas junto al arbusto de moras de mi jardín.


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Agua


Yo le decía a mi hermano, en tono confesional, que el mundo abundaba en idiotas peligrosos, que son la clase de idiotas que creen fervientemente tener razón. Ese, le decía, era un descubrimiento reciente para mí. La guerra nos salpicaba sangre en las narices y los canales de TV mostraban una sólida y teatral estafa. Llené su vaso y el mío con cerveza y noté en sus ojos el mismo anhelo de sumirse en la conversación. Mi hermano, tan joven y búdico, hablaba del amor como de partituras rotas. Las partituras eran cárceles de oro que él sabía romper con una maestría que parecía ingenua. Su cráneo perfecto de raso cabello, era parte de una hermosa unidad. El amor, me decía, él, que lo conocía, es como el viento de la creación. Te atraviesa y si te pones necio, te golpea, sigue su curso. No puedes ser su dueño nunca.


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Año Nuevo


2009.Pisaba con pies cansados, agotados, exhaustos, cada uno de los adoquines, cada una de las baldosas, y de las piezas de mármol que lo separaban del Año Viejo. Más, si cabe, que aquellas doce uvas apuradas, cuál Conejo Blanco en el mundo de las maravillas, que los pasos de baile entre neones dispuestos a cegar a cualquiera, ansiosos del disfrute, perdidos en la gloria del relax, de la diversión, del descontrol en pequeñas dosis.Mientras pisaba, pensaba. Pensaba qué raro se hacía todo aquéllo, un año más, una fiesta menos. Por alguna extraña razón, se había olvidado del confeti. Lo más extraño, era que el confeti también se hubiera olvidado de él, y no le hiciera una de aquellas llamadas tan carentes de gracia, con sus colores vivos, que dañaban la vista cuando no conseguían provocar una carcajada más.Seguía dándole vueltas a todo aquéllo. ¿Acaso uno de esos decretos estúpidos había prohibido el confeti? Sin duda, la estupidez vendría por la parte en la que al menos el confeti, era capaz de provocar una carcajada en aquella sociedad ensimismada y absolutamente centrada en autodestruírse.No. La respuesta era mucho más obvia. Lo plantearía desde otro punto de vista, dándole un nuevo ángulo.Confeti. Círculos de celulosa, teñidos de colores, y también de claroscuros. Teñidos, a veces, de aburrimiento, de horas de sofá, de ojos rojos, de humo que lo envuelve todo, de vino, de sangre, de sábados, de lunes inacabables, de cafés fríos y sin ganas, de tardes rotas, de sueños contados, de la más absoluta de las certezas, de abismos y puentes caídos, de ciudades apagadas, de prisas y frenos, de odios y muertes.
El confeti siempre había estado ahí.Siempre. Confeti. Pequeñas elucubraciones de algún chalado.Confeti.
La bienvenida del año nuevo. Un Año Nuevo que le hacía pensar en las fiestas.Qué había sido de los muertos, que será de los vivos.Qué rumbos tomarán los barcos que están por construír, y que rumbo tomaron aquellos que naufragaron.Aquel año prometía ser distinto, algo no muy difícil de cumplir.Aquel año prometía ser lo que nunca hubiese querido ser.Aquel año su vida cambiaría para siempre.Su camino tomaría un desvio tras un alto dulce y soleado.Aquel año…Aquel año sería uno de los que recordaría el resto de su vida.Las lágrimas que rodarían por su cara meses mas tarde dejarían lejos la vida de adolescente despreocupado.Y el sol del verano sería el principio de su Año.Todo iría bien. Y nadie se lo cree. Mientras dejaba constancia de que había regresado sano y salvo, se quitó el traje, la corbata y la camisa, y sin más miramientos se metió en cama. Sus pies al fin descansaban.Y el confeti resultaba verdaderamente absurdo ante la negrura de su sueño apartado del mundo.


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La circularidad del tiempo


 

Ahora después de tanto tiempo es que entiendo que el error fue mío, ya soy lo suficientemente viejo como para dejar volar la fantasía, pero en ese momento yo era muy joven, era casi un niño, no tenía forma de saberlo, principalmente por esa impertinente necesidad de tener que comportarme como un adulto.

