Teñido de rojo.

Sólo cuando la bruma, que el amanecer iba castigando con látigos dorados, cedió el paso a un pálido cielo gris y las hojas de los árboles se quedaron calladas, el hombre recordó el alerta de fuertes tormentas. De pronto, una ráfaga furtiva le quitó de entre sus manos uno de los formularios que luego de contorsionar con el viento acabó posándose entre el cordón y la nada, tambaleándose lento, retando a su escaso peso, a punto de caer en la franja de agua gris.

Tardó en reaccionar. Acostumbrado a completar su sueño en el fastidioso autobús, corrió atontado a recuperar su trabajo antes de que fuera inevitable. Ahora el viento se repetía a ritmo acelerado. Las nubes se desplazaban con tal violencia que daban la sensación de que la tierra giraba más velozmente. Y el hombre, con más fuerza aún, sujetó el manojo de páginas impresas que llevaba en su pecho. Ese pecho destrozado por el paso de los años. Esos años desgraciados teñidos de rojo.

Cuando presionó el botón verde, volvieron aquellas imágenes de él todavía niño. La máquina chilló con un ruido de engranajes desprendiéndose del óxido para intentar girar. Le recordaba a las máquinas que inundaban las historias de su padre. Máquinas inmensas, más inteligentes que el hombre, y otras tan pequeñas que se incrustaban en la carne. Además de su tamaño, aquellas máquinas formaban una gran red, y así cada hombre que estuviera conectado conseguía un poder enorme. Ese poder era tan grande que dejó de existir y las pocas máquinas que quedaban fueron confiscadas.

Sacó el boleto de la máquina e intentó olvidarse. Siempre sonreía al recordar aquellas historias fantásticas. Ahora todo era bien diferente. Hasta el amor de una mujer estaba atado a formularios interminables que no ofrecían ninguna certeza, apenas una lejana esperanza. Todo era control y rutina, y escaparse de ese ciclo significaba acabar en una situación peor.

Ya había pasado más tiempo del habitual y el autobús no mostraba señales de estar llegando, cuando una nueva ráfaga tomó al hombre desprevenido y le arrancó no una, sino tres páginas de sus torpes manos. Dos consiguió rescatar. La tercera terminó cubriendo la cara de una mujer que esperaba, igual que él, la llegada del colectivo. Súbitamente el viento cesó y la página comenzó a caer. El hombre con un rápido movimiento recuperó la página y retrocedió de un salto. Delante de él, descubrió el delicado rostro de la mujer que miraba divertida. Supuso que tendría su edad, cincuenta y largos. El pelo lacio oscuro descubría sus orejas desiguales. La nariz, un poco retorcida hacia la izquierda, revelaba un pequeño lunar castaño que dormía sobre su boca saturada de labial. Sus dedos largos terminaban en uñas graciosamente esculpidas con estrellas. Calculó que así desafiaba sus años, intentando cubrir la soledad que compartía con él, con esmalte y rouge.

Un fuerte temblor sacudió su hombría. Intentó controlarla pero fue inútil. Sólo cuando el autobús llegó, logró tranquilizarse. Nunca alcanzó siquiera a disculparse. Era la primera vez que la veía y quizás la última, pero sabía que las cámaras estaban observándolos. La mujer subió y se sentó en el primer asiento libre pegado a la ventana. Con una mirada triste fue alejándose mientras del cielo comenzaban a caer las primeras gotas. Enseguida llegó el autobús del hombre, que ahora había dejado de tener importancia.

En la eterna pradera los pastos permanecían curvados bajo las influencias del viento. A lo lejos, desde el horizonte, subía una delgada línea negra, desdibujada. A medida que el polvo golpeaba su cara con más fuerza, la línea se volvía páginas. Y las páginas, con agresivos giros, empezaron a formar un cono, destrozándose unas con otras, eliminando así todo el trabajo. Y en el centro silencioso, muy en lo alto, casi a contraluz, se suspendía inmóvil el contorno de la mujer que lentamente se iba desvaneciendo atravesada por miles de páginas.

Se despertó una parada después. Retomó a pie las cinco cuadras hasta el viejo edificio estatal, mientras se empapaba con la llovizna. Ni el viento, ni la lluvia lograron acabar con las páginas de aquellos formularios que con la paciencia del fastidio, el hombre fue alisando desde la enorme sala del piso veintidós. A través de la ventana, lentamente, el sol comenzó a inundar la habitación, y de a poco, fue quemando el recuerdo reciente que estuvo a punto de quebrantar su controlada rutina. Ahora volvía a ser el mismo de antes y las cámaras eran parte de su vida. Hasta que llegó a la última página, con sus bordes todavía arrugados, y en el corazón de la hoja descubrió un beso húmedo teñido de rojo.

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1 Comentario

  1. por Luis Miguel Rubio Domingo publicado el 21/12/2013  10:21 Responder

    Buen relato, me tuvo intrigado hasta el final. Un saludo cordial

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