Wynyard Park

Hace mucho tiempo que no salgo a hacer música a la calle, así que hoy me aventuré al parque Wynyard con un día frío y soleado que infundía excelentes vibraciones. Coloqué el amplificador y conecté el cable a los altavoces en la esquina del mercado que más he frecuentado desde que vivo en esta ciudad. Mi guitarra tiene sus años pero cada día conseguimos mejores notas. Acomodé algunos de mis CD´s en la caja para la venta y comencé.

La gente de la mañana es muy distinta a la de la tarde, los mañaneros tienen poca gana de detener su marcha para escuchar música así que, después del calentamiento, abrí con un tema que compuse a finales de los 90 en circunstancias particulares, se llama «Sophie´s variations», lo tengo dedicado a la mujer que removió mis sentimientos con su amor y desamor durante todo un largo invierno.

Nada, no resultó mejor que el tema anterior, a veces resulta difícil por mucha voluntad y pasión que uno le ponga. Y odias un poquito a esos transeúntes indiferentes. Intenté con algo de flamenco, un poco de rumba… y sí, surtió el efecto que buscaba, se juntó gente a mi lado, escuché algunas palmas, había dos parejas y un papá con su hijo, lo suficiente. Una de las parejas compró un disco. Excelente. Mi humor estaba cada vez mejor. Las manos rasgaban profundo y rápido. De repente pasó lo que tenía que pasar un día como el de hoy. Llegó ella con una amiga. Las miré y me dije que no había posibilidad pero, esta vez, me equivoqué. Escucharon dos y paré de tocar. Encendí un cigarrillo. Empezamos a charlar. En fin, lo típico, les hice oír un par de canciones más y, cuando empezaba otra vez a tocar el “Sophie´s”, la amiga se fue. Quedó ella sola frente a mí. La gente del mercado a mi alrededor parecía en un nimbo, fuera de foco, como en esas fotos de boda donde el único claro del bosque éramos los dos. La música me llegaba como si viniera de otra parte, como si no fuese yo quien tocaba la guitarra. Sophie´s variations se convirtió en una versión mucho más larga. Los compases estirados hasta límites que nunca había acometido y con variantes que nacían sin esfuerzo, era como si la canción se fuese corrigiendo sola; conseguí llegar a un estado del que no sabía cómo salir, el mundo alrededor desaparecía y aparecía mientras estaba tocando. La última nota de mi guitarra la acompañé con un golpe sobre la caja. Le dije: te invito a un café.

He tenido que pensar un poco antes de continuar este relato. No sé si será creíble pues incluso a mí me resulta raro, pero no importa: Se llama… Sophie. Estábamos sentados en un restaurante cuando me lo dijo. Wynyard Park, afuera, estaba hermoso. Sophie, cuarenta años, cabellos castaños largos como sus manos, sus sonrisas y, más largas aun, sus miradas, que me dejan sin aliento. Regresamos al parque, nos besamos, hablamos como si nos conociéramos, caminamos abrazados como novios hacia mi apartamento, e hicimos el amor como buscando notas ocultas en nuestras lenguas y cuerpos para nuestra música.

El sonido que hizo la caja de mi guitarra por el golpe que le di, y la pregunta de la chica que tenía al frente, me regresaron al mundo, había terminado el “Sophie´s variations” y la gente ya quería otra cosa.


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6 Comentarios

  1. por xplorador publicado el 05/01/2011  16:40 Responder

    Una agradable y ambigüa forma de expresar una ensoñación, un suceso perfecto o un momento de inspiración. Creo que consigues que el lector flote, porque expresas muy bien lo que quieres decir, hasta el final, momento en el que le asestas un cogotazo para que se ponga a pensar si Sophie estaba ahí en carne y hueso o no. También reflejas la indiferencia que compartimos gratuitamente en las ciudades, sin caer en moralinas, y, a mí por lo menos, me has hecho pensar en lo rápido que la gente quiere otra cosa.

  2. por Javier Revolo publicado el 05/01/2011  23:46 Responder

    Gracias xplorador. Efectivamente, en el trabajo puede haber un momento de ensonacion, una escapada a la fantasia -que puede parecer mucho tiempo cuando solo pasan pocos segundos-, luego se regresa a una realidad mas prosaica, a la realidad sin mas.
    La indiferencia es nuestra cotidianeidad -que es lo opuesto a la curiosidad- nuestra vida lineal. En fin, trate de mezclar esas dos lineas: ensonacion y cotidianeidad en el relato. Me alegra que te haya gustado.
    Un abrazo

  3. por Lascivo publicado el 06/01/2011  20:45 Responder

    Muy buen relato, Javier. Has sabido transmitir mucho, te lo digo con la piel de gallina. Hacía tiempo que no veía por aquí un relato romántico de este tipo. Chapó.

    Un saludo!

  4. por Javier Revolo publicado el 06/01/2011  22:51 Responder

    Hola Lascivo
    Gracias por tus amables palabras. Los relatos romanticos tienen -casi como en el humor- eso de las "dosis" en la composicion. Si te quedas corto queda soso, pero con que te pases, aunque sea por poco, queda empalagoso.
    Me alegra saber que te ha gustado
    Un abrazo y nos leemos

  5. por sibisse12 publicado el 15/01/2011  17:51 Responder

    me quedo en ese istante en que parece que el tiempo se detiene, pero que en realidad sólo han pasado segundos. Muy bueno ;)

  6. por Javier Revolo publicado el 19/01/2011  08:52 Responder

    Gracias Sibisse!! Me gusta ese momento a mi tambien, es una fuga al mundo de nuestros suenos donde el tiempo se expande o se comprime -o, tal vez, no hay tiempo-, se puede vivir alli algun momento sin que nada ni nadie nos moleste.
    Un abrazo

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