Whisky barato

Despego mi cara de la barra del bar de un antro perdido en el tiempo. Allí donde permanece mi alma, donde los días se confunden con las noches y parece que todo se detiene. Todo se hunde en un pozo profundo de whisky barato en el que yo también me ahogo como cualquier fumador común. Como alguien que llena sus pulmones de ese delicioso alquitrán que sabe que un día le matará, y sin embargo, no puede dejar de fumar.

La cabeza está a punto de estallarme, tengo sangre en mi camisa, sangre en mis puños, sangre de otro. Parece que la noche fue muy larga y me han dejado aquí tirado como la colilla apestosa que he sido toda mi vida. Recuerdo que ella se ha marchado, recuerdo que dijo que no volverá, cómo esos labios de la perdición se volvían de frío acero cortante como el hielo. Y es ahí, en ese momento de desesperación, cuando un punzante dolor surge el lado izquierdo de mi pecho, mi pulso se acelera y mi cuerpo convulsiona violentamente. Mis sentidos se pierden en el precipicio de un planeta desconocido, lleno de grietas de fuego heladas. Vuelvo a hundirme en un vaso de whisky, todo a mí alrededor se desvanece.

Cuando recobro la consciencia ella está a mi lado. ¡Oh dios! ¿Estoy muerto? Y si es así, ¿es ella un ángel o un demonio? Hablamos de lugares comunes, de recuerdos pasajeros. Ambos evitamos decir lo que de verdad importa, como siempre y como nunca, como cada una de las veces en que nos encontramos y encontraremos en el fin del mundo. Como el último día que la vi, que nos besamos, que fornicamos no como dos animales en celo, sino como dos hijos pródigos que nunca volvieron a casa y sólo saben huir de las sombras de la realidad, refugiarse en mundos alternativos, donde las reglas del juego se puedan quebrantar, donde no haya nadie más.

Esta vez no será la última que vea su bello rostro, dos horas más tarde pararemos a la vera del camino, una leve brisa agitará los cerezos en flor y una ráfaga de rojos olores despeinará por un momento su cara. Después, ella se atusará el pelo con una sonrisa quebrada en sus ojos, sus labios mis labios, su boca mi boca, nuestras lenguas, nuestras salivas… Recordaré ese beso eterno hasta que exhale su aroma, hasta que exhale el recuerdo imperecedero de nuestra querencia por las situaciones difíciles, por los callejones sin salida.

Alberto Serrano Martín

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