Vanidad

Pensé que se ahogaría en sus propias lágrimas, que gritaría hasta quedarse sin voz, que deambularía de un lado a otro hasta acabar sin aliento, como otras tantas veces había hecho, cada vez que discutíamos. Pensé que me echaría todo en cara, que me reprocharía lo que no hice, lo que no dije, pero esa vez, no hizo nada de lo que pensé que haría.

Sus ojos no se entristecieron, su rostro permaneció impasible y su boca no pronunció palabra. Tan solo, dio media vuelta, cogió su bolso y se marchó. Mientras yo la veía alejarse por aquel estrecho pasillo, caminando con la cabeza alta, sin mirar atrás. Doblo la esquina y no la vi más.

Al día siguiente dejó un mensaje en el contestador, había aceptado el trabajo en Londres y se iría ese mismo día. También me dejo claro que no la esperase para las navidades o alguna fecha señalada, porque no pensaba volver.

Entonces me di cuenta de que había sido un buen aprendiz, le enseñé que mostrarse débil ante los demás solo nos haría aún más débiles, más vulnerables y había que aparentar ser fuerte para que nada ni nadie te destruyese, aunque eso supusiese renunciar a sentir.

Ella era todo lo que yo tenía, y yo era todo lo que ella tenía. Ese día me devolvió con mayor virulencia todos y cada uno de los golpes que yo le había dado. Porque el silencio daña y deja heridas que no cierran, porque la incertidumbre de no saber lo que el otro piensa deja muda a las palabras, deseosas de salir, de ser pronunciadas, pero se quedan prisioneras de los pensamientos que una y otra vez recordaran lo que no dijiste.

Se marchó con un adiós a medias, y dejó un vació que no se puede llenar. La soledad pesa aún más si no hay con quien compartirla, los recuerdos no se desvanecen con el humo del cigarrillo y las imágenes quedan congeladas al son del va y ven del whisky. Las tardes se hacen eternas y las noches interminables.

Quizá sea mi orgullo, que es más fuerte que todo lo demás, pero no he sido capaz de llamarla, ni de irla a buscar. Tal vez así, uno de los dos sea feliz…

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1 Comentario

  1. por Javier Revolo publicado el 11/03/2011  22:20 Responder

    Muy bien dicho!! Es que las palabras que no se dicen, por no mostrarnos sentimentales, para no perder fuerza, para no aparentar debilidad luego regresan, tambien calladas, pero en nuestra mente nos dicen lo que no dijeron cuando debieron ser pronunciadas: por vanidad, ahora es tarde.
    Saludos

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