LA EVIDENCIA

Nada estimulaba el crecimiento de las protuberancias simétricas que afloraron en la espalda de su hija. Ni los baños de nubes,  que recogía el padre -conocidísimo abogado-, cada mañana a primera hora; ni la música celestial que le hacía escuchar la madre, secretaria del bufete. Aprendieron a convivir con ese par de alas que no llegaba a abrirse.  Poco a poco se fue desvaneciendo toda esperanza de tener un ángel en casa, hasta que  la primera diablura del segundo hijo de la pareja, consiguió que brotara en ellas un plumón suave. Y negro. Y una demanda de divorcio.

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