Tres son multitud

«Cientos de palabras y ninguna tiene sentido si no hablan de él»

 

Eso era lo que ella pensaba de Fernando, de Leo y de Pablo, nunca había sido de tomar decisiones que pudiesen cambiarle la vida y mucho menos si de ellas dependía el perder a alguno de los tres.

No creáis que ella es una chica despampanante de esas que giran cabezas a su paso… en absoluto, más bien es una de esas que pasa desapercibida, pero con cierto encanto y por ciertas casualidades de la vida, o destino como le gusta llamarlas a alguno, los había conocido y ahora no quería echar de su lado a ninguno. Cada uno era distinto al anterior, Fernando cantaba en la ducha, Pablo lo odiaba y Leo dependía de su estado de ánimo. Ella observaba. Lo único que tenían en común era que los tres se la follaban.

Puso el vinilo en el tocadiscos, encendió un cigarrillo y acompañada del sonido de las primeras notas musicales lo recordó.

Se encontraba en Barcelona, cierta mañana al despertarse al lado de Fernando se dio cuenta de que a quien realmente necesitaba era a Leo.  Había perdido demasiado tiempo con el guitarrista que solo se acordaba de ella cuando iba puesto hasta las cejas y necesitaba echar un polvo.  Ese día se levantó de la cama, se puso las bragas, y se dirigió al portátil para comprar el primer billete de avión hacía Roma. Acto seguido se puso la poca ropa que había llevado y se fue dando un gran portazo para que Fernando se diera cuenta de que se había ido.

Leo se encontraba en uno de esos viajes que solía hacer para olvidarse de todo lo que le rodeaba, pero sobre todo para intentar encontrar en los labios de una italiana la respuesta al por qué olvidar a la mujer que había dejado en España, la que tanto dolor le producía por momentos y sin embargo a la que tanto amaba. Por el momento la única italiana que le llamaba la atención era la entrañable anciana que regentaba la pensión en la que se hospedaba ya que le recordaba a su abuela.

Al llegar a casa Mabel le mandó una carta a Pablo explicándole todo lo sucedido los últimos meses, contándole como conoció a cada uno de los ellos, dándole las gracias por haberla querido por encima de todo, pidiéndole disculpas por romperle el corazón y deseándole lo mejor en su carrera, en ella también le explicaba las razones por las cuales se había dado cuenta de que Leo era el indicado.

Sabía que tras esa carta no tendría contacto alguno con Pablo como era lógico y que posiblemente alguna foto desde Nueva York sería dedicada a ella con un título parecido a » la puta que ame» o » retrato de la más zorra jamás encontrada» Lo entendería, siempre fue muy pasional y por ello también sabía que él entendería la decisión que había tomado al decidir dejarlo todo e irse a Roma en busca de Leo.

Al tocar tierra italiana Mabel sintió como su piel se erizaba ¿estaría haciendo lo correcto? no estaba segura de ello, en realidad no estaba segura de nada salvo de una cosa: Le amaba y si tenía que ir al otro extremo del mundo tan solo para tener frente a ella esos ojos verdes lo haría sin pensarlo dos veces.

Leo estaba desayunando cuando le sonó el móvil, no conocía el número desde el que llamaban, pero lo cogió de igual modo:

¿Diga?

– Amor, acabo de llegar a Italia, ¿y sabes una cosa? quiero pasarme el resto de mis días junto a ti si tú me lo permites, quiero morirme de celos al verte hablando con cualquier chica más guapa que yo y quiero sentir el tacto de tu piel contra la mía, si no me dejas lo entenderé, pero en ese caso, me pondré mi mejor vestido, te buscaré por toda la ciudad y cuando te encuentre te diré: «Demonios, estamos en Roma y quiero un helado en esa heladería de la via dei Serpenti. Enamorémonos, aunque lleve el primer vestido que he encontrado”

 

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