Lancetas de hielo

Te esperé ansiosa cada tarde.  Te lo dije más de una vez: no tardes.  Pero tú, insensato extendías más y más el tiempo.  En silencio te reemplacé cada vez con lancetas de hielo.   Y como si nada, igual te recibía. No te enteraste,  pero te seguí.   Te fuiste tras  el celo de esa perra desnudista de a peso. ¿Viste.  Viste cómo acabó?

Y aquí volviste hambriento y escuálido. ¡Asqueroso!…  Qué esperabas? Que te recibiera abierta de piernas y mariachis?  -Yo lo sabía, que a mi lado volverías, como todos los de tu calaña. 

Cuando despiertes come  jamón y vino que te dejé servido. No me esperes.

Desde hoy tus cuchillos y los míos pertenecen a diferente  circo.  

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