Por cobarde

Juan Correa:

Te escribo esta carta porque voy a matarte. En el momento en que la estés leyendo, quiero que sepas que tendrás los minutos contados. Estoy harto de tu falta de decisión, de tus dudas, de esa cobardía exasperante que te acompaña adonde vayas y que siempre acaba tomando el control. No me queda más remedio que matarte para que ella, tu insoportable cobardía, también termine bien muerta y enterrada.

Juan, nunca podrías negarlo, no eres capaz de ningún acto de valentía. Digo de hacerlo, porque en los papeles no existe nadie más atrevido y seguro que tú. Vives de la milimétrica teoría, de la planificación constante para alcanzar un logro que supones será seguro y merecido, pero a la hora de llevarlo a la práctica te cagas, siempre te cagas y lo sabes. Y también sabes que yo lo sé, que te conozco y a pesar de que en ocasiones te admiro y creo en ti, al final acabas saboteando cualquier cosa por cobarde.

Te voy a matar porque por cobarde te dejas basurear por tu jefe, y agachas la cabeza una y otra vez. Aburres a tus compañeros planeando qué le dirás y cómo lo harás, pero a la hora de la verdad no haces más que demostrar que eres de esos cagones importantes, de los que quedan en la historia. Voy a aliviarte ese martirio, porque después de la cobardía los dos sabemos lo que pasa: llega el momento de los tormentos, de echarte culpas, incluso de responsabilizarme a mí. ¿A mí? Hazte cargo de una puta vez, cobarde, te lo escribo así, para que lo leas con todas las letras, antes de que por fin te mate y le de un punto final a tu triste vida.

Te asesinaré por levantarle la mano a Eugenia, por descargar tus frustraciones con ella, por endosarle los golpes que no te atreves a darle a tu jefe. Con ella sí, ¿no? Qué macho bárbaro que eres, marcándole el ojo a una indefensa chica de cincuenta kilos que cometió el pecado de sonreírle al vecino, ¿pero sabes lo que pasa? Seguro que ese vecino tiene lo que hay que tener, no se deja pisar la cabeza por nadie ni le pega a una dama, por eso mueres de envidia por él y lo pagas abusándote de tu mujer, pero tranquilo, pronto morirás pero morirás como Dios manda.

Voy a matarte, Juan, y ya tengo decidido cómo hacerlo. Pensé en ahorcarte con una soga al cuello, pero prefiero ahorrarte la angustia de una muerte lenta. ¿Tirarte desde lo alto? Tienes tanta mala suerte –y yo también- que serías capaz de romperte todos los huesos pero salir con tu corazón y cerebro intactos y con tu cobardía impoluta. Lo mejor será un buen tiro en la garganta, y en el momento de disparar verás a los ojos a la muerte, al asesino y a la víctima, para quitarnos para siempre la cobardía frente a un espejo.

Firmado, J. C.

 

 

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