A través del túnel

Perdí de vista al conejo y me extravié entre los túneles que, ahora que lo veo y lo digo, no tienen luz ni trenes- Solo aire sucio y fotos de otras vidas colgadas de sus paredes. Avanzo entre penumbras, tiemblo y tropiezo seguido, la cabeza pesada de tanto albedrío. El túnel se achica, comprime los recuerdos en imágenes vagas e inciertas, lo bueno quedó atrás, todo tiempo pasado fue mejor.

Cada vez hay menos caminos que tomar, una brisa helada me empuja desde la nuca y un aliento pesado lame mi rostro, huelo un fósforo apagándose, siento la sangre en los codos raspados. Caigo, ahora soy más alto que el túnel, no hay lugar para caminar erguido. Me arrastro serpenteante por el suelo húmedo, oigo ecos que me llaman, o me despiden, no estoy seguro. Siento el calor de la hoguera que consume de todo lo que he sido, mi cama, mi escritorio, mis perros, todo arde y se derrite como la vela con la que entré al túnel, y que se consumió mucho antes de lo previsto.

Casi no hay aire y estoy al borde de desvanecerme, un brillo reluce en el fondo, casi no tengo fuerzas pero lo alcanzo. No hay más adonde ir, el túnel me abraza como una placenta, -placenteramente-. En el suelo del túnel, al final del camino, el cadáver del conejo blanco. Su pelo es más suave que nunca, y se nota que ha llorado. De su cuello cuelga la llave que alguna vez creí que podría conseguir.

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