Me ha secuestrado la abuela – Parte 1

– Esto no me puede estar pasando a mi, enserio… Esto…esto representa todo contra lo que he luchado siempre. Encima, justo antes de ir al insti. El aliento me va a oler a muerto…Si es que »agüela», no tienes vergüenza, ni la has conocido… Debo de ser la persona menos afortunada de España…¡que digo de España! ¡de Madrid!- dijo el niño, mirando de reojo el plato de acelgas podridas que le había puesto su abuela para desayunar aquella barnizada mañana de Septiembre.

La abuela apartó la mirada de la revista »HOLA» y miró tras sus gafas de sol (que tapaban seguramente unos ojos alcoholizados) a su nieto.

– Mira niño, no me calientes que te doy. Anda acabate las acelgas y no toques los huevos, ¿quieres bonito?

– ¡Y una mierda! Yo me piro, paso de tus tonterías.

– Bueno pues te lo tomarás para merendar, por listo – dejó su revista encima de la mesa y se levantó entre lamentos y blasfemias – y ahora, dame un beso anda.

– Si, mazo. Antes les doy un beso a las acelgas, que son mas guapas y estan menos arrugadas, no te jode la vieja.

Y así es como Juan Bellido empezó ese día el camino al instituto. Cogió su mochila negra de la archiconocida y cara (segun la abuela) marca »Mochirota» que le había comprado ella misma días antes y salió cerrando la puerta de su casa tras de sí. Salió a la calle triste, como siempre. No le gustaba mucho ir al instituto. Lo unico que le alegraba el día eran unas risas en clase o algún cigarrillo durante la comida. Entró al Metro a empujones y fué sacudido por el aire que recorre siempre los túneles del metro de Madrid. »Es como si se hubiese juntado el aliento de todos los mendigos que duermen aquí y me lo hubiesen escupido a la cara» piensa. Se tantea los bolsillos en busca de su abono transporte y se da cuenta de que no lo tiene.

– Me cago en la puta…- piensa en voz alta.

– Oye niño, no hables así que te tendré que lavar la boca con jabónsito – le amenaza una mendiga que transporta un carrito entre risas.

– Mejor guardate el jabón para lavarte la ropa, ¡guarra de mier..! – responde Juan, tajante y orgulloso de tan ingenioso contraataque.

– ¿Oye mi niño no te educaron en tu casa o qué…? Jodío mocoso del carajo.

En ese momento un guardia con gafas de sol y bigote (imaginad el tipico poli de Texas) se abre paso violentamente entre la dormida muchedumbre y agarra a ambos por el brazo.

– ¡Ehh tronco…que yo estoy limpia mi niño! ¿Te quedó claro? – al parecer la mendiga ya le conoce de algún altercado anterior.

– Han sido ustedes seleccionados para una inspeccion al azar – responde el guardia.

Juan no se da cuenta de nada y todo ocurre muy rápido. Es como si el resto de los bienandantes no les viesen. Ambos son conducidos a una sala completamente pintada de gris y unicamente alumbrada por una bombilla que no cesa de parpadear.

– Oiga señor, que yo tengo que ir al colegio…

– Tranquilo chico, tendrás tu justificante, como Dios manda – después dirige su sombría mirada a la mendiga – y tu nena…¿Nena tu estas buscando coca o qué?

Entonces la mendiga asiente, babeando.

– ¡Pues toma »pa» la boca!

Y el policía lanza una bolsita repleta de cocaína a la cara de la mendiga, mientras se ríe. Juan comienza a asustarse. Se ha orinado en los pantalones. En unos segundos la droga ya está esparcida por toda la mesa y la sucia y apestosa mujer comienza a esnifarla.

– Enseguida llegará el teniente Colombo.

– ¿Quién? – pregunta la mendiga, mientras se sacude un poco de cocaína que se le había quedado en la nariz

– El que tiene los huevos como un bombo – responde Juan, de nuevo orgulloso de su gran ingenio humoristico.

– ¿Quién eres tu… subnormal? – pese a la bromita, el policía sigue con su habitual tono amable.

– Uno que en la boca te quiere cagar – en ese momento tanto Juan como la mendiga se echan a reir.

– Vaya, vaya, parece que tenemos un graciosito en el grupo…

– Y si quieres en tu cara te escupo – ahora es la mendiga la que prueba a bromear.

– ¡Eh! ¡Esa ha sido »güena» tía! – dice Juan, y le choca los cinco a la mendiga – Por cierto, ¿como te llamas?

– Bueno yo… creo que no tengo nombre…pero puedes llamarme Susi…

– ¡Se callen coño! – y el policía dispara al techo.

En ese instante, Juan se percata de que en una de las paredes de la habitación hay un espejo. Uno de esos espejos que salen en las pelis, en las salas donde interrogan a los sospechosos. Detrás – piensa Juan – debe de haber alguien observandoles. De pronto la puerta se abre bruscamente.

Es el teniente Colombo…

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