La suerte aborrece a los cagones

Como cada lunes y como todos los días desde hace más de un año, Andreu será el primero en llegar a la oficina de recaudación municipal. Todavía no son las ocho y él ya hace rato que ha pasado su tarjeta magnética por la ranura del artilugio electrónico que controla la jornada de los empleados. Don Marcial, el veterano jefe de departamento, lo viene observando discretamente desde hace meses. Está muy satisfecho de Andreu y lo tiene por un joven prometedor a quien no conviene perder de vista. Pulcro, eficiente, puntual por supuesto. Comedido por añadidura. Callado y los ojos siempre abiertos para no perder detalle de cuanto ocurre a su alrededor. Este es Andreu, veintiocho recién cumplidos, apenas un año y medio de antigüedad y a decir de don Marcial, un brillante futuro por delante.

Como casi cada lunes, como casi cada día del año, Meritxell  irrumpe presurosa en la oficina. Pasa por delante de la mesa de Andreu como una loca descerebrada, hablando consigo misma mientras busca su tarjeta en el bolso con los nervios a flor de piel. Durante dos o tres minutos se planta delante del reloj marcador jurando que había dejado la tarjeta en aquel bolsillo lateral de su bolso, como siempre. Y como siempre la tarjeta no aparece jamás en ese bolsillo sino en las profundidades abisales de una bolsa que de tan grande, desbordante y desordenada, se asemeja más al zurrón de maese Rouco que al complemento de mano de una brillante economista. Al fin lo consigue. Una sonrisa para Andreu y venga, corriendo hacia el despacho, al otro lado del pasillo. Once minutos sobre la hora. No tendrá más remedio que recuperarlos a la salida. El ritual se repite cada mañana. La puntualidad extrema de uno, la caótica llegada de la otra y entre ambos los demás empleados de la oficina municipal de recaudación. Dieciséis, para ser exactos. Andreu lleva un año y medio siendo testigo de la ceremonia. Un año y medio de madrugones para ser espectador privilegiado la atropellada llegada de Meritxell. Dieciocho meses de ávida espera cotidiana para disfrutar de dos raquíticos minutos de íntima satisfacción.

Es hermosa, la puñetera Meritxell. Andreu no pierde detalle de sus movimientos, de sus gestos. La adora en silencio desde el primer día. Quedó deslumbrado por su extrovertida manera de ser y su sonrisa. Y su voz…, ese tono de voz, tan…. Le fascina verla de espalda clavada ante el reloj, gesticulando ligeramente encorvada y maldiciéndose por ser tan desordenada. Y el día que cambia los pantalones por una falda o un vestido…, ese día vale por cinco. Y no falla: lunes y martes el cabello suelto. Castaño claro, brillante, ondulado… Como aquella actriz del Hollywood de los cincuenta, hija de asturianos… ¿Cómo se llamaba…?  Margarita; eso es, Margarita Cansino. Un cabello precioso, deslumbrante. Pero eso es para los lunes y los martes, porque los miércoles sucede algo misterioso que el pobre Andreu no acierta a comprender. Él lo llama el dilema de los miércoles. ¿Qué es lo que hace que algunos miércoles Meritxell aparezca con el pelo suelto, y otros no? ¿Y por qué esa incertidumbre nunca se anticipa a los martes? ¿O se pospone a los jueves? Porque, eso sí, a partir del jueves el cabello siempre recogido. Una cola, algunas veces alta como la de un potro y otras veces desmayada, dejando reposar el cabello sobre la espalda. Nunca un moño, menos mal. Le recordaría a su madre y echaría por alto todo el encanto.

Andreu se siente cohibido por Meritxell. Abrumado. A lo mejor por esa magia avasalladora que la sigue allí a donde va. O quizás por su marcada personalidad y ese carácter siempre emprendedor. Por todo, probablemente. Don Marcial es tolerante con sus retrasos porque hasta que ella llegó y se hizo cargo de la sección, esta nunca fue tan productiva. Además, como jefa de sección Meritxell no admite parangón alguno. Esta mujer es metódica y rigurosa en todo lo referente a su trabajo, algo que hace del todo incomprensible el ceremonial de cada mañana. Pero don Marcial lo acepta como una excentricidad inocua y piensa que ante su ya cercana jubilación no habrá nadie mejor que ella para substituirlo al frente del departamento.  Ha hablado del asunto en más de una ocasión con la jefa de área. Será la primera candidata a pesar de su temprana edad: tan sólo treinta y un años.

1 Comentario

  1. por Lascivo publicado el 14/11/2008  12:58 Responder

    guau! que escritura tan ágil! me gustó, voy a por el resto

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