M.G.

M.G.

 

 A quien encuentre esta carta, favor de entregarla al Señor Jefe de Policía

 

Investigación del caso de la desaparición desde hace treinta días en circunstancias sospechosas y posible muerte de una mujer y un hombre en Museo de La Artes,

 El cuadro se enseñoreaba en la pared tan blanca, tan nívea. Diríase que comandaba el espacio. Los demás desaparecían. Un rojo fulgurante surgía de la tela que el verde pistacho no lograba aplacar y en medio de ellos el naranja de los naranjales en su mayor esplendor iluminaba hasta la ceguera.

En rojo, las iniciales M.G, en un garabato arábigo adivinado abajo, a la derecha del cuadro, se fundía con el fondo negro de la tela y en la pared, al costado, apenas se veía  en una placa difusa, el título, Invasión.

La mujer, pelirroja de ojos muy grandes, absorta, no desviaba su mirada en tanto desde un ángulo de la sala, el hombre, de cejas espesas y un rictus en su boca no dejaba de observar las dos obras de arte, la belleza de la exótica mujer con apostura exultante reclinada contra la pared y la grandilocuencia de la pintura..

La escena se repitió por las mañanas. La deslumbrante mujer en admiración por el cuadro y el hombre en  expectación constante.

Hasta la mañana en que ella no fue a la galería y el cejijunto empezó a indagar, tal su costumbre.

La primera vez encaró desafiante con un desvío de su mirada recelosa, inquiriendo por los horarios de la galería justo a él, ¡a él, el encargado de las salas 1 y 2!

              La segunda mañana, soleada, por lo que, el encargado de las salas, vigilante como guardián de plaza, cerró las ventanas no fuera cosa  de que se arruinara alguna tela, el hombre se interesó por algunas otras en exposición.

      

                          Al día siguiente habló indirectamente de Invasión.

              Hizo alusión a los colores, alabó el impacto que daban al entrar a la sala y luego fue directo al tema. Quiso saber si ya estaba vendida y si era así, cuál había sido el precio pagado.

              Molestó su pregunta porque el celoso cancerbero nunca, jamás se inmiscuía,  jamás, en los precios. Para él estas obras no tenían precio. Eran obras maestras….y más las de sus salas. Además, nunca supo el verdadero valor de cada una.

 

              No sé por qué, Señor Jefe de Policía, se les ocurrió bajar al sótano. Los maté a los dos, al      encargado y a ella. La bala que hallarán en mi cabeza es de la misma arma que disparó a los traidores.

              En el bolsillo de mi saco dejo a Ud. esta carta en la que me atribuyo las muertes de la mujer que amaba y del maldito encargado.

              Antes de morir me echó una última mirada de desprecio, la infiel.

              Invasión y ella eran mías, sólo mías.

              Entrego a Ud, Sr. Jefe de Policía, el caso M.G. resuelto.

                                                                      

                                                          Martín Grisso  –  Jefe de Investigaciones

                                                          M.G.

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