Nunca me olvides

Cuando recibí la carta, lo que para otros hubiera supuesto un auténtico drama, a mí me provocó una taimada sonrisa. Sabía que de una u otra forma, nunca podría mantenerme alejado de lo único que aún conseguía apasionarme. Mi otra pasión, mi Rosa del alma, con la que compartí mi vida entera, se la llevó Dios hacía ya algún tiempo. Con ella también se fue mi alegría. Ahora, casi octogenario, recibía aquella fría resolución con la que, al parecer, pretendían enterrarme en vida, dándome a entender que ya no servía para nada; que solo suponía un gasto inútil.

«He sido muy feliz a tu lado. No quiero que sufras por mí, pero nunca me olvides», fueron sus últimas palabras, mientras yo acariciaba sus manos arrugadas. ¡Seguía tan hermosa…! Sonreía mientras palidecía el azul intenso de sus pupilas y a mí se me arrugaba el alma con su último adiós.

Balanceando en mi mano aquel papel, tomé una decisión: le rendiría un último homenaje. ¡Ellos lo habían querido!

Un día llegó ilusionada. «¡Mira! Te traigo un regalo. Sé que lo querías…» y, con la sonrisa orgullosa de una niña que solo espera un beso como premio, me entregó un pequeño maletín con sofisticado material de dibujo. Después de su muerte, un extraño temblor apareció en mis manos y dejé de dibujar.

Conservaba el maletín como una joya, pero ahora pensaba volver a utilizarlo en su honor. Situé el modelo, elegí las tintas, coloqué la lente y, justo antes comenzar, los temblores desaparecieron. Debía tomármelo con calma; quería que pasaran a convertirse en mis mejores obras.

Los dibujos estaban quedando perfectos; sobre todo los ojos.

De vez en cuando me asaltaba el recuerdo del día que le regalé su nombre escrito en un grano de arroz.  Con una sonrisa pícara se limitó a decir: «¡Anda! No seas vago. Escribe al lado el tuyo, y detrás la fecha de nuestra boda».

Terminé el anverso y reverso del primero en apenas tres días, pero no me detuve. Deseaba disponer de lo que me era negado, tanto para poder seguir llevándole flores cada día, como para rendirle ese merecido homenaje póstumo.

Así lo hice durante cuatro meses. Era consciente de que cada uno que lograba «colocar» suponía un paso que me acercaba al final, pero continué.

Un día, dos policías llamaron a mi puerta. Los recibí con toda naturalidad; en realidad sabía que aparecerían; que no harían más que su trabajo. Me mostraron dos billetes idénticos de quinientas pesetas con el rostro de Rosalía de Castro, en ningún momento negué ser el autor de uno de ellos, pero nunca acepté serlo de los dos. Ambos presentaban el mismo número de serie. Afirmaban que aunque sabían que solo uno podía ser auténtico, no habían conseguido averiguar de cuál de ellos se trataba.

Respondí a todas sus preguntas. Les conté que en una resolución que consideraba injusta, se me privaba de la paga de jubilación y que, aprovechando mi habilidad, había dibujado hasta diez billetes al mes, que era cuanto precisaba para mis gastos. No mencioné nada sobre mi homenaje a Rosa. Ellos, a su vez, confesaron que, de no ser porque esos dos billetes llegaron a coincidir en el mismo establecimiento, jamás me habrían descubierto.

Me indicaron que debía asistir a la cita cuando el juez solicitase mi presencia, y se marcharon.  Dos meses y veinte billetes más tarde, el juez oyó mis alegaciones. En ellas confesé la cantidad exacta de ellos que había dibujado y expliqué el motivo por el que lo hice, aportando el documento que lo demostraba.

La policía solo pudo aportar los dos billetes, sin poder precisar aún, cuál de ellos era el auténtico, y mi confesión.  El juez consideró que no existía suficiente motivo para una condena, iniciando además los trámites para que se me abonara la cantidad resultante, tras detraer de la paga que me correspondía, la cuantía de los billetes falsificados, bajo mi promesa de no volver a hacerlo nunca más. Cuando todo estuvo resuelto, decidí que debía verme con los policías que habían llevado el caso. Accedieron.

En mi cartera llevaría dinero auténtico, por lo que les pedí que se presentaran con los dos billetes que en su día me mostraron. Deseaba revelarles algo en el laboratorio, donde podía visualizarse en una gran pantalla, aquello que se colocara bajo el microscopio. Se apuntaron algunos agentes más; todos aguantaron expectantes

Apagaron las luces y,  tras colocar el primer billete, indiqué al policía que debía enfocar la pupila derecha de Rosalía de Castro y ampliarla. Así lo hizo. La pantalla se quedó en blanco. Lo retiró y, con rapidez, apoyó el otro. Al principio, apareció una imagen borrosa. El policía aumentó, aumentó… hasta que la imagen pudo verse con nitidez. Siguió incrementando la imagen y apareció.

Un murmullo de admiración invadió la sala. Todos los presentes quedaron impresionados. Allí, en aquel billete de quinientas, en lo que parecía el brillo de la pupila derecha de Rosalía de Castro, aparecía mi Rosa, inmortalizada con su sonrisa burlona; tan bella como siempre y con el color intenso de las pupilas de sus hermosos ojos azules.

Para cuando volvieron a encender las luces, yo ya no estaba allí.

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