SOPA DE RELATOS

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Lluvia


Llovía. Se oía un leve palpitar de pequeñas gotas sobre los adoquines. Mientras tanto, la frescura del cielo resbalaba por mis mejillas.

 

-Me encanta la lluvia – pensé al tiempo que observaba al móvil bosque de paraguas que bullía a mi alrededor.

 

Estaba empapada de pies a cabeza, pero eso no me importaba. Aquella sensación era incomparable. Nunca comprendí por qué la gente huye de la lluvia.

 

- Le tienen miedo – me decía mentalmente.

 

Miré mi reloj.

 

Había perdido la noción del tiempo. Seguramente Shamir estaría esperándome desde hace un rato. Corrí hacia casa, sin reparar en los charcos que rompía bajo mis pies. Allí estaba él, en el portal, con una sonrisa tatuada en la cara y chorreando, como yo.

 

- Creí que ya no vendrías… Además como estaba lloviendo pensé que quizás preferirías dejarlo para otro día… – masculló tímidamente.


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Los amos del mundo no son nada en la vastedad del universo


Las estrellas se mostraban en el firmamento, el satélite del mundo se mostraba imponente en el cielo, las calles vacuas, mustias y oscuras eran el largo camino hacia sus hogares en los cuales sus seres queridos estarían esperándolos para disfrutar la cena.

- ¡Creo que la profesora tiene problemas conmigo! – exclamo irritada Elira, recordando que le había regañado por no haber cumplido con las tareas y llegar tarde a clases.

- ¡No me hagas perder el tiempo! ¡Ya estamos fuera del instituto hace varias horas! ¡No hablemos de eso! ¿Quieres? – le dijo Jeson, su compañero de aula, mientras se escuchaban pasos detrás de ellos.

- ¡Espérenme! – gritaba alguien en medio de la vacuidad y la lobreguez.


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El retorno de los supremos creadores de vida


Goru, Drello y Midor eran peregrinos en medio de la frondosa selva, la noche anterior habían contemplado extrañas luces dentro de Amazora.

- !Nunca en mi vida había tenido una noche en la que no pudiera pegar un ojo¡ pero esas luces le quitarían el sueño hasta a Dornú – exclamo bostezando y algo irritado Goru mientras se dirigía con Drello y Midor hacia la capital del imperio de Murasiam donde deberían encontrarse con Acora, un antiguo amigo que les había prometido trabajo en el estadio de los gladiadores.

Drello detuvo a sus compañeros.

- Creo que debemos descansar un poco antes de encontrarnos con Acora, no creo que sea agradable para el que la primera impresión sea la de unos hombres fatigados.

Midor asintió con la cabeza.

Se adentraron en la frondosa selva con espada, mazos y escudos en manos por si aparecía una fiera a la que tuvieran que someter.


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Los formidables eventos finales antes de la nueva era del mundo


Se despertó en una sala con un techo circular y transparente.

¡Pero las estrellas se podían observar a través del techo como si estuvieran a su lado!

Algo confuso comenzó a levantarse.

- ¿Donde estoy? ¿Qué es este lugar? – se preguntaba mientras se levantaba del gélido suelo, pensamientos de confusión llenaban su mente, sentía que algo extraño la había pasado a su cuerpo.

- Nuestros oxavuroms detectaron dudas en tu mente ¡Ese es el motivo por el que te encuentras aquí! ¡Para dilucidar ese dilema! – exclamó alguien cuya voz no le recordaba a ninguno de los seres humanos que vivían con el en su ciudad, esa voz era potente, grave y como salida de una máquina, pensó que tal vez estaba siendo objeto de una broma por parte de los mecánicos y forjadores de metal de la ciudad de Riaman.


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CONFESION DE UNA HISTORIA REAL


Confesión de una historia real


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Reflejo


REFLEJO

Cuando echas a la mentira de tu casa…

Mónica miró al delator espejo horrorizada. Día tras día ganaba peso sin cesar. Comenzó mil dietas que demostraron ser inútiles. Sentía como sus tobillos se inflamaban a causa de su obesidad.

Los amigos la intentaban engañar con piadosas mentiras. Pero ella captaba las furtivas miradas de los transmutes y las escondidas risas. Procuró salir lo mínimo e indispensable.

