Salvaje

A menudo fundamentamos nuestra vida en lo que podemos llamar mundo real.
Soy un ególatra consumado que no sabe mirar hacia el exterior si no tiene una parte de sí mirando hacia su interior.
Nací rebelde, no me afectan las normas.
Nací clasista, soy incapaz de dejar de mirar a nadie, por muy alto estamento socio-económico que posea, por encima del hombro.
Nací especial a mi manera, amanerado para muchos, maricón para los míos, diferente al resto y con esto no quiero decir raro, y gracias a esa “diferencia” he podido y sigo ayudando a mucha gente que ha sufrido y sufre el rechazo social que sufrí antes de plantarme al mundo y gritar un “Eo, aquí estoy yo, persona y no personaje, para formar parte de una sociedad absurda como la que tenemos”.
Soy un magnífico manipulador de sueños, alguien a quien le gusta entender de todo y no saber, un inconformista redomado, un socialista que sueña con tener dinero para poder mejorar la vida tanto mía como la del resto.
Soy la pieza del puzle que nunca encaja del todo en un grupo social, cambio de gente como de camisa, no me caso con ninguna creencia religiosa, me he divorciado de todo lo que llamé infancia algún día porque no quiero recordar todo aquello que me hizo sufrir en mi patética vida.
Si, dije patética vida, y los que me conocen saben por qué.
Aún no he encontrado lo que algunos llaman “filosofía de vida”, simplemente se debe a que no creo que exista la perfección plena en la vida.
Cada vez me da más igual lo que la gente opine de mí a mis espaldas, los piques tontos de la adolescencia pasaron a ser simplemente graciosos.
Tengo dieciocho años, tres abuelos, diez tíos y tías, dos padres, una melliza, un novio que me quiere, bastantes personas en las que confiar, pocos amigos de verdad y ganas de comerme el mundo.
Desde que nací nada fue fácil, nunca he tenido un camino de rosas sobre el que poder pasear, pero, mis traumas infantiles, aquellos que me recuerdan día a día que fui maltratado por esa sociedad que antes definí como absurda, me ayudan a poder superar con energía mi día a día.
Hace ya siete años que dejé de ser un buen estudiante, de esos que las madres nombran a los hijos para hacerles ver que todo es posible, y ahora no soy más que otro mediocre. Un mediocre que intenta cambiar cada uno de los problemas que acusan a la sociedad en un blog que casi nadie sigue ni lee, un mediocre que es transgresor y al que no le afecta el color del partido que gobierne para poder decir tal o cual cosa.
Hace dos años que empecé mi bachillerato de la rama científico-sanitaria, y desde entonces no he dejado de cambiar de idea en lo que a estudios se refiere. La medicina, el periodismo, la filología, el derecho, las ciencias veterinarias, la farmacia, la biología y las ciencias políticas rondan mi cabeza cada vez con más tesón. No creo que haciendo cualquiera de esas carreras me sienta a gusto conmigo mismo. Si me decido por las ciencias sanitarias, mi corazón añorará el mundo de las artes. Si decido tirar mi vida por la borda y hacer lo que realmente amo, mi vida será sumida en un futuro incierto y nebuloso del que no sé como saldré.
Aquella supuesta inteligencia que poseo y que la gente que me conoce me echa en cara cada vez que caigo, no me ayuda a la hora de poder elegir. Y si, estoy harto de que mi familia no sepa ver más allá de mis estudios, ver que tengo otra vida paralela fuera de este mundo a la que dedicaría lo que me quede de vida, a la que dedicaría cada gota de sangre que corre por mis arterias, venas y capilares por poder ser feliz con lo que yo quiera. Sé que soy inteligente, pero, lo siento, yo manejo y manipulo mi inteligencia a mi favor.
Algunas veces me arrepiento de no poder ser uno más, de querer ser “la voz cantante” en cada una de las actuaciones de mi vida,  de no tener una adolescencia tranquila y de odiar a mis padres. Pero es lo que toca.
Llamarme iluso por creer que siendo mayor de edad, pudiendo ir a la cárcel, firmar un contrato y demandar a quien me plazca por hacerme sentir mal, quiera tener una libertad socio-familiar de la que, desgraciadamente, carezco,…
Llamarme idiota, pero si ahora mismo no me tomo una caja entera de ansiolíticos es porque sé que al menos a él le haría el hombre más apenado del mundo.
Como dije antes, soy un  rebelde, aunque a mí me gusta más el término libertino, y según mi madre no tengo causa para ser así de rebelde como soy. Según mi madre no valgo para esto que yo me atrevo a llamar arte. Según mi madre si sigo así no valdré para nada en la vida.
Pero mi rebeldía, aquella que tantos dolores de cabeza le traen, se debe a que constantemente busco mi libertad y felicidad.
Nací con el arte de saber manejar cada una de las palabras para fabricar un texto bonito. Soy un bohemio, un amante de la moda, un sibarita sin igual, un maricón más, un ser deplorable para unos y encantador para otros.
Pero si algo aprendí gracias a la señorita Sor Ángela, aquella que me dio las hostias psicológicas más duras de mi vida, es que no puedo cambiar para agradar a todo el mundo, porque, al contrario que otros, yo solo tengo una cara, la que va de frente y que a todo el mundo enseño.
¿Y sabéis porqué?
Porque en esta vida, las bofetadas más grandes no se dan con la mano abierta, se dan con las palabras.
Vivimos en un mundo en el que prima el valor de la imagen, en el que la palabra ha pasado a ser una pieza de segundo plano.
Pero, sin el arte de la escritura, ni tú ni yo seríamos nada.
Y la palabra, le pese a quien le pese, posee el arte de la imaginación y de la manipulación más fuerte que se conoce.
Y con este monólogo interno, lo único que quiero que sepáis es que me da igual qué ocurra en el mundo real, porque, como todo matemático o científico que se precie sabe, como cualquier sabio creativo conoce, existe un mundo imaginario en el que poder alojarnos cuando las cosas vayan mal.

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