Esperando a mi vecina.

Don Francisco Armas, Inspector de Policía:

Cuando esta carta llegue a sus manos mis ansias por ser capturado serán mayores que ahora, pero quiero que esté al tanto de cómo sucedieron los hechos.

Juan cometía asesinatos con impunidad absoluta. Nunca un remordimiento, nunca un atisbo de aflicción. Cuando alguien lo incomodaba terminaba con su vida. Yo esperaba su llegada y sus descripciones como un adicto espera la droga que lo hará flotar y vivir cada fracción de segundo con el deleite de lo prohibido.

Nací un año y medio antes que él. Todo lo realizábamos juntos. Nos decían los siameses. El día del accidente jugábamos en el coche de papá —lo hacíamos con frecuencia— imaginábamos carreteras que nos llevaban a un mundo de fantasía. Esa maldita mañana, él insistió en que lo dejara al volante y así lo hice. Las llaves estaban puestas. Juan, sin decirme nada, encendió el motor, se tiró al piso y presionó los pedales con sus manos. Cuando desperté me encontraba en un hospital: nunca volví a caminar. Nuestros progenitores le dijeron que su castigo sería cuidarme por siempre y Juan obedeció.

Teníamos quince años cuando papá y mamá fallecieron al chocar con el auto. Cobramos sus seguros de vida, que pasaron a ser administrados por la tía Beatriz. Ella nunca nos dio amor y se quedó con parte del dinero, pero impidió que fuéramos a un organismo estatal. Mi hermano estudió y se recibió de enfermero. Después de años de trabajo, comenzó a matar. La tía Beatriz fue una de sus víctimas. Administraba mayores dosis de morfina a los pacientes que la tenían indicada, pero no a todos. La utilizaba en personas que lo fastidiaban.  No se trataba de enfermos terminales, no era un acto piadoso. Creo que en realidad me mataba a mí, una y otra vez.

Cuando yo ya dependía de la adrenalina que me transmitía con cada muerte, me contó cómo se las arregló para causar el accidente de nuestros padres. Permanecí en silencio sin reprocharle nada.

Un día vino con una historia increíble de ternura y amor; pensaba casarse. ¿Qué sería de mí? Debía impedir esa locura. Fue sencillo. Estábamos cenando y le dije: “Quédate quieto, tienes una arañita sobre el hombro”. Me acerqué con mi silla de ruedas y, cuando estuve a la distancia indicada, con una rapidez sorprendente, tomé un cuchillo de la mesa y se lo clavé en un ojo. Él ni llegó a moverse. Después de eso me sentí libre. Hacía años que no me sentía tan libre; libre como cuando subíamos al coche de papá y transitábamos por carreteras imaginarias.

Envío esta epístola a su domicilio, lo conseguí en la guía. Cuando llame la quejosa de la vecina, para reclamar por el olor, le daré la carta y le diré que si la envía por correo el problema se solucionará. Deben retirar el cadáver, apesta. Mi inconveniente físico me ha impedido deshacerme de él. En el remite encontrará la dirección de mi casa.

Atentamente.

Agustín.

 

 

 

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