Crisálida de Ceniza (3)

Ese día lo empleé en recuperarme, porque aunque no había bebido tanto como la mayoría me había sentado mal, dándome dolor de cabeza y de tripa. Me pasé la tardé viendo la tele, hasta que no aguanté más la programación y me puse a leer. Mi cabeza tampoco aceptó esa actividad así que al final estuve viendo una serie por internet hasta que me encontré agotada y me acosté. Tuve otro sueño sobre Blanca, uno muy fotográfico. Se basaba en esas improntas que el cerebro guarda en un compartimento, y que cuando se intenta recordar a alguien aparecen en el nervio óptico, recién sacadas de una carpeta. Estábamos las dos en el parque del barrio, en el que habíamos pasado cientos de horas. Ubicadas en un lugar muy determinado en mi memoria, no como otras noches, en las que la historia acontecía en emplazamientos poco definidos, accesorios. En esta ocasión el lugar me impresionó tanto como el rostro de mi amiga. Me desperté con los árboles rodeándome, en el paisaje caducifolio por el que en esas fechas rumoreaba el viento intenciones y frustraciones del año que se marchitaba. Desayuné muchas galletas de chocolate y un café solo en taza grande saturado de azúcar y me fui paseando hacia nuestro rincón. Me crucé con varios corredores, todos llevaban mallas. Unos las vestían ajustadas a piernas fibrosas y trotaban ligeros rozando el adoquinado gris de la acera. Otros embutían con el tejido sintético sus carnes flojas, y esos parecían arrastrarse con la cara congestionada en gesto de perseverancia y culpabilidad. Pasé al lado del supermercado y como era día de diario y bastante temprano, los que salían y entraban eran ancianos en su mayoría. Una señora muy mayor, muy encorvada, muy encogida, daba un paso tras otro, construyéndolos laboriosamente, y agarraba un carrito de cuatro ruedas de color púrpura y aspecto estable. Unos metros por detrás otra mujer de edad análoga la alcanzaba lentamente, como en una carrera de caracoles, y eso que iba incomprensiblemente cargada con un gran racimo de bolsas que se anunciaban pesadas en los dedos blancos que las sujetaban. Tardé unos minutos en transitar el resto del camino, una manzana de bloques de ladrillo oscuro que estaba callada, con sus niños en los colegios, con sus padres trabajando o en casa sin trabajo, y poblado por algunos pensionistas que iban al supermercado o volvían de él. Y llegué. Al pisar la hierba los árboles seguían agarrados a la tierra, desnudos, comenzando su sueño invernal. Y los caminos embarrados reunían pisadas, distrayéndose con el ocio de la gente. Y la sombra de nuestro álamo, que era una sombra enclenque de ramas parcialmente deshojadas, donde fluyeron conversaciones íntimas, tonterías dichas sin pudor, pensamientos comunes poco corrientes, albergaba un hueco. Un hueco señalado desde muchos ángulos. Me acerqué pesadamente y me quedé de pie junto al tronco. Había un dibujo de un perrito en él. Me fijé en el trazo simple y alegre, en el aspecto de peluche, y me bloqueé. Era terriblemente similar a los que hacía Blanca de su perro Cof, un gracioso chucho que había adoptado hacía cuatro años. Hipnotizada por esa imagen no supe como reaccionar y acabé poniéndome muy nerviosa. Regresé rápido a casa, e histérica hice una lista de personas que habían conocido bien a Blanca y las llamé una tras otra. Les preguntaba, al principio tímidamente pero luego exigiendo respuestas claras, si habían ido al parque, si habían hecho algo por allí. Por supuesto no se esperaban ese tipo de llamada. Unos negaron con docilidad, provocada por pura sorpresa, lo que yo les inquiría. Los que también habían tenido (o tenían no sé como situarlo temporalmente) una relación cercana conmigo, o se interesaron por mi vida, a lo que contesté parcamente, o se mostraron molestos por que hubiese establecido contacto únicamente para realizar averiguaciones extrañas. No me afectaron las consecuencias de la falta de consideración con la que había actuado. Ese día intenté hacer cosas que me abstrajeran de las ideas que esa imagen había introducido en mi mente, una imagen que horadaba la verdad escrita. Di largos paseos, aunque no me acerqué de nuevo al parque. Por la noche dormí mal, despertándome unas cuantas veces con sensaciones agrias y evocaciones tenues de lo que bruscamente me devolvía a la vigilia.

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