Dos veces. (2)

No tengo detalles. Me esfuerzo. Intento recordar cuánto tiempo estuve en el agua. Intento recordar cómo salimos. Pero no recuerdo nada. Tengo la impresión de librarme de él y poder llegar a las rocas. No recuerdo si mi madre me ayudó a salir. No recuerdo cómo consiguió salir Patricio, si alguien se lanzó a buscarlo o él solito se acercó a las piedras y lo ayudaron a subir. No recuerdo más.

Luego me enteré de que Patricio no sabía nadar (no era necesario que me lo jurase). Quizás me lo dijo mi madre, otra persona, o el mismo Patricio. Yo estaba enfadada, asustada y triste. Y no podía evitarlo. Demasiados segundos debajo del agua me habían endurecido. Me había visto morir. Hubo un momento decisivo en que mis pulmones dejaron de respirar, y mi cerebro empezó a decir adiós… es una las sensaciones más fuertes que he tenido en toda mi vida.

Cambiamos de playa. Buscaron una con arena y olas más suaves. Recuerdo estar en otra playa. Amplia, de arena, con mucha más gente, con el agua más turbia y sucia. Con olas que también eran grandes y fuertes. Recuerdo bañarme. Recuerdo estar en la orilla y ser engullida por una ola, arrastrada por la tierra del fondo, intentar salir, asomar media cabeza, sentirme otra vez arrastrada al fondo, tragar agua, sentirme presa del miedo y la naturaleza. Recuerdo estar segura de que ese iba a ser el día de mi muerte, que el mar me la tenía jurada. Pero no lo fue.

Unas olas de un metro no eran nada comparadas a un hombre adulto tirando del cuerpo de una niña de siete años. Sabía nadar, mi cabeza salió a la superficie, me moví al compás de las olas… respiré. Retomé el control sobre mi cuerpo.

Salí del agua y me dirigí a mi toalla. Recuerdo decirle a mi madre que había estado a punto de ahogarme («otra vez, me iba a ahogar otra vez, la segunda en el mismo día, y la primera vez ha sido culpa de tu novio… y ahora podría haberme ahogado y no te habrías dado ni cuenta») y que ella no le dio importancia. Recuerdo tumbarme y secarme al sol, con los ojos cerrados, pensando que podía estar muerta.

Pensando lo fácil que era morirse. Lo fácil que era morir asesinado. Lo fácil que era matar; lo fácil que era morir. Recuerdo que bajo aquella realidad, cruel y eterna de mortalidad, de todo tipo de homicidios, afloraba otra realidad independiente y solitaria, rezagada y compungida: el abandono de mi madre. El abandono de mi madre que solía estar en todas partes, siempre tan evidente como aquel día.

Luego, quizás a los varios días, o a las semanas, o con doce años, recordando el incidente, me pregunté por qué a nadie se le ocurrió lanzarse al agua. Más que eso, me pregunté cómo mi madre, al verme luchar con las olas y con un hombre sufriendo una crisis, no se lanzó al agua a rescatarme. Y me pregunté por qué cuando las olas me atraparon, por segunda vez, no estaba atenta y no vino a socorrerme a la orilla, por qué mi madre no me consoló cuando le conté jadeante y asustada que las olas me habían cogido y había estado a punto de ahogarme…

Supongo que mi madre estaría pensando en sus cosas.

(2011)

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