La isla

María.

Los islotes retrocedían por la borda como antiguas naves encalladas. Sumidas en una pizarra gris donde el mar y el cielo se fundían en un frío abrazo que podía ser fatal para los timoneles que no acostumbrasen a navegar por aquellas aguas escocesas. La barcaza atracó en el muelle destartalado y me dejó en la isla que había cambiado mi vida para siempre.

Para siempre.

Algunas cosas te marcan para siempre y solo te resta aceptarlo y seguir viviendo.

Mi isla.

Quién sabe qué habría ocurrido si el motor se hubiera parado diez minutos después. Si hubiera repostado veinte galones más de combustible. Si el paracaídas no se hubiera abierto. Si en vez de náufrago hubiese sido solo un nombre en una lista, una carta y una bandera doblada. Un piloto más muerto en aquella guerra.

Me apeé de la barcaza con una linterna en la mano y una mochila de cuero a la espalda. Me despedí de McCormack y comencé el camino de ascenso, después de echar un último vistazo al barco que se alejaba. Su casco azul y rojo por el óxido era la única nota de color en la oscura línea de costa, sumergida en la neblina gris.

En penumbra.

La isla se alzaba ante mí con su ya familiar frialdad. Daba la sensación de que hubiese existido antes incluso de que el hombre balbuceara por primera vez y, consciente de ello, apartase la vista de mis insignificantes pasos. Subí la escalera de troncos que avanzaba tortuosamente por la ladera occidental. El viento sacudía mi abrigo y me abofeteaba la cara, pero los altos cardos parecían danzar con alegría macabra. Seguramente nadie había pisado aquel camino desde mi última visita el año anterior.

Volvía a subir la senda olvidada.

Llegué al antiguo faro. El viento aullaba entre los cristales rotos de las ventanas y ascendía por la escalera de caracol, hasta perderse en la penumbra de la luz muda para siempre. Apagué la linterna y me quedé solo entre en las frías sombras. Comí un poco de tocino con pan y media bota de vino antes de seguir. No tardé mucho, pues la luz del día dura poco y las nubes son caprichosas en las Hébridas y si no quería perderme en la noche o caer dentro de alguna de las cavernas no tenía tiempo que perder.

Llegaba la noche.

El viento traía cristales de hielo así que apreté el paso y al cabo de un rato me descubrí corriendo por la empinada escalera. Sudaba y el aire frío se colaba hasta el interior de mis pulmones.

Llegaba el frío.

Llegué pronto a la casa de los Connely. Encajada en lo alto de una ladera, parecía otear el horizonte y los pastos que otrora alimentaban los rebaños de ovejas. Vigilante y silenciosa, desde la distancia todo estaba igual que siempre, pero a medida que mis pasos me acercaban hasta allá, el tiempo me sonreía con ironía y me mostraba las puertas vencidas, las paredes grises recubiertas de líquenes, las ventanas tuertas. Traspasé el umbral pisando cristales rotos y un cuervo salió de un resquicio del techo antes de perderse en la lejanía, graznando y protestando por mi interrupción.

Ahora solo un cuervo negro vivía en la casa de los Connely.

La capa de polvo sobre los estantes parecía un milímetro mayor, el musgo que crecía en la tapicería un poco más verde, los muebles un poco más combados y descoloridos. Me senté junto a la chimenea del salón ante la silenciosa mirada del carillón y saqué el mechero. Cogí la leña apilada el año anterior y usé una piña para empezar el fuego. Al cabo de un rato crepitaba furiosamente y la casa entera crujía por el calor que brotaba de nuevo de sus entrañas.

Fuego en las entrañas.

Me quité las botas y los calcetines y me calenté los pies. Sequé mi ropa y acerqué mis manos al fuego hasta que se pusieron rojas. Recorrí todas las habitaciones salvo una. El suelo crujía y la voz del viento furioso por entrar en aquel refugio de calor me amenazaba a través de los resquicios de la casa. No sé cuánto tiempo estuve frente a tu puerta María, pero cuando bajé el fuego ya se había consumido.

Pero ya se había consumido.

Saqué la botella y rocié el líquido por los muebles. Apilé más leña y la empapé, acerqué el mechero y salí. Primero un humo gris y difuso que se esfumaba con el viento. Después, volutas espesas y negras que se levantaban como columnas vivas. La casa entera brillando como una antorcha en mis pupilas.

Todos esos fantasmas borrados.

El viento arrastraba unas gotas frías que ensortijaban mis mechones blancos sobre la frente cuando caminé de nuevo hacia ti. En realidad, mis pasos siempre me habían llevado a ti. El humo negro seguía alzándose hacia el cielo a mi espalda y la casa crujía entre las llamas.

El humo parecía gritar.

Tu cruz había caído de medio lado y la madera estaba tan resquebrajada y grisácea como la última vez. Parecía mirar hacia la base del acantilado donde te gustaba sentarte con las piernas colgando. Donde acostumbrabas a volar sobre las olas y donde contábamos el tiempo que pasaba entre los relámpagos que veíamos y los truenos que escuchábamos.

Una gaviota gris se posó en la madera. Me miró con curiosidad y se perdió por las nubes asustada cuando yo me acerqué hasta ella.

Te fuiste volando, pero me senté y pude notarte a mi lado.

Gonzalo López Sánchez

Gonzalo López Sánchez, nacido en Barcelona en 1987, aunque posteriormente reside en Madrid, Guadalajara y Málaga. Licenciado en Biología en la Universidad Autónoma de Madrid y Máster en Microbiología en la misma universidad. Aficionado a la historia, los juegos de rol y la escritura de relatos breves.

Últimas publicaciones de Gonzalo López Sánchez (ver todo)

Deja un comentario

Tu dirección de email no será publicada