Periplo

El desierto. Yo. El desierto y yo. Estoy desnudo. Desnudo sobre la inmensidad manida y gastada. Mi mente divaga, mis ojos caen y miran la superficie, reflectando el Sol castigador, impasible ante mi desesperación.

Gotas de sudor caen por mi rostro, casi a chorros. Toda mi cara está mojada de esta ardiente agua. Mis mejillas, mi barbilla, mi cuello también. Mis brazos, mis piernas, mi espalda y mi pecho, todo está empapado. Todas mis extremidades se rozan unas contra las otras, contra mi cuerpo.

El desierto tiene algunas irregularidades. No es un desierto usual, de película o de guía de viajes. Es bastante llano, y el suelo, carente de arena, tiene sin embargo unas ligeras vellosidades, algo espaciadas entre sí, que se mueven y agitan con el viento ardiente. El suelo, como digo, es plano y terso, pero no del todo rígido. Es de un intenso color, parecido a la miel, y las vellosidades son claras, rubias, pequeñas, cortas.

Sigo caminando, dejando huellas húmedas con mis pies descalzos. Cuanto más camino, más extasiado me siento. Llega un momento en que no puedo más y caigo de rodillas al suelo, apoyando mis manos contra él. Está ardiendo y se aplasta un poco bajo mi peso. Poco a poco, mis fuerzas me terminan derribando. Planto mi cara y percibo un suave olor afrutado, con trazos de canela. Es el olor del suelo. Del suelo color miel con pequeñas vellosidades rubias. Huele bien. Huele… dulce.

No puedo soportar más el contacto de mi piel contra el suelo y me levanto, como puedo, lentamente. Miro, arrodillado aún, hacia delante. Coloco mi mano sobre mis ojos. Creo ver espejismos. Quizá mi mente haya colapsado por el calor. ¿Estoy sucumbiendo al desierto? ¿Por eso notaba ese olor? Ante mí, a mucha distancia aún, hay algo. Algo indefinido. Algo borroso. Una mancha oscura que contrasta con el paisaje dorado y meloso. ¿Será una vía de escape? ¿Un oasis?

Camino, casi sin consciencia. Camino. Pongo un pie delante del otro, arrastrándolos, deslizándolos, dejando un reguero brillante.

La figura empieza a ser más identificable. Ya estoy muy cerca. Son las mismas vellosidades, pero más oscuras y juntas. Son largas, más altas que yo. El viento aquí es más ligero, pero cuando sopla los pelos gigantes chocan unos contra los otros, produciendo un ruido, un ris-ris, que de alguna forma me agrada. Me alivia. Me invita a adentrarme en este bosque velludo.

Antes de hacerlo vuelvo a acercar mi cabeza al suelo. Aquí el olor es más intenso, más dulce, más a canela. Me levanto y avanzo. Mis brazos se enredan entre los pelos oscuros. Me rozan casi todo el cuerpo. Limpian mi sudor. Estoy totalmente rodeado y apenas puedo ver el Sol.

Sigo caminando hasta que caigo sin poder evitarlo. El suelo de donde salen estas vellosidades ha formado una curva hacia abajo, donde mis pies han pisado en falso. Agarrándome como puedo a los pelos, resbalándome las manos, logro frenar el impacto. Estoy fuera de ese bosque. No sé muy bien dónde. Ya no hay viento. El Sol castiga menos. Parece que va a atardecer.

Miro a mi alrededor. Frente a mí hay algo que me inquieta. Una pared, por la que creo he caído, repleta de los pelos oscuros. Éstos parecen enredarse más entre sí en una determinada zona. Forman una especie de línea vertical. Dicha línea me llama poderosamente la atención. Me acerco a ella y agarro un par de esos pelos. Se desenredan fácilmente, lo que me sorprende. De hecho, todos los pelos de su alrededor empiezan a desenredarse solos, separándose y dejándome ver la línea vertical. Como si me invitaran a ello.

La línea.

Es fascinante. Parece ir abriéndose lentamente, por momentos. Suena un gorgoteo que da paso a un líquido espeso que cae despacio, pero imparable, hasta llegar a mis pies. Está mucho más caliente que yo. No es nada comparable a mi sudor. Es viscoso y ya me llega casi por las rodillas. Me dificulta moverme, pero, lleno de curiosidad, alargo un brazo y mancho mi mano. El tacto es… indescriptible. Miro de nuevo adelante. La apertura deja ver unas paredes lisas, irregulares, rosadas, lubricadas por este líquido viscoso, con un brillo tenue.

Con dificultad, intento avanzar. Quiero adentrarme en estas puertas que se me abren. Noto el olor, que va mucho más allá de la canela. Es muy fuerte, me llega hasta el fondo de la nariz, me embriaga. Me llama. Casi lo puedo saborear, lo que hace que mi boca salive mucho. Las paredes rosadas siguen separándose. Me apoyo en una de ellas y se mueve en un espasmo, como estremecida. Ya están abiertas totalmente, dejando ver una hendidura, no demasiado ancha, igual de rosada.

No puedo ver qué hay más allá. No sé si es una salida. No puedo pensar con claridad. Mis sentidos están a la vez embriagados y embotados. Sólo sé que tengo que entrar. Tengo que atravesar esa hendidura. Necesito hacerlo. Parece palpitar. Parece llamarme. Parece pedirme que entre.

Y yo… entro.

Afal Seguy. Abril de 2013

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Afal Seguy

Poeta, principalmente. A veces escribo relatos. Nacido en Burdeos hace muchos o pocos años. Vivo en Madrid. Escribo para vivir.

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1 Comentario

  1. por Yizeh publicado el 22/07/2013  22:51 Responder

    Los viajes... son inescrutables.

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