La cueva del tiempo perdido

Encontramos la cueva del tiempo perdido. Observé aquello por lo que habíamos luchado. Sólo un cuenco vacío. Solo quedábamos nosotros.
“¿Por ésto hemos perdido a nuestros amigos?”
Elgin posó su mano en mi hombro. Mis párpados ahogados buscaron su rostro. Frunció el ceño.
Un crujido. El cuenco se agrietó liberando un viento gélido. Una girándula de imágenes remolineó a nuestro alrededor. Nos desmayamos.
Desperté diez días antes en mi jergón; la mochila aguardaba abarrotada de provisiones; la memoria no me había abandonado. Aprecié la vida como nunca y comprendí el poder del tesoro: dejar de anhelar lo que no tenemos.

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