En un arrebato de impotencia exilió todos los espejos de la casa… ¡No fue un remedio! Su inmensa y amorfa silueta se reflejaba, cual cruel mofa, en las vitrinas, ventanas y cualquier superficie brillante. Aprendió a caminar mirando al suelo para evitar el espanto de su metamorfosis. Tampoco sirvió de nada, pues el cansancio de arrastrar semejante cuerpo era un perpetuo recuerdo de su estado.


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Que el cielo lo juzgue


¡Que el cielo los juzgue!

Una vez, Alá alcanzó la frontera del conocimiento. Al otro lado, Dios, lo miraba con desprecio.

Caminó muy solemne, contemplándolo por encima del hombro. Dios lo imitó.
Esto lo enfureció aun más, y aproximó su rostro en tono amenazador a apenas unos centímetros. Dios hizo lo propio sin ceder una décima.

Alá se mantuvo durante largos minutos; Con la mirada desbordada en reto y el cuerpo erguido. Esperaba que su oponente se cansara. No sucedió así. Cuando ya no pudo más, que hasta el cuerpo le temblaba, cedió. Pero cual sería su alegría. No fue vencido del todo; Dios cedió al mismo tiempo mostrando sinónimo agotamiento.

Alá sonrió para hacer suya la victoria. Pero, ni antes ni después, si no al mismo tiempo, Dios hizo lo propio. ¡Ahora lo comprendía! ¡No era una coincidencia! Lo estaba imitando. ¡Era pura burla!


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El callejón


EL CALLEJÓN

Una vez me dijeron cual es la sensación que deja la muerte. No es exactamente dolor… Es la ausencia de esperanza.

Andrés penetró en el inhóspito callejón, quería recuperar su balón perdido. Miró al fondo para divisar un frió muro, pues aquel canino no llevaba a ninguna parte, tan solo era la enemistad entre dos edificios.

Algo le llamó la atención, se aproximó al solitario muro para admirar con asombro el esbozo de una silueta femenina. A pesar de ser incompleta se intuía perfección y belleza.

Pasaron algunos días. Andrés recordó la silueta del muro y corrió hacia ella preso de la curiosidad.
Ahora la obra comenzaba a tener rostro. Trazos rápidos que daban pistas de dulzura, sus manos también estaban definidas.

Poco a poco la pintura avanzaba. El muchacho se apresuraba cada tarde hasta el callejón. La incompleta mujer transmitía sentimientos desde su viveza de colores. Andrés se sentía abrazado por ellos. ¡Era tan dulce! ¡Tan bonita!


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Dímelo


DIMELO

En ocasiones, utilizamos las flores para expresar un sentimiento.

Adrián entró enfurecido en su nueva habitación. ¡Odiaba las mudanzas! Otra vez tendría que conocer las calles y hacer amigos empezando desde cero.

Se asomó por la ventana observando la ciudad. A apenas unos metros, otro edificio robaba la luz del día proyectando su opulenta sombra sobre el suyo. Una de las ventanas del avaro edificio se abrió, y lo que tras ella vió lo arrebató de sus pensamientos; Una hermosa muchacha, tumbada en la cama, hablaba a su madre. Esta le colocaba bien la almohada. A pesar de la palidez irradiaba alegría. A su pelo lo envidiaba el oro y de sus labios alumbraban el amanecer. De súbito, dirigió su mirada hacia Adrián y tras unos segundos sonrió. El muchacho retrocedió escondiéndose, rehén de aquellos castaños ojos, que durante la noche soñó.


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Cuentan


Cuentan…

Cuentan, que un día, la soledad vió su reflejo en un río y entristeció. Comprendió que le faltaba algo. Se sintió incompleta. Para cambiar tan amarga sensación, en un arrebato de egoísmo, comenzó la creación de una madre, sería el comienzo de un ser con cualidades suficientes para cuidarla y mimarla. Capacitada para dar sin pedir; Para agradecer en beneficio ajeno.
Tras concienzuda labor, quedó por llenar el corazón.

