Mi inestimable Juli.

Mi inestimable Juli:

Deseo tratar contigo sobre el tema de tu próxima muerte. Ya va para veinte años que nos conocemos, que compartimos las paredes del mismo edificio y que la magia se cebó en nosotros de tan maravillosa forma. Recuerdo cuando la descubrimos. Ambos éramos unos chiquillos cuando escuchamos a nuestras madres hablar sobre aquellos calcetines. En mi casa estrenábamos la primera lavadora y, efectivamente, tal como ellas descubrieron, los calcetines que desaparecían dentro de aquel aparato en mi casa, volvían a transfigurarse en la misma lana, dentro del aparato que centrifugaba y removía agua en la tuya. Bonita idea la de envolver nuestros mensajes en una pequeña bolsa de almuerzo y enviarnos cada noche una pequeña nota.

Hemos espiado las galerías del barrio, las del país, e inclusive las de diversas partes del mundo. El resultado siempre es el mismo. En casa de los demás, los  calcetines, simplemente desaparecen, sólo en nuestros hogares existe esta transmudación de materia entre la lavadora de tu casa y la de la mía. ¿Cuánto nos reíamos cuando niños, intercambiando juguetes diminutos dentro de los calcetines? ¿Cuántas confidencias nos contamos de la misma manera? ¿Cuánto amor hemos derrochado en nuestras cartas, hasta llegar el día en que la firme oposición de nuestras madres –acusándose una a la otra de ser una bruja peligrosa, capaz de crear agujeros negros en el tubo de desagüe- desecharon toda oportunidad? Estaba claro que había algún motivo. Los milagros existen, pero no los milagros repetitivos, de un día detrás de otro.  Había algo más. Cuando todo resulta tan extraño se trata de una señal.

Recuerdo la primera vez que nos comunicamos de esta forma. Me levanté aquella mañana y golpeé suavemente el tabique de tu habitación, para que tú también te levantaras al otro lado. La ciudad aún dormía y yo había puesto un corazón dentro de mi calcetín. Sólo con pensar en la alegría de tu rostro de niña cuando abrieses la portezuela de la lavadora y lo encontraras… La ciudad aún dormía y yo, en un primer momento, me asusté al ver que el corazón de juguete continuaba allí, hasta que me di cuenta de que lo que llevaba en la mano era otro corazón, uno que a su vez tú me habías enviado. En el suelo, desechado por la emoción, estaba el guardián de lana de tu pie, no el mío.

Pienso como tú, que en realidad hemos venido de otro tiempo, de otra vida pasada y que lo único que podemos hacer para estar juntos es volver a morir. Seré tu asesino. Por más horror que sienta, acabaré con tu vida y luego me lastimaré hasta morir, Juli, puesto que somos, fuimos y seremos por siempre, la reencarnación de aquellos personajes que tú descubriste en aquel libro de Shakespeare. Somos Romeo y Julieta, y espero que Dios nos recompense por habernos dado cuenta, nos perdone y nos deje amarnos, ahora para siempre.

Ansío tener entre mis manos tu sangre amada, símbolo de rebelión.

 

Romeo.

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