Raúl

Raúl me folla. Con fuerza. Es varonil, fuerte, recio. Me folla. Y me folla duro.

Ayer me folló. Y el día anterior también. Muchas más veces antes.

Digo que me folla porque es dominante. Mucho. Suele ponerse encima de mí, casi me inmoviliza, y me penetra sin dejarme apenas reaccionar. Me encanta Raúl. Me encanta su forma de follar.

Pero ayer…

Él, sobre mí, su respiración agitada, su aliento en mi cara, con notas de tabaco y alcohol. Frutos secos también, quizás; era intenso. Sudaba, como siempre. A veces me besaba, con fuerza, enrojeciéndome e irritándome los labios y la piel de alrededor con su barba de dos días, negra y cerrada. Su gran cuerpo me aplastaba, haciéndome difícil jadear, y los pechos caían obligados hacia los lados, mientras que los pezones se enredaban con los largos pelos de su pecho con cada vaivén.

Su pubis golpeaba mi pubis con cada embestida. A veces pienso en cómo es posible que no me haya roto la cadera. Aunque, a decir verdad, siempre acabo estas sesiones muy dolorida, pero no menos complacida. Porque me encanta. Me siento usada, manida, gastada…, saciada. Cuando noto su penetración salvaje en mi interior… simplemente me dejo llevar, como quien se mete en un avión sabiendo que es el piloto quien lo hará despegar y aterrizar, sin preocupaciones.

Pero ayer…

Un atisbo de moco empezó a asomarle por el agujero derecho de la nariz. Al principio era sólo un pequeño brillo, pero aún así me desconcertó. Era absurdo, pensé, sólo es líquido. Es natural. Además, qué más da, estoy empapada de sudor. Sólo líquido. Un líquido espeso. No del todo incoloro, no del todo transparente. Cada vez más grande.

Intenté girar la cabeza, cerrar los ojos y concentrarme en la tremenda follada que me estaba pegando Raúl, pero éste me agarró de la cara, aplastando sus dedos gruesos contra mis mejillas, y me obligó a seguir mirándole, con toda su furia animal. El moco seguía en el agujero derecho de su nariz, pero cada vez era más grande. Empezaba a bajarle por el labio superior. ¿Cómo podía no darse cuenta? Iba dejando una estelilla en su recorrido accidentado por entre los pelos del bigote.

La mirada furiosa de Raúl estaba clavada en mí. No creo que notara mi inesperada frigidez, aunque intentaba disimularla no desatendiendo el ritmo de mi respiración. Era casi imposible. Ese moco resbaladizo parecía una flecha luminosa y gigante señalando un bar de carretera. Campaba a sus anchas por el bigote de Raúl como una burla hacia mí y hacia el erotismo universal. Casi me vino una náusea cuando se acercó para besarme. ¡Dios! Noté su barba raspándome, y apenas pude abrir la boca para recibir su lengua. No pareció importarle. Raúl era un animal. Puro instinto, cero reacción.

Creo que un poco de su moco se quedó en mi cara. Entre tanta humedad y sudor no podía decir en qué zona en concreto. ¿En el lado derecho? ¿En el izquierdo? Intenté no pensar en ello. Raúl seguía resoplando sobre mí. Yo esperaba que le faltara poco para llegar al orgasmo y que acabara esto ya.

Intenté fijarme en sus ojos, en sus cejas, en cualquier otro punto por encima de su nariz, pero era inevitable. Mi mirada volvía a clavarse en su bigote, donde el moco, esparcido tras el beso, había sido reforzado con más sustancia saliente de su orificio nasal. Era lo suficientemente grande como para escapar por el lado derecho de su boca, rodear los labios y bajar por la barbilla. Parecía tener vida propia. Lo miraba con asco y notaba cómo la náusea volvía a subirme por el estómago.

Raúl seguía mirándome, ajeno a todo. ¡Por qué no te das cuenta, maldito cabrón! ¡O córrete ya, joder!

Ni siquiera podía moverme con ese mostrenco aprisionándome. La escapada había pasado por mi mente, pero era imposible. El moco ya penduleaba de la punta de su barbilla, cada vez más largo, acabando en una bola danzarina y amenazante.

Los jadeos de Raúl empezaron a hacerse más intensos. Por fin. Por fin llegaba. También se incrementó la fuerza de sus acometidas, destrozándome casi de forma literal mi ya dolorida vagina. Me pareció increíble cómo la ausencia total de placer dejaba lugar sólo al daño de su brutalidad. En un último asalto, Raúl se corrió, y el oscilante y enorme moco cayó sobre mi cara. Puedo decir sin exagerar que noté con mucha más fuerza su impacto que la eyaculación de Raúl. Oí su splash contra mi frente, la que cubrió casi por completo. Estaba frío.

—¡Joder!

—Ha estado bien, ¿verdad, guapa? —dijo el idiota levantándose. Cogió de la mesilla un cigarrillo y el mechero.

—¡Fuera de aquí!

—¿Qué?

Me llevé la mano a la frente y me restregué como pude mientras con la otra agarraba las sábanas para taparme.

—¡Que te vayas, joder!

Afal Seguy. Abril de 2013

Fuente de la imagen

Afal Seguy

Poeta, principalmente. A veces escribo relatos. Nacido en Burdeos hace muchos o pocos años. Vivo en Madrid. Escribo para vivir.

Últimas publicaciones de Afal Seguy (ver todo)

1 Comentario

  1. por Yizeh publicado el 22/07/2013  22:48 Responder

    Pues... Raúl desde luego es vigoroso xD

Deja un comentario

Tu dirección de email no será publicada