El espejo II

En la era de las cavernas los hombres y mujeres conocían su rostro muy poco. Esto sucedía porque no existía el espejo. El agua quieta de un lago o un charco les permitía verse  reflejados, pero esta imagen, estaba muy lejos de mostrarles con claridad sus facciones. Las cirugías estéticas no existían ni tampoco la ortodoncia o la peluquería. Sólo los otros podían hablar de la apariencia física de uno. En ese mundo sin el reflejo de uno mismo, todo pasaba por otro lado. Quizás alguno pensó que sería bueno poder arrancarse los ojos y ponerlos frente a uno, para entonces poder mirarse con claridad. La verdad es que por suerte, el espejo fue un invento menos sangriento y con fines similares.

Ana Belen

Nació en Córdoba Argentina. Escritora aficionada. Pianista profesional y compositora. Profesora de piano.

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