Posó en él constancia y mucho cariño. Fuera de él dejó el sufrimiento y la preocupación.
Lo sació de comprensión y dulzura. Alejó los desvelos y llantos.

Con su impaciencia por acabar tan suprema creación, tropezó volcando en aquel corazón todo aquello que apartó y desestimó.

¿Cómo repararlo? ¿Qué podría compensar tal desastre? Pronto lo supo; creó cuantioso amor. Pero por mucho que empujó, nada más cabía en aquel corazón. Era imposible meter allí tanto amor.


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Cuando no existe la luz


Cuando no existe la luz.

Caulí corrió por el bosque. Un oportuno accidente en la caravana-jaula le permitió escapar. No era un reo; era negra carne de comercio. Por aquellos contornos no pasaría desapercibido, toda la zona practicaba el esclavismo, y su color de piel era demasiado delator.

Tras largas horas de carrera tropezó con un poblado oculto en la espesa arboleda. A pesar de estar entrada la noche ninguna luz destacaba en las ventanas. Penetro en sus oscuras calles con temor. Escuchó lejanos tintineos por todas partes. Pero nada comprendió.

Alguien tropezó con su espalda, y el se giró aterrado. Pudo ver a una blanca dama que le reprochó:

-¡Estas loco! ¿Por qué no llevas los cascabeles en los zapatos?

- ¿Cascabeles? –Preguntó asombrado mientras la dama palpaba su cara.

- ¡Tu no eres de este pueblo! ¡No puedes quedarte sin el permiso! – Y aferrándolo del brazo lo empujó hasta una gran casa.


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Como hermanos


COMO HERMANOS

¿Qué es el odio? ¿Un enemigo del amor? ¿Cuál más poderoso?

En el pequeño pueblo fue un nacimiento sonado. Dos hermosos gemelos rebosantes de salud. El primero alumbró con facilidad, como si ansiara llegar a este mundo. El segundo se agarró a las entrañas de la madre hasta matarla… Algo que el padre no perdonó jamás.

Al primero lo llamó Carlos, dedicó todo su tiempo y esfuerzo para darle felicidad. Las mejores ropas, los halagos más dulces, los mejores colegios.

Al segundo lo llamo Pedro… Y asesino en privado. Lo vestía con harapos y le dedicaba palizas e insultos a la menor oportunidad. Era fácil distinguirlos a pesar de ser idénticos;
El mal vestido y cabizbajo, aquel de expresión triste y amargada era Pedro. El de faz resplandeciente, que dedicaba una sonrisa al aire en plena mañana, era Carlos. El amado.


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“Dejando huella” (un relato de 1.270 palabras)


Sí, estoy atrapado; colorado como un tomate y sudando la gota gorda… ¿Que cómo he llegado a esta situación? Tal vez la responsabilidad última la tuvo mi madre, al dotarme de una educación por la que debía saber comportarme correctamente en cualquier circunstancia. O quizás sea la crisis, que me obliga adaptarme a una economía, digamos, más “económica”.

Sea lo que fuere, no lo sé muy bien, algo me empujó al poliderportivo de Valdemorillo (pero que mentirosillo soy, la explicación es más sencilla: en el único gimnasio del pueblo no me sentía demasiado cómodo —les invito a leer España profunda— y la voz de mi mujer se hacía eco con mayor fuerza en mi cabeza, “pagamos un poco menos por el gimnasio y además tenemos piscina,… piscina,… piscina”).

—Vale, vale. Ya te he oído —protesté por la insistencia de Eva.

—Piscina,… piscina —seguía susurrándome al oído.


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Vanidad


Pensé que se ahogaría en sus propias lágrimas, que gritaría hasta quedarse sin voz, que deambularía de un lado a otro hasta acabar sin aliento, como otras tantas veces había hecho, cada vez que discutíamos. Pensé que me echaría todo en cara, que me reprocharía lo que no hice, lo que no dije, pero esa vez, no hizo nada de lo que pensé que haría.

Sus ojos no se entristecieron, su rostro permaneció impasible y su boca no pronunció palabra. Tan solo, dio media vuelta, cogió su bolso y se marchó. Mientras yo la veía alejarse por aquel estrecho pasillo, caminando con la cabeza alta, sin mirar atrás. Doblo la esquina y no la vi más.

