Edelweis

 

Pedro Caravaca era un maestro de escuela, humilde y ejemplo de virtuosismo en “Flores de Edelweis”, una pequeña aldea al norte de los Pirineos. El 3 de marzo de 1928, fue sacudido por el resurgir de la vida y el abatir de la muerte, pues Dolores Santiago, su amada esposa, murió en el parto de su primer hijo.

Pedro no era un hombre que se rindiera fácilmente y no permitió que la tristeza le hundiera más de lo absolutamente natural, y así, con fortaleza y habilidad, se hizo cargo desde el principio de la pequeña criatura que le había devuelto los ojazos negros que nunca más volvería a ver en la cara de su madre.

Javier era un chico adorable, dotado con una gran sensibilidad que demostró desde el principio a través de diversas manifestaciones artísticas. Pero conforme Javier iba creciendo, Pedro le notaba algunas rarezas, parecía que no oía ciertos sonidos y cuando le hablaba desde lejos el chico se quedaba indiferente. Decidió llevarlo al médico y tras sucesivos exámenes rigurosos, le diagnosticaron una pérdida de audición de más del 80%, consecuencia de las complicaciones del parto que acabaron con la vida de Dolores.

Una mañana, cuando apenas tenía seis años, la lluvia otoñal llegó inesperadamente para refrescar la tierra seca tras los duros meses de verano. Pedro se encontraba en la cocina preparando el desayuno cuando oyó gritos: “¡Huele a música, papá, huele a música! ¡Corre sal conmigo a olerla desde cerca!”. Pedro se extrañó con la forma de expresarlo pero se unió al pequeño para respirar ese aroma a tierra mojada que tantas personas adoran y que a él, especialmente tranquilizaba el espíritu. “A tu madre también le encantaba este olor, hijo. Pero Javier, ¿por qué has dicho que huele a música? La música se oye, se escucha, pero no se huele…”. Javier no contestó, se limitó a sentarse en el porche e interpretar una música sencilla pero agradable, a base de palmadas y chasquido de sus nudillos sobre la madera de la mesa.

Todos los sábados tenían por costumbre salir al campo, pues Pedro quería educar a su hijo en la contemplación y admiración de la Naturaleza. Una mañana de julio, Pedro llevó al pequeño, que ya tenía ocho años, a un lugar secreto donde sabía podrían encontrar la misteriosa flor de pétalos algodonados que daba nombre a la aldea donde vivían: “Es maravillosa papá, me encanta mirar la música”. “Javier, debes aprender a hablar bien, la música no se mira, se oye, se escucha, pero no se mira”. El chico hizo caso omiso y comenzó a danzar al ritmo de una melodía invisible que él parecía reconocer a la perfección.

Era el décimo cumpleaños de Javier y para celebrarlo, su padre había elaborado una sabrosa tarta de chocolate con corazón de crema de vainilla al caramelo. Sabía que era el dulce preferido de su hijo y lo tenía guardado a modo de sorpresa. Cuando llegó del colegio, merendaron y Javier exclamó: “¡Está delicioso papá, sabe a la mejor de las músicas posibles¡”. “¿Otra vez con esas? La música se oye, se escucha, pero no se puede saborear, Javier, por Dios!”. El chico permaneció en silencio y poco después, Pedro pudo asistir a la composición improvisada de una hermosa melodía, utilizando la batería de la cocina y ciertas piezas de la cubertería de plata.

Pero el día más especial, que Pedro recordó toda su vida  fue poco después de que Javier cumpliera la mayoría de edad. Había tenido que salir a la ciudad y por un problema con la línea de ferrocarril, regresó a casa más tarde de lo habitual. Desde lejos pareció oír un sonido que llevaba años enterrado bajo la lápida de sus recuerdos, pero cuando llegó a la puerta del hogar, se estremeció por completo. Al otro lado de la puerta sonaba una música celestial, estremecedora, llena de sensibilidad, ternura. Pedro sintió que se le desgarraban las entrañas, quiso pensar en el espíritu de Dolores, allí sentada en el piano que tanto acarició y que yacía hacía casi dos décadas bajo un manto de polvo…No tuvo fuerzas para introducir la llave en la cerradura, no quería interrumpir aquella escena, así que se quedó apoyado en los escalones de la entrada. Cuando la pieza finalizó, al fin entró y vio a Javier con el rostro transformado, nunca lo había visto tan feliz.

