El acantilado

John Spencer, viejo inspector de policia resuelve crimen en el sur de Inglaterra.

El inspector general de la policía de Crawley, un cincuentón adaptado a la rutina refunfuñaba por haber tenido que alejarse tanto de su comisaría. El caso es que una serie de extraños asesinatos se habían producido a lo largo de toda la costa de West Sussex, y la policía de toda la región no daba abasto, así que habían tenido que recurrir a las pacíficas villas de interior donde nunca sucedía gran cosa que valiese la pena registrar con un sinfin de inútil papeleo.

John Spencer, que por cierto así se llamaba el inspector, no era precisamente lo que se esperaba de una persona con un nombre tan válido para agente secreto. Llevaba gabardina beige, zapatos marrones de invierno, pantalones de pana y una corbata verde que no pegaba para nada con su camisa de cuadros pasada de moda. Los cuadros inferiores de la camisa eran mas grandes debido a la prominente barriga, pero si su indumentaria no bastaba para llamar la atención en el escenario de un crimen, cabe decir que encima era feo. Pero no feo de poco agraciado, o del montón, sino feo con avaricia. De esos que el día que se repartió la fealdad en el mundo se pusieron los primeros a la cola. Sus ojos saltones no envidiaban a los de un besugo sorprendido, su torcida nariz recordaba a más de un personaje de los teleñecos según desde el ángulo que le mirases, y su graciosa papada era imberbe, ya que el pelo parecía haber emigrado al interior de sus grandes orejas. Los pocos pelos que quedaban en su sien, en un orgulloso intento de evitar lo inevitable estaban aplastados de lado a lado, y un tic en el labio hacía pensar que siempre estaba sonriendo, aunque estuviese furioso.

Como decía John Spencer, se había visto obligado a viajar, cosa que no encajaba con su amada rutina, hacia el sur, en especial, la jefatura de policía le había endosado el extraño suceso de Beachy Head. La teoría que manejaba la policía era la siguiente. Una famosa teleserie emitida dias atrás había dado ciertas ideas a sus espectadores, de como asesinar a alguien y que pareciese un accidente. Claramente, no podía ser la misma persona, la que cometiese tantos crímenes, pero era fácil adivinar porque los imitadores habían seguido al pie de la letra unos pasos para no dejar pistas tan similares entre si. La mayoría de los casos, no requería gran esfuerzo, pues las victimas solían ser identificables, y la propia gente del entorno decía quienes se llevaban mal con los asesinados, y todo iba sobre ruedas. Pero en Beachy Head había sucedido algo diferente, por eso se había considerado “el extraño suceso de Beachy Head” en los periódicos. El farero, un anciano solitario, asocial y ermitaño había sido la víctima que había caido por el acantilado. La hora de la muerte descubierta por los forenses, le colocaba cayendo a la pedregosa zona llena de afiladas piedras horas antes de que fuese visto un apagón de luz en el faro. Ahí radicaba el problema. Nadie tenía acceso al faro, ni sabía cuando mover el faro, ni los botones a pulsar ni nada, y sin embargo el asesino había ido a trabajar por el difunto para no levantar sospechas. El inspector Spencer sudaba la gota gorda, asqueado del olor a sal en el ambiente, y un poco nervioso debido a su miedo a las alturas. El acantilado de Beachy Head, era la última de las siete montañas conocidas como “Seven Sisters”, y el cuerpo del farero había sido el más difícil de recuperar, por lo que a pesar de la tardanza de la jefatura en delegar el caso y haber tenido que viajar el inspector durante más de hora y media en coche, cuando llegó le dió la bienvenida un tufillo a carne putrefacta que aún permanecía en el ambiente.

Los curiosos habitantes de Eastbourne, la población más cercana al faro de Beachy Head observaban desde detrás de la cinta policial como el inspector Spencer, en un profundo intento de no quedar mal daba vueltas y buscaba indicios de algo que sólo estaba en su cabeza en la zona de alrededor, después de que todos los policías, forenses y demás agentes de la ley hubieran atravesado la zona sin ningún miramiento.

John Spencer paró de rebuscar entre el musgo de los árboles cuando una inquietante idea se le pasó por la mente. Así que avisó por walkie talkie a los efectivos que habían subido al faro, para que informasen de si aquello estaba limpio, o a ser posible si se podía entreveer que había sido recién limpiado. Los agentes aprendices destinados al caso extrañados admitieron la sensación de limpieza en la zona privada.

John Spencer, levantó el plastico negro que cubría al farero y se sonrió. El crimen estaba resuelto.Podía volver a casa!

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Si quereis saber la hipótesis de John Spencer, pedidlo en los comentarios… Si por el contrario preferís que no tenga final y quedaros con el misterio decidlo también! jajaja

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2 Comentarios

  1. por ameliemelon publicado el 25/02/2009  20:38 Responder

    pues yo quiero saberlo! xD


    amelie...

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