Al día siguiente dejó un mensaje en el contestador, había aceptado el trabajo en Londres y se iría ese mismo día. También me dejo claro que no la esperase para las navidades o alguna fecha señalada, porque no pensaba volver.


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El reloj


Su casa estaba llenas de relojes, cada uno marcaba algún acontecimiento importante en su vida, la hora a la que entro en clase por primera vez, su primer beso, su primer trabajo, aquel viaje tan ansiado, y los momentos no tan buenos. Su vida giraba ante todo aquello que le hiciera sentir y su manera de conservarlo, era deteniendo el tiempo.
Sin embargo, al final de un oscuro pasillo había un reloj que marcaba la hora exacta en la que el tiempo se movía. Las manecillas, imparables, giraban, sonando al compás de algo que se le había escapada, algo que aún no había sentido, no había hecho, no había vivido.
No podía controlarlo, no podía pararlo. Tic, Tac, sonaba con mayor intensidad en las noches en las que no podía conciliar el sueño. Era el sonido de lo que le faltaba.
Así paso el tiempo, pendiente a las manecillas de ese reloj y el silencio gano la batalla, dejo pasar las oportunidades, esperando aquello que no llegaba.
Aquel reloj representaba el fluir constante del tiempo, era eso lo que le faltaba, avanzar, sin temor a dejar algo atrás, sin miedo a seguir. Era su propio corazón, el que se encontraba en aquel oscuro pasillo, el que se movía al compás del tiempo, el que le pedía salir de allí.


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Insonmes


El problema de los insomnes es que soñamos despiertos. Vamos atando cabos cada vez mas sueltos en nuestras desveladas cabezas. Al menos asi me paso yo las horas muertas de la madrugada, en donde se me ocurren además las mejores ideas. Esa, por ejemplo, en la que pense en convertirme en una famoso escritor para hacerte llegar de algún modo mis palabras perdidas, he olvidado casi todo…
Esa otra, donde me volvia heroina de acción y te rescataba de los más infames enemigos y peligros.
He resuelto el problema del hambre en el mundo, el problema de la contaminación, he encontrado la perfecta simetría entre tu vida y la mia, he fraguado las mas crueles venganzas, he matado ese corazon podrido que me abandono, y he alabado al que jamas me amó.

Como dije, el problema de los insomnes es que soñamos despiertos.

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La Rata


Una vez, mirando por mi ventana vi una rata. Gorda, peluda y gris, con una larga y puntiaguda cola rosada y un par de afilados dientes muy amarillos que usaba para devorar con inusual vigor las moras silvestres de mi jardín.

Con desagrado mirada yo aquella rata día tras otro comer, cada vez mas anhelo aquellas frutas.

-¡Tu! ¡Rata!, ¿por que comes de esas manera?, ¿que acaso no piensas en tu prima la ardilla?- Ella me miro con sus grandes ojos negros y con triste mirada continuo engullendo.

A la noche siguiente, decidí seguir a aquella rata escabulléndome entre estrechos túneles cubiertos de moho y mugre.

Cuando al fin llegue a un amplio plano donde vi a 7 pequeños bultos rosados, acurrucados uno contra el otro. Todos con diminutos hocicos abiertos a la rata, que escupía en ellas las moras ya marinadas en su saliva.

A la noche que aconteció a esta, deje 3 manzanas junto al arbusto de moras de mi jardín.


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Agua


Yo le decía a mi hermano, en tono confesional, que el mundo abundaba en idiotas peligrosos, que son la clase de idiotas que creen fervientemente tener razón. Ese, le decía, era un descubrimiento reciente para mí. La guerra nos salpicaba sangre en las narices y los canales de TV mostraban una sólida y teatral estafa. Llené su vaso y el mío con cerveza y noté en sus ojos el mismo anhelo de sumirse en la conversación. Mi hermano, tan joven y búdico, hablaba del amor como de partituras rotas. Las partituras eran cárceles de oro que él sabía romper con una maestría que parecía ingenua. Su cráneo perfecto de raso cabello, era parte de una hermosa unidad. El amor, me decía, él, que lo conocía, es como el viento de la creación. Te atraviesa y si te pones necio, te golpea, sigue su curso. No puedes ser su dueño nunca.