“Papá espero que no te moleste que haya utilizado el piano. Tengo que confesarte algo” Pasaron a sentarse en el sofá, frente a la chimenea y Javier comenzó a hablar: “Esta noche he hecho el amor por primera vez con María. Ha sido maravilloso además de mágico. Tú siempre me has dicho que la música sólo puede ser oída, escuchada, y no quería discutirte. Pero esta noche he encontrado todos los argumentos necesarios para rebatirte: esta noche, papá, yo he olido la música, la he saboreado, la he acariciado lentamente, con mis dedos, con mi alma, la he contemplado en el placer manifiesto en el rostro de María y sobre todo, por primera vez la he escuchado en los susurros cercanos a mi oído”.

Según me contó Pedro, esa noche fue la primera vez en su vida que las palabras huyeron cuando él les pidió auxilio.

“La forza dell´amore”, la melodía que Javier Calatrava improvisó en el piano aquella noche, llegó a ser una de las piezas musicales más famosas en el ámbito mundial y Javier, uno de los compositores de mayor prestigio reconocido.

En las continuas ruedas de prensa que protagonizaba y los artículos que escribía, explicaba:

“Mis críticos luchan por catalogarme como un músico de éxito y para un hombre de origen humilde como yo, el éxito es difícil de reconocer. Pero si insistís, diré que la clave de mi obra reside en mi problema de audición. Quizá a causa de esta enfermedad, aprendí a experimentar la música con los otros sentidos. Desde muy pequeño tuve discusiones con mi padre, pero, yo olía la música, la saboreaba, la veía… Y quizá por esto he sabido reflejar en mis melodías las emociones que se capturan con los cinco sentidos. Para mí la música es la más emocional de las artes, porque al ser la única invisible, como las emociones, las comprende mejor y las encauza, las materializa en lo inmaterial y nos la acerca. La música puede transportarnos a un país lejano, puede devolvernos el sabor de un beso, y puede recordarnos las lágrimas e incluso acercarnos al dolor de un bombardeo. En definitiva, la música es conductor y vehículo de los sentidos, y llega hasta los más íntimos humores del ser humano, transformándolo. La música puede curar, alejar nuestros fantasmas, embellecer…”.

Javier Calatrava murió a los ochenta y cinco años, con una pérdida total de audición, pero encima de un escenario interpretando su conocida “Forza dell´amore”. Dedicó cada uno de sus recitales a su padre, el hombre ejemplar al que le debía todo lo que era.

Cosmopolita

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3 Comentarios

  1. por Yizeh publicado el 10/05/2011  14:25 Responder

    Madre mía, me has dejado con los pelillos de punta. Una maravilla de relato, y una historia increíble. De las que hacía mucho, MUCHO, que no leía por aquí.

    Desde luego, le has dado un enfoque distinto al relato romántico que suele pasearse por aquí. Mi enhorabuena, es insuperable.

  2. por acubo publicado el 10/05/2011  14:37 Responder

    Increíble. Sin más.

  3. por Bertcarfer publicado el 10/05/2011  16:06 Responder

    ¡Graaaaciassss! ¡qué bien que os guste! me alegra un montón.
    Escribí este relato hace años pero nunca había estado segura de la opinión que causaría
    en los demás; de si había conseguido transmitir todo lo que sentía; etc. Ahora estoy
    un poquito más contenta... aunque también estaría bien recibir comentarios más
    críticos para conocer las más diversas opiniones que se generan siempre.

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