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Te pisé los talones cuando aún no conseguía distinguir ni tan siquiera  cual era el camino más cómodo y tranquilo. Hoy tampoco es que lo tenga muy claro pero he aprendido a disimular mejor. Mastiqué tu ausencia y se mezclo en mi boca con todo el polvo que había mordido en la última cucharada de vida amarga que degustaban a regañadientes casi todos mis sentidos, todos menos el sentido común. Nunca nos habíamos llevado bien y casi toda la culpa era mía. Empeñado siempre en inventar lo que ya estaba inventado hacía mucho tiempo, empeñado en escupir contra el viento y claro era como darme cabezazos contra una pared. La pared de la realidad.

Resulta que un día cambió el viento de dirección, tus ojos vacíos de mi y los míos con ganas de ti, se encontraron entre la maleza del montón de días grises que daban color a nuestras sonrisas, clandestinas ellas y deseosas de escapar del sitio a dónde nunca debieron de llegar.

Desde entonces, la electricidad del día a día nos mantiene conectados a esta aventura que llaman vida. A veces chispas, otras cortocircuitos, calambres y calentones. Pero siempre tenemos fresquitas las babas de la alegría para refrigerarnos el ánimo.

 

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