El Coleccionista

Esperó a que ella se fuera para poder desayunar. Eran ya las diez de la mañana y el cuerpo nuevamente exige ser satisfecho. Esos últimos minutos en la cama, dándole la espalda, se hicieron eternos. Su estómago ya empezaba a sonar, hasta que finalmente sintió que ella se levantaba y empezaba a arreglarse. Él, como de costumbre, se hizo el dormido durante todo ese tiempo para no tener que cruzar palabra. Realmente no había nada de qué hablar. Cuando calculó que ya ella estaba lista, se dio la vuelta y como si acabara de despertar lanzó un largo y perezoso bostezo.

Ya te vas? – le preguntó

Sí, me gustaría quedarme más tiempo pero hace una hora debí haber llegado al almacén- respondió ella.

Oh, cierto! Hoy también trabajas – le dijo con voz adormilada. Bueno, entonces que ojalá llegues rápido.

Chao, te llamo esta semana.

Ok, cuídate.

Con el golpe de la puerta al cerrarse se levantó de la cama y con pasos rápidos llegó a la cocina. Abrió el refrigerador y sacó lo primero que vio. En menos de un minuto ya había algo similar a un sanduche. Lo acompañó con agua, con mucha agua. Ojeó las  revistas de la mesa sobre la cual comía en la cocina y al terminar el último bocado sirvió otro vaso de agua y volvió a su habitación.

Se detuvo antes de entrar y mientras terminaba a sorbos lentos de saciar su sed, observó su cama destendida, las sábanas pálidas sobre las cuales un débil rayo de luz se filtraba por un pequeño espacio no cubierto por la oscura cortina. Recorrió con su mirada todo el cuarto, la mesa de noche adornada por tres latas de cerveza, ropa por el suelo, el armario con las puertas abiertas, un zapato al lado de la cama y un olor a encierro.

Era el mismo paisaje de cada sábado, o de cada domingo,… o de cualquier otro día. Nada distinto a lo usual. Sin embargo, entre las sábanas de pronto vio algo. Se acercó a pasos largos pero pausados. Tomó entre sus manos un pañuelo de seda azul. Ella  lo había olvidado al salir. Lo observó por siete segundos. No pasó nada por su cabeza en ese momento. Abrió el cajón de la mesa de noche y lo guardó sin darle mayor importancia a su hallazgo.

Nuevamente fin de semana, noche de luces, música alta, cigarrillos y besos de licor. De nuevo en la mañana, esperando con ansias la partida de su conquista de la noche anterior. Como de costumbre, ya no había sueño, sólo hambre y ganas arrancar el día. No era éste el afán de una tarea importante por hacer o de varias actividades programadas. Simplemente, en esos momentos de lánguida compañía en la cama, se sentía como en una sala de espera.  En su habitación el tiempo no transcurría, los segundos quedaban atrapados en un baúl.

El estar obligado a responder a cualquier pregunta matutina, a sostener una conversación, por pequeña que fuera, eran compromisos que no quería asumir. Requería que ellas se fueran para ser de nuevo dueño de su tiempo.

La mujer se levantó de la cama, agarró con una mano su ropa, sus cosas y se fue directamente para el baño. Permaneció en él varios minutos. Tantos que mientras él la esperaba salir, comenzó a adormilarse nuevamente. Por fin, varios minutos después, se abrió la puerta del baño y ya estaba totalmente vestida y arreglada.

Hola! -le dijo ella efusivamente –  no recordaba que hoy tengo un almuerzo familiar.

Oh, cierto! Algo mencionaste anoche. Bueno, entonces que ojalá llegues rápido.

La acompañó hasta la puerta. Esperó a que ella decidiera el protocolo de despedida y agradeció que se hubiese resuelto con un beso de mejilla.

Cerró la puerta y directo a la cocina. Un desayuno voraz. El tiempo empezaba a correr de nuevo.

Llegó el medio día, hora del baño. Tomó una larga ducha y al salir vio algo arrojado en el suelo, bajo el lavamanos. Esta vez fue un delgado cinturón de cuero negro. Lo recogió, lo estiró frente a sí con sus dos manos y lo observó de extremo a extremo con detenimiento. Sólo así era posible fijarse en él con atención, cuando no estaba desvanecido alrededor de unas caderas, opacado entre el remolino sensual.

Se dirigió a la mesa de noche, abrió el cajón y lo puso junto a su adquisición anterior. Al poner una junto a la otra, una ligera sonrisa se esbozó en su cara. Cierta satisfacción recorrió su cuerpo.

Otra noche cualquiera, agarró sin que ella lo notara una de las medias veladas y la arrojó con eficacia  al fondo del armario, que estaba con la puerta abierta. Al día siguiente en la mañana, mientras ella buscaba bajo la cama, él, acostado con ambas manos entrelazadas bajo su cabeza, pensaba únicamente en su traslúcida nueva adquisición, y en el ensueño, se limitaba a perseguir con la mirada a su antigua dueña en su ciertamente infructuosa tarea.

Finalmente, ésta se resignó en su búsqueda y optó por irse. Al salir le dijo medio en broma, ”te dejo una media velada… espero te sirva más que a mí”. No se equivocaba. El poseer un nuevo objeto para su colección le generaba un inmenso regocijo.

Eran ellos la conmemoración de cada uno de sus encuentros, la evocación pura del deseo navegante. Cada objeto representaba esa orilla que con el tiempo la marea saturante borra dejando a su paso un inmenso mar con infinidad de puertos y horizontes por recorrer, movido por caprichosas olas. Cuero, seda, terciopelo, eran una fiel exposición del diverso y voluptuoso mundo a su alrededor al que nunca podría renunciar. Cada pieza añadida a su colección era la forma de no zozobrar a la deriva del hastío.

El siguiente viernes en la tarde, mientras leía un periódico en el bus de regreso a casa, los últimos rayos de sol golpeaban descaradamente la sien de todos los pasajeros. El vehículo atravesó una larga calle cubierta por altos árboles que al pasar bajo ellos proyectaban la sombra de sus ramas. Sobre las hojas del periódico ante sus ojos se sucedió una dilatada ráfaga de relámpagos de luz de atardecer. En ese momento levantó la mirada suavemente y notó que en realidad no había estado leyendo nada, sólo había estado pensando todo ese tiempo en el artículo que esa noche entraría a formar parte de su colección. Cada pieza era única. Cada mujer tenía siempre algo nuevo para ofrecer.

Sonó el teléfono, el sábado casi al anochecer. Era un ruido extraño en su casa. No acostumbraba a dar su número telefónico a nadie, pero en estos días el privilegio de la privacidad es difícil de garantizar por uno mismo.

Hola, cómo vas?- preguntó una voz femenina al otro del teléfono.

Bien… y tú? Respondió con un poco de sorpresa.

Tardó un instante en reconocer la voz y cuando lo hizo tuvo temor de que ella lo estuviera llamando para repetir la noche anterior o prolongarla de alguna manera.

Bien, gracias-contestó ella. Te quería preguntar si dejé ayer mi abrigo en tu casa.

No, no he visto nada. Me pareció que al salir del bar no llevabas ningún abrigo.

Ahhhh… bueno –contestó ella desconcertadamente-  finalmente esos cocteles no estaban tan inofensivos como pensaba.

Sí, eso parece. Si lo encuentro te aviso.

Pocos meses después, en su inventario tenía abrigos, brazos, piernas, torsos, y unas cuantas cabezas, entre otros ejemplares de colección.

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