CRUZAMIENTO

Me encanta cruzarme contigo, una y otra vez, donde sea y donde venga, en los callejones somnolientos de las madrugadas, entre los arbustos florecidos de los parques, detrás de los escaños vacíos de las plazas, o en las esquinas atestadas de funcionarios impotentes y de señoronas insatisfechas, asustarlos de puro sexo en descampado, con desprevenido desparpajo e indolente indecencia. Cruzarnos como bestias lujuriosas en los caminos polvorientos, en las voces quejidos aullidos, en los voluptuosos imaginarios que permanecen soterrados en los oscuros túneles del deseo, aparearnos escondidos en la trama de las palabras que no dicen lo que significan, que se leen invertidas o traspuestas, sin traducción posible sino para los que hablan el mismo idioma de subterráneos significados, ocultos en los códigos de un lenguaje de metáforas secretas donde entrar es salir, penetrar es someter, abrir es ofrecer, donde lo libidinoso se entrecruza con la urgida saciedad y lo seminal es un rito que se ha repetido por generaciones en los bosques, los desiertos, los medanos congelados y las junglas hirvientes. Ir oliendo tu celo entre tus muslos humedecidos, lamer tus íntimos derrames sobre tu misma piel, hurgar con mi nariz tu pubis hirsuto, lengüetear yo tu vulva mojada estilando y tú mi verga erguida latiendo para revolcarnos acoplados en los desbordamientos de la imaginación y del delirio, desvergonzados y compenetrados en la envergadura envúlvada de un apareamiento extasiante. Montarte ahí entre los pliegues de una realidad aparente, ilusoria, sin solución de continuidad, jadeantes, transpirados, jinetearte hasta quedar abotonados en una cópula interminable y procaz en una promiscuidad de ángeles marchitos y vírgenes mustias.

 

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