Turismo

Homicidio. Fue la respuesta que dio el hombre de corbata oscura, camisa trasnochada y traje desplanchado.

¿Motivo de su viaje?- preguntó una vez más el hombre detrás de la ventanilla.

Ya le dije, respondió. No había gestos de duda en su rostro. Entre su barba descuidada de varios días y sus ojeras colgantes no se advertía intención alguna de retractarse.

¡Por favor señor! – insistió el hombre de chaquetilla azul con su credencial colgando en el pecho – créame que éste es el peor lugar para hacer este tipo de bromas.

No es una broma señor – insistió.

Sorprendido, el encargado de la ventanilla con los documentos en su mano y sin saber qué hacer ante tan anómala situación, alzó lentamente la vista girando su cabeza hacia su colega de la caseta de al lado, al cual este simple gesto le bastó para entender que algo estaba sucediendo y sin dudar tomó el teléfono e informó el hecho.

No había pasado medio minuto cuando dos hombres jóvenes con la misma indumentaria semiformal, jeans y chaquetilla azul, luciendo sus placas brillantes se acercaron sin mayor preocupación. Acompáñenos por favor – dijeron al hombre en cuestión, quien había detenido el avance de la fila de los viajeros que venían detrás de él.

Lo condujeron a una sala, le pidieron sus documentos y lo dejaron solo. Se sentó.

Los hombres volvieron y se sentaron frente a él. Muy bien – dijo uno de ellos poniendo unos papeles sobre la meza – arreglemos esto de manera rápida, no nos haga perder nuestro tiempo que nosotros tampoco queremos hacerle perder el suyo. Documentos en orden, sin antecedentes, primera vez en el país. ¿Qué puta idea se le está pasando por la cabeza? Le vamos a repetir la pregunta y por favor no responda boludeses – dijo el policía de manera complaciente y con tono de amabilidad. ¿Cuál es la finalidad de su viaje señor?

Vine para matar a alguien- respondió. Los dos policías se miraron.

¿A quién? – preguntó el hombre que había permanecido en silencio.

A una mujer- respondió bajando la cabeza.

Era un sollozo hecho carne. Su aspecto descuidado, sus brazos caídos sobre las piernas, su cuello que casi no podía sostener la cabeza.

¿Qué edad tiene usted? Preguntó el policía intentando cambiar la conversación.

46. Respondió con voz baja.

¿En qué trabaja?

Contabilidad.

Mire señor – dijo el interrogador volviendo al tema- si lo que quiere es tomarnos el pelo, ya se le fue de las manos,  no va a salir de aquí mientras esto no se aclare. Si lo que quiere es irse a la cárcel, vaya y robe algo y deje que lo atrapen, pero no venga hasta acá a decirnos tamaña mentira.

¡Llama a Fernández! Dijo a su compañero. Ambos salieron de la sala.

Cuando se acercó por el pasillo el hombre de pelo canoso, bigote, impecable corbata y paso raudo, preguntó con tono firme a quienes lo venían a recibir – ¿Qué tenemos?, espero que no sea un hijo de puta que dice que trae una bomba, ¡tengo un vuelo saliendo y uno llegando cada minuto, no me den más problemas muchachos!

Tras explicarle la situación entraron y observaron al hombre que esperaba quieto.

¿Así que usted se presenta aquí diciendo que viene a matar a alguien, como si nada y quiere que le creamos eso? – preguntó observando al supuesto asesino en potencia. Pues lo que yo creo es que usted está loco y lo que quiere es quedarse encerrado por alguna razón, pero no nos va a utilizar a nosotros, señor.

¡No tenemos nada muchachos! – dijo a sus subalternos- ¡Que se vaya de vuelta a su país!

¡Es verdad!- Insistió el interrogado.

¡No le creo un carajo! – Dijo fuertemente y con voz ronca Fernández, girando rápidamente y emprendiendo su retirada mientras uno de los policías le abría la puerta para salir.

¡Yo no miento! – gritó el hombre desde su silla golpeando la mesa.

Los tres policías se volvieron hacia él. Un silencio sepulcral se produjo en el lugar. Sólo resonaba el eco de su voz y se escuchaba su respiración agitada que él mismo trataba de contener para calmarse. Bajó la cabeza, respiró profundamente.