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Año Nuevo


2009.Pisaba con pies cansados, agotados, exhaustos, cada uno de los adoquines, cada una de las baldosas, y de las piezas de mármol que lo separaban del Año Viejo. Más, si cabe, que aquellas doce uvas apuradas, cuál Conejo Blanco en el mundo de las maravillas, que los pasos de baile entre neones dispuestos a cegar a cualquiera, ansiosos del disfrute, perdidos en la gloria del relax, de la diversión, del descontrol en pequeñas dosis.Mientras pisaba, pensaba. Pensaba qué raro se hacía todo aquéllo, un año más, una fiesta menos. Por alguna extraña razón, se había olvidado del confeti. Lo más extraño, era que el confeti también se hubiera olvidado de él, y no le hiciera una de aquellas llamadas tan carentes de gracia, con sus colores vivos, que dañaban la vista cuando no conseguían provocar una carcajada más.Seguía dándole vueltas a todo aquéllo. ¿Acaso uno de esos decretos estúpidos había prohibido el confeti? Sin duda, la estupidez vendría por la parte en la que al menos el confeti, era capaz de provocar una carcajada en aquella sociedad ensimismada y absolutamente centrada en autodestruírse.No. La respuesta era mucho más obvia. Lo plantearía desde otro punto de vista, dándole un nuevo ángulo.Confeti. Círculos de celulosa, teñidos de colores, y también de claroscuros. Teñidos, a veces, de aburrimiento, de horas de sofá, de ojos rojos, de humo que lo envuelve todo, de vino, de sangre, de sábados, de lunes inacabables, de cafés fríos y sin ganas, de tardes rotas, de sueños contados, de la más absoluta de las certezas, de abismos y puentes caídos, de ciudades apagadas, de prisas y frenos, de odios y muertes.
El confeti siempre había estado ahí.Siempre. Confeti. Pequeñas elucubraciones de algún chalado.Confeti.
La bienvenida del año nuevo. Un Año Nuevo que le hacía pensar en las fiestas.Qué había sido de los muertos, que será de los vivos.Qué rumbos tomarán los barcos que están por construír, y que rumbo tomaron aquellos que naufragaron.Aquel año prometía ser distinto, algo no muy difícil de cumplir.Aquel año prometía ser lo que nunca hubiese querido ser.Aquel año su vida cambiaría para siempre.Su camino tomaría un desvio tras un alto dulce y soleado.Aquel año…Aquel año sería uno de los que recordaría el resto de su vida.Las lágrimas que rodarían por su cara meses mas tarde dejarían lejos la vida de adolescente despreocupado.Y el sol del verano sería el principio de su Año.Todo iría bien. Y nadie se lo cree. Mientras dejaba constancia de que había regresado sano y salvo, se quitó el traje, la corbata y la camisa, y sin más miramientos se metió en cama. Sus pies al fin descansaban.Y el confeti resultaba verdaderamente absurdo ante la negrura de su sueño apartado del mundo.


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La circularidad del tiempo


 

Ahora después de tanto tiempo es que entiendo que el error fue mío, ya soy lo suficientemente viejo como para dejar volar la fantasía, pero en ese momento yo era muy joven, era casi un niño, no tenía forma de saberlo, principalmente por esa impertinente necesidad de tener que comportarme como un adulto.

Después de esa tarde esperé durante la cena algún reclamo, pero los ojos de mi madre evadían los míos, luego esperé la confrontación durante meses, acostumbrado a esa tradición de que para criar hijos verracos hay que educarlos con chancleta. Una espesa nube se cernía sobre mi cabeza, pero el reclamo no llegó nunca, ni siquiera después de que me fui lejos, mucho después de que tu lo hicieras, incluso después de que mis hijos correteaban por los rincones de la casa el fantasma de esa tarde se inclinaba sobre ellos, inocentes de la tensión fulminante que se generaba, y aún así ese reproche nunca dado colgaba sobre cada reunión, ese “algo” que quedaba tácito entre las miradas que se cruzaban en medio de la taza de café, demasiado vergonzoso para ser nombrado.


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