El depósito de vehículos

El depósito de vehículos

  Fui a Pamplona para ver un concierto: «Xurso Mares» estrenaba su último disco en «El bardo escaldao». La que estaba siendo una velada magnífica, se convirtió en la más extraña de mi vida.

Todo empezó cuando llegué al lugar donde había aparcado el coche: ¡No estaba! Lo primero que pensé es que me lo habían robado; pero, ¿quién iba a robar un «Daewoo» de 2ª mano? En el suelo donde había aparcado distinguí una pegatina verde con un número de teléfono y la matrícula de mi coche; la grúa se lo había llevado. El sitio estaba mal señalizado, y por donde entré no se veía la señal de «sólo residentes». Por lo menos me caerían 100 euros por la grúa, y luego la multa. ¡Me iba a salir caro el concierto! Pregunté por el depósito de coches, y hacia allí me dirigí con la intención de montar una buena bronca; es lo único que te queda cuando chocas contra los muros de la intolerancia, mal llamada ley.

El depósito de coches se encontraba en las afueras, a unos 3/4 de hora de allí. Hacía un frío que pelaba, aunque mi cabeza hervía barruntando los improperios que pensaba soltar al funcionario de turno. Al llegar, me encontré con un solar invadido por malas hierbas. En medio, había unas escaleras que se hundían el el suelo, y al lado un ascensor con un cartel que indicaba que en el -4 se encontraba el depósito de vehículos. Llamé al ascensor, y en pocos segundos las puertas se abrieron ofreciéndome un bochornoso espectáculo de arte urbano. Digo bochornoso, por los obscenos grafitis que decoraban las paredes y los techos, que junto al olor a orines y los espejos rayados, daba la impresión de que me llevaría  hasta los más bajos fondos de la ciudad. Apreté el botón para bajar al depósito. El exagerado murmullo del motor y las constantes sacudidas, socavaron mi ya mermada seguridad. Se iluminó el -4 en el panel del ascensor, ¡pero éste siguió bajando! La rabia inicial se fue convirtiendo en incertidumbre, luego en temor, y a medida que el ascensor bajaba y bajaba, en pánico. Me acurruqué de cuclillas en una esquina, y esperé a que acabara la pesadilla. Al cabo de unos 40 minutos el ascensor paró, y las puertas se abrieron. Fuera estaba oscuro. Las escasas fluorescentes del techo emitían una luz mortecina. Me levanté despacio y salí del ascensor. A unos metros, se extendían hileras de cabinas telefónicas perfectamente alineadas. Me acerque tiritando por la humedad del ambiente, y mareado por un fétido y penetrante olor. Al llegar a las cabinas, el corazón se me paró por un instante: Dentro de ellas cientos de esqueletos reflejaban todavía, en sus cuencas vacías y mandíbulas abiertas, los signos de un final atroz; algunos incluso conservaban anudada al cuello la corbata con la que habían puesto fin a su vida. Me alejé corriendo de allí y volví al ascensor, donde apreté compulsivamente el botón del -4. Las puertas se cerraron; pero en vez de subir, el ascensor siguió bajando. Me sentí aliviado, lo único que quería era escapar del macabro lugar en el que había estado. Me vino a la cabeza la imagen de «los Guerreros de terracota»; pero en éste caso  la inmolación se llevó a cabo en honor a un demonio, y no a un emperador.

Al cabo de unos 90 minutos el ascensor volvió a pararse. Las puertas se abrieron. Esta vez si que me encontraba en  un depósito de vehículos; pero ¡los vehículos no eran de ésta mundo! ¡Eran Ovnis! Paseé fascinado entre aquellas estructuras metálicas con forma de platillo, cilindro, esfera,……….; que desde adolescente habían llenado mi imaginación de magia y misterio. Mi mente no podía ni quería racionalizar nada, tan sólo vagar por el increíble mundo que se hacía realidad delante de ella. El lugar parecía extenderse sin fin. Cuando me cansé, volví al ascensor. Apreté de nuevo el botón del -4, y como me imaginé, el ascensor siguió descendiendo. ¿A dónde me llevaría ahora?.

Ésta vez pasaron más de 3 horas hasta que el ascensor volvió a detenerse. Las puertas se abrieron. El lugar donde me encontraba estaba bien iluminado. Tubos de aire acondicionado recorrían el techo. La temperatura era más bien fresca, la ideal para el mantenimiento de la colosal red de ordenadores que se extendía hasta donde se perdía la vista. Me dedico al diseño de juegos  de ordenador; por lo que comprendía muchos de los comandos que aparecían y desaparecían en las pantallas alineadas frente a mí: Eran los que yo utilizaba para recrear los mundos virtuales en los que miles de jóvenes, y no tan jóvenes, se sumergían durante horas y horas. La complejidad de todo aquello me hizo sospechar que los últimos estudios sobre sistemas cuánticos no eran una  simple línea de investigación, sino una realidad que tenía frente a mi. ¿Qué fin tenía? ¿Estaría relacionado con el mundo, que creemos, real? ¿Estaríamos conectados de alguna manera a todo aquello?. Pensé en buscar su fuente de alimentación, para desconectarlo y ver que sucedía; pero éste pensamiento me sumergió en la más terrorífica y desolada de las angustias, que me paralizó por completo. Aturdido, me dirigí de nuevo al ascensor. Me sentía como si hubiera cometido el más aberrante de los actos que se puedan cometer, aunque hubiera sido sólo de pensamiento. Temblando de pies a cabeza, volví a pulsar el botón del -4; el ascensor siguió descendiendo y descendiendo……………………….

Pasaron horas, días, semanas; perdí la noción del tiempo. Caí en una especie de letargo por el hambre y el continuo murmullo del motor; hasta que se paró, y las puertas se abrieron. Había llegado al final: «Vi escritas estas palabras con caracteres negros en el dintel de una puerta: Por mí se va a la ciudad del llanto; por mí se va al eterno dolor; por mí se va hacia la raza condenada: la justicia animó a mi sublime arquitecto; me hizo la Divina Potestad, la Suprema Sabiduría, y el primer Amor. Antes de mí, no hubo nada creado, a excepción de lo inmortal, y yo duro eternamente. ¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!».(1)

(1) Extracto de «la Divina Comedia» de Dante Alighieri, en el que Dante acompañado de Virgilio llegan a las Puertas del Infierno.

 

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