La golondrina

 

Las cinco de la tarde era la hora de la cita durante aquellas tardes perezosas e inútiles de los veranos en las barriadas de Santiago. A esa hora mágica los chiquillos tenían un compromiso ineludible con la golondrina.

El Lucho era el jefe del grupo, un cabro moreno y fuerte que aprendía las cosas de la vida en la calle y despachaba las miradas desdeñosas del establishment del barrio con un par de buenos insultos y una sonrisa burlona.

Mientras esperaban la golondrina, a los chiquillos les divertía contar el nuevo e inconsciente record que el Lucho había logrado o sea los días que cumplía vistiendo los mismos calcetines. Sus pantalones cortos dejaban ver una demoledora verdad, sus calcetines ennegrecían al mismo tiempo que sus rodillas, siempre llenas de arañazos y costras.

El Lucho era así y todos aceptaban su desaliño y tosquedad porque su atrevimiento y seguridad le había convertido en el líder espiritual de esos chiquillos que vivían en la soledad infantil de las cunetas. A esa hora, los cabros eran los dueños de la calle y el Lucho devoraba con ademanes de ritual grandes trozos de pan duro que dejaban ver unos dientes grandes y blancos que le imprimían un aire amulatado y sensual. No en vano las niñas del barrio caían torpemente confundidas entre sus pringosas manos.

El portal de la casa del Pato era el punto de reunión y mientras esperaban la fantástica aparición de la golondrina el Lucho les ofrecía demostraciones de sus destrezas gimnásticas: andaba con las manos, hacía el puente, la araña, la vuelta invertida y otras piruetas que se aprendían después de muchos moratones y rozaduras en las rodillas

Cuando la tarde empezaba a declinar, los cabros se concentraban en nuevos planes y estrategias ante la inminente llegada de la golondrina. El Lucho decidía quien montaría primero, quien montaría el último y cuando se descolgarían con la golondrina en marcha. Era una forma rudimentaria e intuitiva de administrar el vértigo y las emociones del grupo.

A veces, mientras los chiquillos discutían sobre esos planes al Pato le gustaba imaginar la postal bucólica que representaban los cabros sentados en perfecta fila en el escalón de la entrada de su vieja casa santiaguina. Los pantalones cortos descubrían sus rodillas, curtidas por el sol pegajoso de esos largos veranos de la capital y el polvo de los portales donde el mundo entero cabía en unas cuantas baldosas.

A las cinco menos cinco aumentaba la tensión y las conversaciones se sucedían de prisa. El Willy, el hermano menor del Pato, el cabro chico del grupo, se peleaba por quítamesaspajas, después regalaba insultos apocalípticos o se retiraba a llorar como un plañidero al fondo del patio de la casa. En aquel espacio de nadie donde los gatos deambulaban como experimentados intérpretes de un guión carente de tiempo y de lógica.

A las cinco menos un minuto, la tensión era máxima ante la inminente aparición de la golondrina. Llegaba el momento de ir hacia su encuentro. Cuando ella aparecía, los cabros se escondían inútilmente detrás de los ciruelos en flor, que en primavera, cuando expiraba la tarde, le imprimían un aspecto mágico a las calles del barrio.

En la Avenida Matta esquina Madrid la golondrina aparecía bella y misteriosa. Dos hermosos caballos negros trotaban al compás de sus cascabeles. Ataviados con lustrosos correajes y luminosos remaches de plata zarandeaban con solemnidad y con un aire de soberbia el monumental carro. Una golondrina misteriosa presidía el carruaje, que por momentos parecía tener vida. Cada tarde, sus pequeños ojos vivaces y los del Pato cruzaban miradas de complicidad.

Cuando el Lucho daba la orden de subir el vértigo era máximo. Arracimados debajo de la golondrina se aferraban al frío cilindro de acero. Había que demostrar habilidad para sujetar los pies y las manos en el eje trasero del carruaje. Después, sólo tenían que dejar que la imaginación y los sentidos detuvieran el tiempo mientras el traquetear del vehículo y el trote de los caballos componían un cóctel de complejas emociones.

Agarrados al eje de acero los chiquillos percibían el mundo exterior como una sucesión de imágenes rápidas que se apreciaban a través de los rayos de las ruedas. Ante sus ojos desfilaban: ancianos que parecían esperar el último vagón de la vida; perros coléricos deseosos de huir a otro destino; señoras que acababan de barrer su portal y sus miserias hacia ninguna parte; niños vestidos con pañales raídos y calzones de goma aferrados a sus mamaderas como quien se aferra a la vida, borrachos en busca de excusas para continuar bebiendo y chiquillas charlatanas que lanzaban miradas atrevidas.

Al llegar a la calle Victoria, las calles, los árboles y las casas del barrio se hacían insignificantes y perdían todo su valor, en cambio ellos percibían que la vida adquiría otra dimensión mientras la tarde se extinguía en Santiago. Por unos segundos la realidad no importaba nada, ni la llegada del Hombre a la Luna, ni la muerte del Ché, ni el enojo de sus papás si les pillaban colgados como pájaros entre las ruedas de la golondrina, ni las chicas que preferían al Lucho porque era el más choro, ni las bolitas que se escapaban de sus bolsillos buscando su libertad por el tórrido asfalto de la calle Madrid, ni el final en la tele del Fugitivo. Debajo de la golondrina existía otro mundo que cada día les sumergía en un fugaz delirio de nuevas emociones.

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