El Amigo Invisible

“Ya no quiero ser su amigo” dijo Mario mirándose los pies. Sus palabras se arrastraron tímidas. Abrí la puerta y fingí echar a Pupo de la casa entre gritos. “Ya se ha ido, no tienes por qué preocuparte”. Cerré la puerta con un impostado portazo. El timbre del horno me sobresaltó. “No volverá, ¿verdad Papá?”. El miedo se asomaba a sus ojos como el viento al acantilado. “Nunca más” le dije mientras sacaba la bandeja con la carne. Pupo, invisible a su mirada, me sonreía con pálida extrañeza bajo el umbral de la puerta.

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