La luz

Llovía. Es lo único que puedo asegurar con certeza de esa noche.

Había bebido, y el alcohol me hacía tambalearme.

Andaba por ese jardín sin saber bien hacia donde iba, pero sin importarme lo más mínimo.

Me habían despedido, y mi mujer me había dejado. El cúmulo de los acontecimientos que ocurrían en mi vida es lo que me había lanzado de cabeza al vicio y la locura.

Las gotas se filtraban a través de los agujeros del techo de aquel viejo recinto, y se mezclaban con las lágrimas de un pobre viejo que no tenía ya nada que perder.

La salida del recinto, y un camino de arena, mientras seguía andando de un lado al otro de la cabeza, tratando de ir hacia adelante.

La luz de la Luna se convirtió en mi único acompañante, una Luna llena, de esas cubiertas de malos presagios.

La cara amorfa del astro me miraba con malicia, como recreándose con mis problemas y absorbiendo lo poco humano que quedaba de mí.

Seguí andando por ese camino que se encontraba entre los trigales que rodeaban mi pueblo.

Miré al cielo, algo había llamado mi atención.

Pero lo único que vi fue una nube que tapaba la Luna, mientras lo que me rodeaba quedaba aún más en la oscuridad.

Volví a poner la mirada en la calzada y comencé a caminar y entonces ocurrió.

Una luz cegadora me dejó pasmado y tropecé cuando daba un par de pasos hacia atrás.

Mi primera reacción fue pensar que se trataba de un atracador, así que me llevé las manos a la cabeza y encongí las piernas, preparado para el golpe… Que no llegó.

Alcé los ojos y vi esa luz fija que parecía observarme, que no se movía ni parpadeaba.

Me levanté y me quedé un par de minutos pasmado, calado hasta los huesos, sin poder quitar la mirada de ese foco que parecía invitarme a acercarme.

Finalmente accedí, y mis piernas me llevaron a un par de metros de él.

Lo siguiente que recuerdo es despertarme en ese mismo camino, a la mañana siguiente, seco, pero con la misma ropa.

Un Sol radiante me iluminaba.

Sin saber por qué, eché a correr por la arena de ese lugar, que por algún motivo, parecía extraño a mis ojos.

Cuando llegué a mi casa, no pude dar crédito. No estaba. En su lugar un armatoste se erguía ante mí, macizo y amenazador.

Un chaval de extrañas vestiduras salió por una puerta y no pude más que mirarle, sin saber si me había vuelto loco.

Él también fijó su mirada en mí y se acercó.

– ¿Tiene algún problema, señor?

– No… Sí… No lo sé. Mi casa… Estaba aquí ayer mismo… No sé que…

– ¿Qué calle busca?

– Yo… No sé. Soy el ayudante… Bueno, el antiguo ayudante del herrero y…

La mirada del joven se tornó irónica y pareció sonreír.

– ¿Ha estado usted bebiendo, acaso?

No pude más que mirar hacia el suelo y callar.

– ¿Por qué no se acerca al pueblo a preguntar, a ver si alguien le puede ayudar? Aquí hay poco más que estos pisos. Es todo el camino recto en esa dirección.

Le miré en silencio y temeroso y asentí.

Di la vuelta y comencé una rápida marcha hacia la villa. Tenía que encontrarla para que me ayudase, eso era todo.

Cuando me acerqué lo suficiente, no pude más que abrir la boca y lanzar una excamación.

Ése no era mi pueblo. No sabía que era eso.

Un montón de edificios enormes se cernían ante él. Gigantescos, como hechos por titanes.

Iba andando por el camino cuando un monstruo metálico se lanzó sobre él.

Un brazo le agarró y le salvó la vida por escasos milímetros.

– ¿Pero qué hace, joder? ¿Quiere que le maten o qué?

La mujer que era su salvadora se alejó mientras gritaba.

– ¡Putos borrachos! ¡Vagos de mierda, todo el día bebiendo hasta que alguien los atropella y carga con la culpa!

Un escaparate lleno de pantallas con personas encerradas en su interior. Música diabólica que parecía provenir de ninguna parte.

El día del juicio final. Iba a ser juzgado.

Un niño pasó y se rió de mí abiertamente.

– ¡Cámbiese abuelo! ¡Que el siglo xv dejó de estar de moda hace tiempo!

¿Siglo XV? ¿Cómo?

– Perdona, joven, ¿en qué año estamos?

Una carcajada por respuesta.

Al ver la cara de seriedad que debía de tener, el niño me miró con otra cara.

– 29 de noviembre de 2012.

El señor se quedó mirándole, sin poder dar crédito.

Si no se equivocaba, el día anterior era 5 de febrero del 1231. No podía ser.

Trató de explicarse, trató de hacerlo con empeño. Pero lo único que consiguió es que unos tipos le agarrasen, y tras pasearlo por un montón de lugares, le acabaron encerrando en una casa en el que le tenían todo el día atiborrado a unas cápsulas de colores.

Nada tenía sentido, pero dejó de tenerlo cuando la perdió a ella.

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