Río Tinto

El río Nerva nace de la misma roca dentro de un pequeño valle rodeado de arbustos callosos. Al principio es apenas una colección de charquitos sanguinolentos comunicados entre sí, pero a medida que desciende a lo largo de su curso, varios afluentes incrementan su caudal hasta alcanzar un volumen respetable. Cualquier turista que lo vea por primera vez se sorprenderá del color vino del agua, y dudará a la hora de sumergir allí los dedos. Y no es de extrañar, pues las aguas de Rio Tinto están cargadas de metales, como hierro, arsénico, manganeso y cobre, y son extremadamente ácidas. De hecho, el pH se mantiene alrededor de un valor de dos a pesar de las afluencias de aguas neutras gracias a la capacidad amortiguadora de un tampón natural: el dueto del ión férrico-ferroso.

Las aguas y el subsuelo ácidos constituyen un ecosistema cuanto menos peculiar que varios proyectos nacionales e internacionales usan como modelo de ambiente extremo en el marco de la búsqueda de vida en Marte. Aunque los visitantes no puedan saberlo, hay por la zona varios pozos de hasta seiscientos metros de profundidad y del tamaño de una cañería que fueron usados por científicos asociados con la NASA para la búsqueda de vida a elevadas profundidades. En el subsuelo es posible encontrar una banda pirítica de origen hidrotermal muy rica en metales que pueden ser usados por los microorganismos para sustentar un complejo ecosistema que podría existir también en otros planetas. De hecho, algunos científicos consideran que el agua ácida de Rio Tinto es generada precisamente por los microorganismos de las profundidades.

Los romanos, y quizás también los tartesios,  ya explotaron la minería en aquella porción de la  faja pirítica rica en oro y otros metales de menor valor.  Los primeros mineros se encontraron pronto con un problema de difícil solución, y es que el nivel freático de la región se encontraba a tan poca profundidad que las galerías más superficiales se inundaban. Este problema fue resuelto con el empleo de norias accionadas por esclavos para desalojar el agua Para cuando los posteriores dueños de los derechos mineros llegaron allí, el uso de mano de obra de esta naturaleza estaba cuanto menos desaconsejado y la explotación se volvió inviable. Así, los derechos mineros pasaron de manos de la corona española a comerciantes holandeses y después a los británicos. Desde muy temprano éstos se mostraron plenamente decididos a explotar de forma eficaz y rentable la minería en Rio Tinto.

Construyeron dos líneas de ferrocarril que unían las minas con los puertos de Huelva y Sevilla, e implementaron un novedoso sistema de explotación: la minería a cielo abierto. Este sistema consistía fundamentalmente en la apertura de grandes pozos en los cuales se extraía el mineral a base de usar explosivos y maquinaria pesada. Los avances técnicos de entonces permitían extraer grandes volúmenes de roca y bombear con cierta facilidad el agua del subsuelo hasta los ríos aledaños. Llegaron a usarse hasta doscientas locomotoras de vapor y se edificaron pueblos especialmente diseñados para albergar a la mano de obra. Los ingenieros y altos cargos de la empresa británica, Rio Tinto Company, fueron alojados en un pueblo a imagen y semejanza de las villas victorianas. En la urbanización de Bellavista no solo los alojamientos fueron construidos según los preceptos de la arquitectura británica, sino que también se edificó una capilla protestante donde los empleados de la compañía pudieran encontrar consuelo y paz. A escasos metros, un acuartelamiento de la Guardia Civil velaba por la seguridad de los empleados. No muy lejos de allí, los ingleses sembraron sin saberlo el germen del deporte rey en España, pues acondicionaron en Nerva el primer campo de fútbol de la península ibérica.

Existió durante un tiempo una vasta extensión de un mineral del que era posible extraer oro, y no en vano los ingleses lo acabaron llamando “gold sand”. El gossan, una roca rojiza que los españoles llamaban simplemente “gosan”, desapareció de Rio Tinto en poco tiempo. La minería se centró entonces en la extracción del cobre y otros muchos minerales y, para ello, se levantaron enormes complejos metalúrgicos que procesaban prácticamente in situ las rocas arrancadas de la tierra. Se construyeron grandes hornos donde se incineraban las rocas para obtener productos de más valor y cuyo transporte hasta los puertos fuese más rentable. Los residuos metalúrgicos generados se conviertieron en montañas de escoria tan grandes como los montes circundantes y que probablemente permanezcan allí hasta el final de los tiempos. Se levantaron altas chimeneas o directamente se recostaron contra los montes, para evitar que los gases de la metalurgia cargados de dióxidos de azufre y otros compuestos tóxicos envenenasen a los trabajadores. Sin embargo, provocaron lluvias ácidas que eliminaron la vegetación y  dejaron los suelos yermos.

