¡Haz qué se callen!

-Siguiente -dijo la cajera.

La espera en la cola estaba matando a Daniel. Las vacaciones estaban ya aquí y eso se notaba en la abundante cantidad de gente. Era la una y medía y tan sólo disponía de media hora para comprar unos limpia parabrisas nuevos. Ana, su mujer, estaba preparando las maletas en casa mientras él hacía las comprar de última hora. La cola avanzaba a marchas forzadas y aún quedaba un matrimonio de ancianos por delante. El calor era asfixiante, y el aire acondicionado no parecía hacer nada.

-¿Van a pagar en efectivo o con tarjeta? -preguntó la cajera a sus clientes.

-En efectivo -respondía la mujer mayor.

Lentamente, tanto la mujer como el hombre, empezaron a contar moneda por moneda el importe exacto de su compra. Daniel miró su reloj, pensando en la bronca que con seguridad iba a regalarle Ana por su tardanza. La cajera miró al resto de clientes de la cola pidiendo perdón con la mirada.

-Tenga, esto hacen treinta euros -dijo la mujer mayor mientras entregaba una cantidad de monedas exagerada.

-¿Le ayudo a contar? -atajó la cajera al ver la situación.

-No, no hace falta, aguante ahí, ahora viene el resto.

Cuarenta euros de pura chatarra faltaban. La cajera empezó a desesperarse mientras echaba miradas a Daniel pidiéndole que fuera paciente.

De pronto la cajera tuvo un ligero espasmo. Fue leve, pero lo suficiente como para dejar caer parte de las monedas que ya sujetaba.

-¿Está bien señorita? -preguntó la anciana interrumpiendo sus cálculos mentales, los cuales tendría que rehacer de nuevo.

-Sí, sí, no se preocupe… -respondió la cajera.

Daniel empezó a abanicarse con un catálogo de publicidad del supermercado. La situación en si lo estaba desesperando. Miró el reloj una vez más: las dos menos diez. «Qué Dios me asista» pensó Daniel al imaginarse la cara de su mujer.

Al cabo de unos segundos tras la reanudación de la lenta labor por parte de la anciana, la cajera empezó a fruncir el ceño como si no pudiera ver bien de lejos y se esforzase por enfocar. Repitió el gesto varias veces meneando la cabeza a ambos lados repetidas veces, hasta que al final la agachó para fijarse en las monedas que sostenía. Comenzó a susurrar algo de forma que, a simple vista, parecía que estuviera contando el dinero en voz baja. Pero no era así.

-Aquí tiene el resto, señorita -dijo la anciana entregando el resto del dinero en billetes y monedas a la cajera, la cual seguía en sus susurros -. ¿Perdone? Aquí tiene el resto.

La cajera siguió ensimismada sin responder.

-¿Se encuentra bien? -dijo el hombre que acompañaba a la anciana.

La cajera arremetió violentamente contra la mujer, lanzándole toda la chatarra en monedas que sujetaba, de tal forma que cayó de espaldas. Daniel, desconcertado, se apresuró a recoger a la anciana.

-¿Pero qué hace? -intervino Daniel.

-¡Haz qué se callen! -gritó la cajera y rompió a llorar.

-¿Cómo? -preguntó.

-¡Haz qué se callen! ¡Haz qué se callen! -continuó gritando la cajera a todo los presentes entre sollozos.

-¿Quién? ¿Qué dice? -dijo el anciano conmocionado.

La cajera entre gritos y sollozos se estiraba del pelo hasta arrancárselo. Lloraba desconsoladamente a lágrima viva y nadie en el supermercado supo que hacer. Nadie se movió. El silencio en el local era palpable, excepto por los gritos de la cajera.

Otro grito se escuchó en el interior de la zona de congelados. Un hombre empezó a llorar desconsoladamente mientras gritaba «¡Haz qué se callen!». Comenzó golpearse la cabeza violentamente contra el cristal de las neveras dónde se guardaban los productos, el cual empezó a quebrarse.

La cajera sacó de su bolsillo una cuchilla con la marca del supermercado y empezó a cortarse la frente.

-Haz que se callen, que salgan de mi cabeza… -balbuceaba entre lloros desconsolados mientras la sangre emanaba de los cortes autoinfringidos. 

Daniel se abalanzó sobre la cajera para detener aquella locura, pero no pudo llegar hasta ella. La anciana se levanto con una rapidez inesperada, gritando entre sollozos, empujando a Daniel e interponiéndose entre él y la cajera. Cuando Daniel recobró la orientación la anciana estaba dándose golpes violentos contra la vara de metal que separaba las cajas. El marido de la anciana corrió sin rumbo por el pasillo exterior del supermercado llorando hasta toparse contra una pared. Se levantó y siguió dándose golpes en la cabeza contra el muro.

-¿Qué está pasando? -dijo el joven que iba tras Daniel en la cola.

-Creo que la se están volviendo locos por momentos -le respondió Daniel.

La cola se había dispersado. La gente dejó sus compras y se esfumó asustada. Dos vigilantes de seguridad aparecieron para atajar la situación. La anciana se había abierto la cabeza a golpes en la vara de metal, mientras su marido arremetió de cabeza contra el muro por última vez doblándose el cuello en un chasquido para desplomarse en el suelo. La cajera, cubierta de sangre, seguía hurgando con la cuchilla en su propia frente mientras lloraba y balbuceaba «Haz que se callen» sin parar. Más gente se unió a la locura gritando «Haz que se callen» y llorando en un llanto desconsolado. En pocos minutos medio establecimiento estaba sumergido en gritos de gente agrediéndose a si misma con lo primero que encontraban.

-He visto suficiente chaval, me largo de aquí -dijo Daniel al joven.

-¿A quien se referirán con «Haz que se callen»?

-Me voy afuera para llamar a la policía, ven conmigo antes de que te hagan daño, toda esta gente se ha vuelto tarumba de repente -continuó Daniel.

Un coche alunizó contra el escaparate del supermercado. El conductor continuó acelerando hasta que el coche quedó encallado entre los escombros del choque. El accidentado bajó del coche entre gritos y sollozos para coger un cristal del escaparate roto y abrirse la frente con él. Mucha de la gente que allí se encontraba en la misma situación de locura hicieron lo mismo con los cristales, incluido varios niños de corta edad. Todo el supermercado parecía estar gritando «Haz que se callen» entre lágrimas y llantos.

Víctor Manuel Sala.

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5 Comentarios

  1. por cecilia publicado el 05/06/2009  11:37 Responder

    q bueno es esto!!!! no hay más??

  2. por vms8 publicado el 05/06/2009  11:47 Responder

    sí, pero no me cabía en 1000 palabras.

  3. por Zilniya publicado el 05/06/2009  14:15 Responder

    Ahhh!! Qué misterio! Un virus neurológico contagioso? Ondas que manipulan la mente? Sea lo que sea, por qué no afecta a Daniel y al chico con el que habla?

    Empiezas con un ambiente cotidiano y aburrido y lo transformas en el escenario de una paranoia multitudinaria, muy chocante, mucho...

  4. por vms8 publicado el 05/06/2009  14:41 Responder

    Las respuestas próximamente

  5. por Lascivo publicado el 08/06/2009  23:06 Responder

    uffffffffffffffff, dios! qué gore el final
    qué buen relato, se me han puesto los pelos como escarpias. Y dices que va a haber más proximamente? Explicarás porqué Daniel se queda tan pancho?

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