Han quedado.

Un mensaje. Es un WhatsApp:

– «Adiós.» -Es de Zoe.
-«NOOOOO!» -Es lo único que él puede contestar, casi sin tiempo para hacerlo en mayúscula. Se le traban los dedos y las lagrimas no le dejan ver.

15 minutos y 27 mensajes más tarde han quedado. Él ha cogido su estuche y ha rebuscado en él un sacapuntas, y unas tijeras en su habitación. Aunque le tiemblan las manos desenrosca el tornillo del sacapuntas con ayuda de las tijeras y libera la cuchilla, y ahora que lo piensa… ¡Qué gilipollez! Suicidarse con un sacapuntas, no podrá más que desahogarse en su brazo… y allí va. Se esconde en el cuarto de baño para que no le encuentre el resto de su casa vacía y frente al espejo, siempre frente al espejo, surca una suave y firme linea sobre su brazo desde el punto en el que le empieza ha doler su existencia hasta el punto en el que el dolor físico ahoga a su primer gran dolor. ¿Qué por qué? Bueno… hay que disfrutar de la vida ¿Verdad?

Abotargado por un dolor que ya ni siente volverá ha esconder la cuchilla y nunca más la usará. No si su contacto «Zoe» nunca vuelve ha estar «escribiendo». Así que la esconde donde no pueda cogerla, un lugar que le recuerde que cortarse duele, eso es lo que ha prometido, y se la incrusta en uno de sus cortes aún sangrante. Cuando la encuentren dará igual. Va hacia el balcón, allí revienta el móvil con la foto de perfil de Zoe en la pantalla contra el suelo y esa visión le reconforta. Sonríe. Entonces se sienta en la barandilla, deja las piernas colgando, y se abalanza. Han quedado.

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