De cómo las ansias de libertad nunca traen nada bueno.

Samantha Disaster nació en un pequeño pueblo del interior de Estados Unidos, resultando ser una niña algo marimacho y alocada y una adolescente infantil y rebelde que finalmente, se transformó en una joven con complejo de Peter Pan.
Una chica de dieciocho años menuda, delgaducha, de carita aniñada y ojos redondos de un color negro violáceo muy llamativo, y piel rosada y pecosa. Llevaba ropa de corte roquero, cortada, rajada, de colores oscuros, y su pelo naturalmente negro teñido de un color morado más llamativo si cabe.
Sus padres, una respetable pareja del pueblo, terminaron desesperados por su conducta y actitud, y no se interpusieron en lo más mínimo cuando la pequeña Sam anunció su marcha a la ciudad más próxima, Sunshine Valley, donde, según sus propias palabras, “realizaría su sueño de convertirse en estrella de rock”, tras un pequeño altercado con la policía, donde se vieron implicados toda la pandilla de amigos de Sam. Alcohol y jóvenes en una plaza de un pueblo pequeño a las cinco de la madrugada, ya se sabe.
Volviendo a la historia de cómo las ansias de libertad (de esta chica en concreto. Las ansias en libertad de los demás no tienen por qué conllevar implícitamente el desastre) nunca traen nada bueno, Sam cogió su ropa, algo de dinero de los cumpleaños, la vieja furgoneta, y su guitarra, y se fue a vivir a su famoso primer piso en Sunshine Valley.

Decepcionada al principio por el cuchitril que había alquilado, Sam se consoló diciéndose a sí misma que era sólo un estado temporal, hasta que se convirtiera en estrella del rock, y tuviera dinero para pagarlo. Como siempre, la personalidad idealista y fantasiosa de Sam le jugó una mala pasada, y, a pesar de incluso conseguir un trabajo en el teatro de la ciudad, pronto se dio cuenta de que ser una músico famosa no sería tan fácil.

Estuvo unos meses tonteando con el dinero del alquiler, conociendo gente nueva, rondando locales, y, como siempre, liándola por ahí. Como siempre.
Hasta que el dinero del alquiler se esfumó, y Sam comprendió que, al menos de momento, necesitaba un o una compañero o era de piso o pisa.
Tras preguntar a todos sus amigos y conocidos, y comprobar que efectivamente todos estaban o bien ya colocados o bien sin dinero, empezó a preocuparse. Pero su preocupación por su futuro sólo duró un instante. Menos, tal vez una décima de instante, pues su pequeña y volátil cabecita estaba ocupada en otros aspectos, tales como hacerse famosa a una velocidad más bien alta.

Así fue como, finalmente, y tras un mes ligeramente angustioso, Vincent Bertrand, alias Vince, o Vinnie cuando a Sam le salía la vena cariñosa, un amigo que Sam había conocido en la ciudad cuando acababa de llegar, y que la trataba con aparente bordería y real y auténtico cariño en el fondo, le consiguió su nueva vivienda.
Una casita blanca y encalada con un pequeño huertecito y florecillas rosas y amarillas bajo el alfeizar de las ventanas cuadradas de madera, que a Sam le recordó vagamente a algún programa televisivo de cuando era pequeña.

Ahí empezaba una nueva etapa de su vida… de nuevo.

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