Al menos ya no, ya no miento. No quiero ser como ella – agregó pausadamente.

¿Cómo quién? ¿Cómo la mujer? – preguntó Fernández volviendo hacia él.

Sí, como mi esposa – respondió.

Mire señor – dijo el policía- en este momento tiene dos opciones, deja esto hasta aquí, no diga nombres, se retracta, nosotros seguimos con nuestro trabajo y a usted lo mandan de vuelta y no vuelve a poner un pie en este país, o, sigue con estas tonterías, también deja de ser responsabilidad nuestra, nosotros seguimos con nuestro trabajo, pero a usted se lo llevan a un calabozo, espera que lo notifiquen y procesen por amenaza y se queda un buen tiempo en la cárcel.

Llevamos 20 años de matrimonio – dijo el interrogado.

Veo que ya se decidió por uno de los caminos – dijo Fernández con gesto de incomprensión en su rostro. ¿Si alguien quisiera matar a una persona,  lo diría? ¿Por qué hace esto señor? – preguntó tratando de entender la motivación del hombre en frente de él.

Porque no tengo nada que ocultar – respondió.

Los dos policías jóvenes miraban en silencio mientras Fernández dialogaba con el interrogado, no se habían enfrentado nunca a una confesión anticipada, un hombre que se inculpa de su intención homicida pero no para impedir el crimen sino al contrario, mostrando seguridad y convicción en la concreción de éste.

Fernández, con su experiencia y frialdad trata de comprender en su mente la situación. Nosotros tratamos a diario con locos a los que les gusta el dolor de los otros, otros que buscan venganza, otros que se creen justicieros, otros que simplemente pierden el control, ¿quiere usted ser uno de ellos? Y si así lo quiere ¿piensa que va a lograr su propósito?, si ni siquiera va a volver a la calle, tal vez en años – Agregó.

Quiere matar a la que ha sido su esposa por 20 años y no tiene por qué ocultarlo. Dijo con de ironía el policía.

Así es – respondió el interrogado- Y sé perfectamente que puedo joderme la vida por eso.

¡Joderse la vida! – Dijo riéndose el policía- ¿Sabe usted que nos importa un carajo su vida?, se cree usted con el derecho a acabar con la vida de otra persona y piensa que nos preocupa su vida.

No me preocupa la mía, ya comencé a morir hace tiempo – replicó el acusado- y no me creo con el derecho a nada, no sé si es un derecho o un deber, sólo quiero hacerlo.

Muy bien, explíquenos entonces –  continuó Fernández – ¿Es por amor?

¿Por qué si no? –  Respondió – ¿se mata por otra razón?

Por venganza – respondió Fernández-  odio…

¡Venganza, odio! – Interrumpió – ¡por amor! Por qué se venga algo si no es por amor.

¡Ya, ya, ya! – interrumpió esta vez el policía – no me venga con filosofía barata.

Todos los delincuentes tienen siempre justificaciones, Fernández ya estaba acostumbrado a lidiar con discusiones que relativizan la moral, con apelación a la comprensión, con cuestionamientos a los límites de la ley, estaba entrenado para escuchar todo tipo de argumentos de los que durante su carrera habían sido miles y de todo tipo.

No sé si es filosofía señor – replicó con voz temblorosa- no he pensado en eso, no he buscado la justificación, ni siquiera he planeado cómo hacerlo. Solo quiero verla desde lejos. Sentir por última vez en carne viva el dolor y hacerlo. Nunca me he enfrentado a la muerte así, viéndola llegar desde lejos como un tren a quién lo espera en la estación. La muerte para mí siempre fue repentina, una sorpresa, me arrebató un día a mi abuelo, a mi perro cuando era niño. Y ahora estoy viviendo mi propia muerte desde hace meses. No estoy menos muerto que mi perro. Y nadie me ha llorado, nadie me ha prendido una vela, no he recibido flores. Sólo sé que la muerte deambula por el amor, y hay algo de amor en la muerte.

¡Se acabó! No vamos a discutir más señor, no tengo tiempo para escuchar basura ni para aprender “citas citables” – dijo Fernández- vamos al punto. No tiene un plan, sólo quiere matar a su mujer por una traición. ¿Tiene hijos? – preguntó.

No.

¿Sigue casado?