Después de esa tarde esperé durante la cena algún reclamo, pero los ojos de mi madre evadían los míos, luego esperé la confrontación durante meses, acostumbrado a esa tradición de que para criar hijos verracos hay que educarlos con chancleta. Una espesa nube se cernía sobre mi cabeza, pero el reclamo no llegó nunca, ni siquiera después de que me fui lejos, mucho después de que tu lo hicieras, incluso después de que mis hijos correteaban por los rincones de la casa el fantasma de esa tarde se inclinaba sobre ellos, inocentes de la tensión fulminante que se generaba, y aún así ese reproche nunca dado colgaba sobre cada reunión, ese “algo” que quedaba tácito entre las miradas que se cruzaban en medio de la taza de café, demasiado vergonzoso para ser nombrado.


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La carta del adiós


He decidido escribirte, no se aún si por miedo, despecho, o como una fútil despedida.

Aún no se si te echo de menos, o es rencor lo que siento. Creo que llegado a este punto, el amor y el odio que siento por ti han quedado a la par. Apoyado sobre los labrados barrotes de mi balcón, pasé un rato mirando al exterior, intentando ver más allá, buscando un sentido al mundo. ¿Pero sabes qué? No encontré nada.

Creo que soy una calamidad. Que sin ti no me queda nada por lo que vivir, y contigo sufro. Que si te tengo delante no puedo ni siquiera levantarte la mirada. No me queda nada.

Pero siendo sincero, estoy más sereno de lo que creía. No siento tristeza, ni por mí, ni por ti. No siento nada absolutamente. Mi interior es un vacío inescrutable. Posiblemente este estado no dure mucho, me parece antinatural, así que debo hacerlo ya.


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La Verborrea


y a ver qué tal:

LA VERBORREA


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Maderamen/ Rarefacción


Maderamen

Rarefacción

Nunca me han dejado ver lo que hay dentro del pequeño maderamen . Dice mi madre, como hablándose a sí misma, que no debo curiosear, porque no es cosa para niños. Yo no soy un niño. Lo sé. Tengo ideas raras que mi madre a veces sospecha de poco infantiles. Yo le digo que no se preocupe, que no curiosee demasiado, que su hijo le quiere como una verdadera “mamá”; le digo que no mire muy adentro de mi cabeza porque no es cosa para adultos.

Mi padre no existe; él no me lo quiere decir. Tiene vergüenza, se nota en la mirada: la aparta cuando pregunto. Me responde con poca fuerza  mientras hace otras cosas, y a veces no se da cuenta de que no contesta a mi cuestión. No me enfado; es normal, es adulto. Pero aún así, no lo quiere reconocer. Intento decirle que no me importa, pero no puedo. Le quiero. Y mi padre no existe: no se quiere enterar de que yo no tengo ningún parecido con él; de que “mama” me tuvo sin su necesidad. Lo sé.


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Aprender


Para mi es mas dificil manejar los sentimientos, porque hasta un tarado puede tener razon y logica sobre algo (vease los politicos..).

Los sentimientos son mas complicados, porque, si, se desbordan pueden matar/joder mas gente de lo que un arma podria hacerlo…

A veces preferiria no tener sentimientos…o aprender a no demostrar nada.

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Una palabra al tiempo apropiado


A veces con ansias esperamos escuchar de alguien especial unas palabras de aliento, unas palabras de motivación, o unas palabras de felicitación.

Y parece mentira, que las podemos escuchar de muchas otras personas, pero nos sentimos que algo nos falta cuando no provienen de quien queremos escucharlas… no tienen el mismo efecto….

Y qué hacemos? Pues nada, seguir hacia adelante, a veces cuesta, pero no queda otra…, pero, ¿habría alguna manera de que la otra persona se percatara de esta cuestión?…. yo no lo se…. ¿alguien si?..

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Pisadas


Elena se había ido con sus padres a la casa de la montaña. Por la mañana se había levantado y después de bañarse había desayunado con sus padres. Su madre y su padre se iban al pueblo a comprar. Elena miraba cómo sus padres se marchaban mientras pensaba en las cosas que iba a hacer sola. Una vez en su habitación, se puso a saltar en la cama tan alto que casi podía tocar el techo. Pero se cansó enseguida y se durmió. De repente el ruido de unos pasos la despertó. Creyendo que eran sus padres bajó corriendo las escaleras y al oír el ruido del coche se apresuró. Abrió la puerta y salió al garaje.

-¡Mamá! ¡Papá! -gritó llamando a sus padres. Pero sus padres no contestaron.


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