Los gritos del dolor

Desgarrador, agudo, pavoroso… Eran las siete de la mañana, casi todos dormían acunados por el silencio y de pronto, se oyó un grito, desgarrador, agudo, pavoroso… que me abrió de par en par las puertas al abismo.

No sabía de qué se trataba, ni siquiera desde qué lugar exacto procedía aquél terrorífico sonido, pero entró por mis oídos haciendo añicos mi parte más sensible.
¿Qué se escondería tras ese grito? Dolor desesperado ante la enfermedad, vacío tras alguna pérdida importante, frustración, desesperación, anhelos, amor no correspondido… ¡Sufrimiento en definitiva!

Pasaba ya la madrugada y volví a escuchar ese sonido. Esta vez conocía su procedencia, había sólo una pared de por medio, una pared que separaba mi llanto amargo, silencioso,  sofocado en un pañuelo, de aquel quejido inconsolable. Era un hospital desolador, viejo, pequeños insectos recorrían las paredes… La había perdido para siempre, ya nunca más vería aquel rostro blanquecino y escuálido ruborizarse al caer la tarde, o sonreír tímidamente, como ella lo hacía… Pero ¿y ese grito? ¿Qué escondería ese grito? Quise no saber más, después de todo, mi pecho apenas contenía mi dolor, ¿cómo hacerme cargo de lo ajeno?

¡Cuántos gritos de dolor pasan desapercibidos! A veces se amortiguan tras los muros, a veces rebotan en puertas, fronteras de tierra, estrechos trozos de mar o de océano. A veces nos basta con girar un poco la espalda, mirar hacia otro lado, quizá un poco de música, volumen alto y el grito se desvanece con el mismo ímpetu que se inició. A veces el lamento ni siquiera llega a oírse, bien porque quien desea expresar el sufrimiento ha aprendido a callarlo, bien porque grita sin voz.

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