Sí. Todavía.

Esta historia ya la conocemos señor, usted no es el primero. Pero vamos, cuéntenos la historia completa que esta teleserie se está poniendo entretenida – ironizó – ¿Qué le hizo esa mala mujer?

Se acomodó en su silla, hizo gestos de interés invitando a sus colegas a acercarse como si fuera a comenzar una función. La actitud irónica era tal vez una mezcla de su personalidad dura, imagen del oficial incorruptible y seguro de sí mismo, y de estrategia de interrogador que en su rol debe estar firme para tener el control de la situación.

El interrogado comenzó por describir a la mujer que la había hecho llegar hasta este lugar. Empezó con dudas, pausado e inquieto. A poco andar comenzó de lleno con su relato. Empezó a soltar las palabras como si hubiera estado atorado con ellas como una represa que se rompe y deja fluir el agua como una avalancha.

Los hombres allí presentes no esperaban de esta historia más de lo que ya están acostumbrados a escuchar. Sin embargo al internarse el en el bosque de acontecimientos que se estaban relatando no podían sino comenzar a dejar de lado su disposición indiferente.

Los más jóvenes que hasta entonces no habían cesado de pasearse lentamente de un lado al otro de la sala, se quedaron quietos y abrieron sus oídos a la historia que escuchaban. Poco a poco, mientras al hombre hablaba, suspiraba, exclamaba, comenzaron fugazmente a apretar sus puños, a taparse la boca, incluso llegaron a hacer repentinas exclamaciones de asombro.

Mientras las palabras mujer, amor, dolor, salían de la boca del interrogado, mezclándose en un intenso relato que a veces subía de volumen, de ritmo y volvía a la calma que le exigían algunos sollozos para salir de sus pulmones, los auditores mantenían fija su atención en él.

El tiempo se detuvo en la sala, los minutos se congelaron, mientras en el exterior éstos pasaban a toda máquina como una película en cámara rápida.

El hombre echó al aire las palabras que tejían una historia que contaba por primera vez, era el estreno de un drama del cual era protagonista, como una tragedia que le había revelado su ineludible destino y de la cual  él ya tenía claro cuál debía ser el final.

El hombre que quería matar a su mujer explicó sus razones sin guardarse detalles.

Con un par de lágrimas descendiendo por su rostro finalizó su relato.

El silencio se adueñó de la oscura sala. Los dos policías más jóvenes se miraron como si ambos supieran lo que el otro estaba pensando y sin atreverse a manifestarlo esperando la reacción de su superior.

Fernández permanecía mudo moviendo los ojos y con la boca a medio abrir como si quisiera decir algo.

Váyase – dijo de pronto, con volumen muy bajo y con voz grave. – Ya me oyó. Puede irse.

Uno de los otros dos policías murmuró algunas sílabas entrecortadas, como gesto de objeción, queriendo decir algo pero sin encontrar las palabras motivado por la conciencia que lo obligaba a hacer un gesto de probidad, pero guardó silencio pues no había nada que agregar.

El hombre salió de la sala y continuó su viaje.

Los tres policías se quedaron unos minutos en la sala sin hablar hasta que uno de ellos que tenía unos papeles en la mano tosió para romper el silencio y temeroso de ser impertinente preguntó tímidamente a Fernández: Jefe, ¿qué escribo en “motivo del viaje”?

Fernández lo miró haciendo un gesto con la cara como si la respuesta fuera obvia.

Turismo – respondió.

 

(por Juan Pablo Moreno)

Juan

Juan Pablo Moreno
Nació en Valdivia, Chile, en 1984. Es Profesor de Lenguaje y Comunicación y músico. Actualmente reside en Alemania. Ha sido publicado en la antología El hombrecito, Valdivia, 2012 (obras premiadas en el II Concurso de Cuentos Juan Bosch 2011), en las antologías Versos en el aire, Otoño en invierno, La primavera la sangre altera y Érase una vez un microcuento, todas ellas por Ediciones Diversidad Literaria, Madrid, 2014, y en la antología Mundos en equilibrio, Mendoza, 2014 (obras seleccionadas en el Concurso de poesía Roberto Juarroz).

Últimas publicaciones de Juan (ver todo)

Deja un comentario

Tu dirección de email no será publicada