Crisálida de Ceniza (4)

La semana siguiente pretendió, sin éxito, asemejarse a las anteriores. Me descubría congelando mi ritmo habitual, estancándome en ensimismamientos reiterativos, que surgían a una escala tan gradual que me era imposible situar su inicio, dándome cuenta de su existencia cuando el volumen era atronador y estallaba disgregándose las fuerzas. Una tarde quedé con los amigos de clase. Marta, la que mejor me caía, y yo nos apartamos del grupo, y le conté todo. Desde la amistad infantil hasta el acidente. Incluso acabé confesándole mi inquietud, generada por los sueños y por el dibujo que había encontrado en el tronco del árbol del parque. Ella fue sencilla. Me dijo que era normal que volviesen recuerdos y que el dolor se cebase más pasado un tiempo. Yo le dije que no era exactamente dolor y creo que ella no lo entendió bien. Debió advertir su inacabada comprensión y generosamente no insistió con conclusiones y análisis torpes. Se limitó a darme un abrazo y me deseó que no lo pasase muy mal durante mucho tiempo. Ese día conectamos un cable. Su cercanía me resultó confortable y no me arrepentí de haberle explicado mi sufrimiento. Si lamenté hacerlo con Blas y Lucía. Ellos, aún siendo amigos de toda la vida, no supieron decir nada acertado y en cambio sí trataron de convencerme de un montón de sandeces estúpidamente optimistas y típicas como “la vida sigue” o “ella hubiese querido que no te hundieses por su muerte sino que siguieses adelante llevando su recuerdo contigo”, que me hizo concluir que no merecía la pena esperar buenas ideas de ellos sobre este tema. A ellos dos, como al resto de viejos amigos, y no por eso mejores, los ignoré durante una buena temporada. Y sin ganas de retomar amistades ni de pedir disculpas no llamé a las personas a las que había importunado con mis interrogatorios telefónicos. Por otra parte mi familia siguió tan disponible como de costumbre, lo que no hizo que recurriese a ellos o les prestase mucha atención. Ya una semana después de mi primera visita, más tranquila pero no exenta de pensamientos obsesivos, resolví que tenía que regresar al parque, siendo el principal motivo la urgencia por zanjar la sensación inquietante que me había dejado el dibujo. Fui a la misma hora, me encontré a los mismos ancianos cargando con bultos igual de pesados, y había una luz parecida, nítida e intermitente por el vuelo veloz de las nubes que se atrevían a obstruir los rayos del sol, que eran oblicuos por la estación entrante y por tanto vulnerables al clima húmedo y frío. Alcancé pronto la hierba regada de hojarasca, y enseguida me situé al abrigo de las ramas raquíticas, cerca de la corteza. En el papel de la piel del álamo una cicatriz de bolígrafo negro sangró mis ojos. Caí de rodillas, o me arrodillé patéticamente, y me acerqué a unos escasos centímetros del nuevo dibujo, esperando a que cambiase y me sacase del impacto violento en el que me había incrustado. Allí, señal confusa pero innegable, estaba grabada una figura de Blanca, de perfil, mirando al vacío, mirando muy a lo lejos. Lloré por no comprender. No de pena, no de nostalgia. Di una vuelta al árbol retorciendo la idea que se expandía en líneas ávidas y volví a fijar mis ojos babeantes. Pero era ella, tal como ella se veía, tal como ella se retrataba en su puto cuaderno. Era su mano la que había hecho eso. Mi cabeza rodó por la hierba desencadenando el deseo hondamente reprimido: que siguiera viva. El cuerpo que pusieron en el tanatorio no podía ser el suyo, no era su cara. Nadie la vió caer por el acantilado. Esa chica joven comida por los peces no era Blanca. No lo era. Pero esa mano si era de Blanca. Esa cara que hacía unos días no existía, era Blanca.

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