Se regalan libros

Mientras paseaba por aquel nuevo lugar encontré una librería pequeña. Entré sin dudarlo, cuando de pronto una voz interrumpió mis pensamientos.

Toma este libro; los libros que se ofrecen así hay que aceptarlos sin chistar. Buscan un dueño, alguien quien quiera leerlos. Hay  que ayudarlos a terminar esa espera agonizante. ¿Qué esperas?

No supe qué contestar y el hombre pareció disgustarse.

¿Qué pasa ahora? ¿No te agrada el titulo?

No, no hay problema. Me lo llevo, atiné a responder.

Yo pensé que te ibas a entusiasmar y que me pedirías otro. Qué pena, qué triste. Tendré que intentarlo de nuevo.

La casa de cristal. Me estaba ofreciendo un libro viejo y con un titulo deslucido. Al volver mi cabeza noté que había un pequeño letrero cerca del mostrador principal: Llévate a casa un libro gratis. No se aceptan devoluciones. Mejor sería encontrar a alguien y así deshacerme de él.

De pronto, como adivinando lo que pensaba, el viejo me dijo,

Yo escribí ese libro, pero nadie lo quiso. Las copias se acumularon en un rincón y en un rincón se quedaron. Todos venían a ver los otros libros menos los míos y así poco a poco se quedaron olvidados. Sólo yo lo leía, el mismo libro, cada semana, y los ponía en la vidriera y en los estantes para que la gente los viera, pero desaparecían misteriosamente y al final los encontraba como escondidos entre las esquinas de la librería. Es por eso que decidí regalarlos y es el último que me queda. ¡Llévatelo por piedad!

Y así salí con el libro en mis manos y casi  no dormí esa noche porque estuve leyendo la historia. Y aunque nunca más volvería a ver a ese hombre, sentí que le había salvado la vida.

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