ANTIGUA – Un Día Después del Salto. 26 de Julio (3ª de 3)

Anduvimos durante una hora más o menos hasta que encontramos un jabalí. Jolín, que ya empezaba a reponerse del susto, había empezado, como es habitual en él, a quejarse del calor, los mosquitos, que eran alarmantemente numerosos e insistentes, y lo absurdo de la situación. Pero cuando vio el jabalí, un bicharraco enorme, se quedó mudo al instante. El animal, que tenía pinta de estar bastante alejado de su madriguera, o lo que sea que pueda ser el hogar de un cerdo así, también se asustó con nuestra presencia, lo que me alivió bastante. El puerco salió corriendo en dirección contraria a nosotros, gruñendo como un loco y aplastando todo matorral que se encontraba a su paso, dejando un claro sendero de huida.

Tras el jaleo del jabalí, otro grito nos alarmó. Era un grito humano, y provenía de unos cuantos metros al sur. Sé que era el sur por la dirección del Sol y asumiendo que llevábamos aquí algo menos de dos horas, teniendo en cuenta que cuando salimos de la facultad serían entre las tres y las cuatro de la tarde. Por lo tanto, tenía que ser por fuerza antes de las siete de la tarde, y el Sol estaba justo delante de nosotros. Por su inclinación supuse que estaba en lo cierto respecto a la hora, por tanto, puedo asegurar casi con total seguridad que el grito que oímos provenía exactamente del sur, lo que quedaba justo a nuestra izquierda. Caminamos unos metros hacia esa dirección, pues el grito parecía humano, y no de otro jabalí. Nuestra sorpresa fue ver que, en lo alto de un grueso árbol, en una rama igualmente ancha, estaba sentado un hombre. Era el profesor Martínez-Gordó. El bedel pareció bastante animado.

–¡Sebastián!

–Eh… ¡Usted! –contestó el profesor, que seguramente tampoco sabía si el hombrecillo se llamaba Eugesio u Octavio. Sin embargo, apenas pareció reparar en nuestra presencia– Ayúdeme, por favor. Me subí a esta rama porque vi un jabalí enorme.

–¡Seguro! Nosotros nos acabamos de topar con él. Pero le hemos ahuyentado.

–Por favor, bájeme.

Viendo que el bedel era cómicamente bajito y menudo para ayudar a Martínez-Gordó (o Sebastián, visto cómo fue saludado), que dicho sea de paso, es un hombre ancho tirando a grueso tirando a gordo, quise ahorrar una situación cómica, o una rotura de huesos por parte de alguno de estos dos. Por tanto, ofrecí mi ayuda al profesor, que en ningún momento me dirigió un simple “hola”, aunque cuando bajó sí logré oír un “gracias” casi inaudible. Sin dirigirnos una mirada a Jolín o a mí, tendió la mano a Eugesio u Octavio, quien le saludó con euforia. Finalmente, nos saludó, estirándose con gallardía hasta que sonó su espalda, supongo que para intentar recuperar el orgullo de haber sido ayudado por un alumno suyo. Aparte, nos reconoció, pues este curso habíamos estado matriculados ambos en su clase, lo que creo que le hizo sentir más incómodo. Sin embargo, y creo yo que haciendo un gran esfuerzo por su parte, durante el resto del día el profesor ha sido relativamente amable, o inusualmente poco desagradable.

De todas formas, pese a que los cuatro seguimos caminando, no encontramos a nadie más. Y mucho menos un camino, o la más mínima pesquisa de civilización. El bedel, que parecía el más entero de todos nosotros, decidió que era momento de que buscáramos o construyéramos un refugio, o algo parecido. Jolín propuso que nos subiéramos a un árbol, por si  otro jabalí aparecía, idea que desechamos todos, a pesar del pobre Jolín, que seguía teniendo un color bastante más pálido de lo normal. Así que terminamos construyendo un pequeño cobertizo con ramas que arrancamos de los árboles. No nos quedó excesivamente mal, y apenas cabíamos los cuatro. Pero doy fe de que el frío que empieza a hacer (sigo en pantalones cortos y camiseta, tal y como salí de casa) es como para que nos arrejuntemos lo máximo posible. Para tranquilizar a Jolín, que no paraba de mirar en todas direcciones, le dije que los jabalíes y ese tipo de animales jamás salen de noche, que lo vi en un documental. Él pareció algo más tranquilo, pero la verdad es que no tengo ni idea de cuáles son los hábitos de un jabalí, o de si madrugan o pernoctan. Por si acaso dormiré con un ojo abierto.

En cuanto a cómo estoy yo, aparte de tremendamente confundido y desorientado, tengo un miedo atroz, y un nerviosismo que me suele delatar porque cuando estoy nervioso hablo mucho. Como aquí el personal no parece muy por la labor de conversar, aprovecho para explayarme con el diario, que no me puede mandar callar.

Tengo miedo y hambre. Y no sé dónde estamos. Mañana iremos hacia el norte, a ver si encontramos a alguien más. Esto empieza a ser desesperante.

Yizeh. 2009

Yizeh Castejón

Escritor, físico, profesor, capoeirista, innovador. Nacido en Madrid en 1986. Creador de Sopa de Relatos, la web de escritura libre. Editor y autor del libro de cuentos "Sopa de Relatos" y de futuros proyectos. Alumno de h2i Institute.

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3 Comentarios

  1. por ameliemelon publicado el 09/08/2009  20:48 Responder

    desde luego que el salto es de lo mas misterioso. intuyo que se encuentran en el mismo lugar pero unos cuantos años antes.

    y ahora que pasa con oscar y olga?

  2. por Lascivo publicado el 09/08/2009  21:09 Responder

    todo se andará, este relato va a ser larguito (y me está hasta quitando el sueño!)

  3. por LBD publicado el 23/10/2009  00:25 Responder

    La verdadera cuestión es: ¿quién es realmente Lidia y qué ha hecho para que se la tenga en cuenta 2 veces en una sóla de las partes?

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