TRES ATARDECERES_capítulo primero

Capítulo primero

Era un atardecer bello el que contemplaban sus ojos. El Sol comenzaba su lenta despedida en un anuncio de su diario desaparecer en aquel mar. Había elegido con cuidado el lugar: aquella terraza tranquila de aquel bar, cerca de la orilla, casi pisando la arena. Aquel iba a ser su último atardecer, su última puesta de Sol. Después vendría su punto final. La forma en que había planeado su adiós no era importante: bastaba saber que era hombre meticuloso y había sabido cuidar los detalles. El motivo de esta decisión podía ser un cúmulo o sólo uno. Ya era hombre en esa etapa final de la más que mediana edad: a punto de cumplir los sesenta.

Me sentí describiendo mentalmente mi propia escena. Me vi como desde fuera, como desde arriba. Me observaba a mí mismo, como si yo mismo, fuera un espectador neutro de mí mismo. Jugaba con esta repetición absurda de palabras. Con este torpe juego de repeticiones sin brillo. Era una redundancia buscada: era un regodeo. No voy a decir que veía mi vida desfilar, en rápida y ordenada sucesión de vívidas escenas, ante mí, sencillamente porque no es así y no me gusta mentir, ni aunque quede bien. No, solamente están viniendo a mi memoria, en este momento que sé importante, otros dos atardeceres-curiosamente vividos en este mismo lugar-que, sin ninguna duda, han marcado de forma más que importante mi devenir, mi recorrido en esto que hemos dado en llamar vida.

Quiero, así de pronto lo siento, revivir esos dos momentos. Es una especie de recapitulación vital, a modo de confesión pagana que se me hace necesaria o imprescindible. También siento una necesidad profunda de perpetuar esta revisión y hacer que, de alguna forma, perdure más allá de mi propia existencia que he decidido hoy dé su último aliento. ¿Cómo he de hacerlo? Este recordar, rememorar, reflexionar, revivir… va a ser sólo mental. También podía olvidar o violentar mi compostura natural y hacerla en alta voz… Observo mi entorno y, aparte de mi propia presencia, constato la de cuatro camareros, repartidos entre ellos y ellas, y una pareja-muy a lo suyo-por dos o tres mesas separados de la que yo ocupo y, muy al fondo, un matrimonio que alternan sus comentarios con solícitos cuidados que dedican a sus dos pequeños. Absurda esta opción de ponerme a gritar: lo más normal que nadie preste atención, ninguno de los presentes me atienda o entienda o, incluso-en el mejor de los casos-me tilden de orate o borracho senil y, tras una observación furtiva, vuelvan a su atender mesas, a sus palabras de amor o a sus quehaceres paternodomésticos.

Soy meticuloso, ya lo he dicho, y hombre de variados e imaginativos recursos. No es fácil rendirme. Si no es de una forma, si esa parece imposible o improbable, lo será de otra. Con una seña llamo discreto a la señorita que atiende mi mesa.

Dígame Señor… ¿Qué desea?

¿Qué deseo?… ¡Ay Dios!… Desearía tanto… Esto es sólo un reflejo mental (incontenible e incontenido) que da paso a mi efectiva expresión verbal. Por favor, desearía otro gin tonic y, si fuera tan amable, papel y bolígrafo (prefiero la pluma, pero sé que es petición además de absurda y pedante, imposible de satisfacer. Prefiero no pedir imposibles).

Supongo que desea la misma ginebra Señor. Ahora le traigo papel y bolígrafo.

Sin inconvenientes previsibles, me relajo y disfruto. Vuelvo a zambullir mi mirada en este bello atardecer que se va haciendo puesta de Sol. Empiezo a adivinar los oros y lilas mezclados en ese horizonte profundo que nada más el mar nos puede brindar. Me siento feliz en esta coreografía buscada, elegida. Mi plan es sencillo: dejar, a modo de despedida, casi testamento vital, escrito en este entorno que es el deseado, para el juez de guardia o para quien corresponda, esa última reflexión, ese último revivir de aquello que, al final, a la hora de la verdad, en este último y absurdo adiós, es lo que viene a mi mente: es recuerdo primero y síntesis…

 

Últimas publicaciones de CoolVella (ver todo)

Deja un comentario

Tu dirección de email no será publicada