Algunos trabajadores de Huelva se rebelaron, y algunos murieron, protestando por las malas condiciones laborales y por el mal trato que se le estaba dando a la región. Se mejoraron algunas de estas condiciones, por ejemplo se dejó de usar mano de obra infantil,  y se plantaron algunos árboles que aún hoy permanecen allí. Estos pinos, casi un siglo después, no se levantan más de un metro del suelo debido al continuo lavado ácido a que fueron sometidos los suelos en los que se encuentran. Los oligoelementos metálicos necesarios para su crecimiento, le fueron arrancados al suelo mucho tiempo atrás.

Los ingleses se fueron y el gobierno español de Franco nacionalizó la minería en Rio Tinto. La explotación duró unos cuantos años y, finalmente, cesó debido a los bajos precios del cobre en los mercados. Una empresa australiana con nombre Tartessos, pretende reanudar la explotación, con la evidente satisfacción de una población deprimida por el desempleo. Los pequeños propietarios de varios terrenos y el reparto de las minas entre varias empresas dificulta de momento la reapertura, en un momento en que los precios del cobre alcanzan valores históricos. Mientras tanto, una gigantesca balsa repleta de desechos metálicos provenientes de la minería, acumula en su seno un volumen de residuos capaz de eclipsar con creces el desastre de Aznalcollar. La empresa Tartessos, heredará junto con los derechos mineros, la responsabilidad de cualquier accidente provocado por la rotura de la balsa.

Unos y otros dejaron en Rio Tinto una huella indeleble, una enorme cicatriz que no podrá ser borrada en mucho tiempo. Enormes pozos abiertos, valles enteros desertizados y castigados por multitud de heridas, enormes construcciones derruidas con aspecto de fortalezas apócrifas. Actualmente, una locomotora diesel arrastra tres vagones por las vías de lo que fue el núcleo central de la minería en Rio Tinto. Los turistas pueden ver en un lateral el curso color tinto del río Nerva, que discurre bajo los pinos verdes en una especie de fotografía distorsionada. Los cadáveres silenciosos y oxidados de las vagonetas y locomotoras abandonadas saludan al viajero con un encogimiento de hombros, inmersas en un mar de traviesas resecas y edificios abandonados. Uno de los anteriores propietarios vendió toca la maquinaria que pudo como chatarra, pero aún quedan restos que una asociación de amigos del ferrocarril se esfuerza por conservar. En uno de los puntos más emblemáticos de la ruta del tren turístico, varias vagonetas aguardan pacientemente a la entrada de una galería, navegando en el agua tinta. Las bombas se apagaron hace tiempo y el agua oxidada del río inunda los túneles. Cuentan a la altura de la curva de la fuente, que las locomotoras subían la pendiente tan fatigadas y tan despacio, que los maquinistas podían bajarse, correr hasta una fuente, refrescarse y volver corriendo a la máquina para seguir la ruta hasta Huelva. En dirección contraria, debían accionar uno por uno los frenos de los vagones para trazar la curva sin descarrilar.

Más allá del interés científico que suscita, Rio Tinto parece condensar buena parte de la historia de Europa. Y es una dolorosa prueba del destino que le espera a una sociedad que baja la pendiente sin frenos.

Gonzalo López Sánchez

Gonzalo López Sánchez, nacido en Barcelona en 1987, aunque posteriormente reside en Madrid, Guadalajara y Málaga. Licenciado en Biología en la Universidad Autónoma de Madrid y Máster en Microbiología en la misma universidad. Aficionado a la historia, los juegos de rol y la escritura de relatos breves.

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2 Comentarios

  1. por Yizeh publicado el 03/09/2012  09:10 Responder

    Sólo por esta frase "Los cadáveres silenciosos y oxidados de las vagonetas y locomotoras abandonadas saludan al viajero con un encogimiento de hombros, inmersas en un mar de traviesas resecas y edificios abandonados." esta lectura es de diez.

    Muy, muy interesante. Y poco más puedo decir. Genial.

  2. por khajine publicado el 03/09/2012  14:54 Responder

    ¿Qué tipo de Bacteria aparece? ¿Has visitado el "Anabel's garden"? jejeje. Me ha gustado la versión histórica de lo que tantas veces "científicamente" he oído...

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