Extrañas muertes en Villalaloca (1)

Carlos era un tipo normal y corriente. No sé si os habeis fijado en que he dicho »era» y no »es». Él ha muerto. Le mató mi caniche. También murió el animalito . A Carlos le gustaban los Beatles, el zumo de naranja y pegar patadas a los coches aparcados cuando nadie le observaba. Solía pegar puntapies a esos Mercedes que brillan tanto, aunque esten recubiertos de barro y que son tan caros. Su rechoncha pierna se estiraba primero hacia atrás y después se dejaba caer contra el vehiculo.

El verano que yo llegué desde Southampton él fué el unico que no me hizo ascos ni me juzgó por ser extranjero. A Carlos le gustan los hombres extranjeros. Si, también sexualmente.

Recuerdo que murió un día nublado. La niebla invadió Villalaloca como Napoleon invadió España. Y el resultado fué el mismo: la gente se creyó desorientada, atacada y violada. La mayoría de los »arrugaos» , que es como se conoce allí a los mayores de 60 corrían por todas las direcciones pidiendo socorro y chocando entre si como insectos contra el parabrisas de un coche. No podía verse nada que estuviese a mas de tres pasos de uno mismo. El caos estaba servido pues en la pequeña localidad madrileña. 

Recuerdo también que yo acababa de salir a la calle para pasear a Coco (así se llamaba el caniche en cuestión) cuando alguien chocó contra mi y ambos aterrizamos en el pegajoso suelo de la acera. Era un arrugao.

– ¡Yeeeeeeeeeeeejeeeeeeeee! – me gritó, como si yo fuese un animal de granja.

– ¿What the fuck? – pregunté yo, sorprendido y aterrado a la vez.

Cuando hay mucha niebla es incluso peor que cuando se van las luces en tu casa y justo acabas de ver una pelicula de miedo. No puedes ver nada. Ni siquiera una linterna resplandece a tres metros de ti.

– ¿Omoooo ise? ¡Y e que uté no me pue desi eso eh!

– I’m sorry, I can understand you. I’m english ¿you remember me?

De pronto un arrugao llegó casi volando y se estrelló contra la fachada de mi casa. Esta se llenó de sangre. Ambos nos quedamos paralizados.

– Pa mi que ete ta mueto ¿no? – preguntó el viejo, mientras palpaba cuidadosamente el cádaver.

Pero yo no respondí. No solo porque no entendí nada en absoluto de lo que decía (aún siendo español no lo hubiese logrado entender) si no porque estaba muy asustado en aquel momento. El arrugao dió entonces signos de vida y volvió a salir corriendo nada más se dió cuenta de que estaba sangrando. El primero arrugao, que resultó llamarse Eustakio, salió pues corriendo detrás suya, cinturón en mano, amenazando con matarle si no dejaba de correr (sus palabras exactas fueron: » No corra io, que omo te pille e mato y no vuelve a ve la luz. ¡No corra oñooo ya!)

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