Evocando a Caín (7)

SEGUNDA PARTE

 

LA GUERRA DEL CONDADO DE LINCOLN

 

CAPÍTULO 1

 

Agua Negra Springs

 

La guerra duró cinco meses y desde el primer momento se les torció a los reguladores, aunque en apariencia comenzaran con buen pie, puesto que el día seis de marzo encontraban a Morton, Baker y Dick Lloyd en Río Peñasco, cerca de Siete Ríos.

Durante cinco millas hubo una persecución con disparos durante la cual el caballo de Lloyd tropezó arrojándolo al suelo, rápidamente se levantó y alzó los brazos en señal de rendición, pero ante su asombro los reguladores pasaron de largo, no era él quien les interesaba.

Un par de millas más adelante los caballos de Morton y Baker se negaron a seguir, agotados por haberlos forzado en extremo. Al ver la huida fracasada ambos se rindieron arrojando sus armas. Pronto los tuvieron de rodillas con las manos en la cabeza.

Ver a Morton a sus pies y representársele todos los pormenores del asesinato de Tunstall fue demasiado para Kid, la situación era tan parecida que no pudo resistirlo. Amartilló el revólver con la peor de las intenciones.

-Billy –sonó suavemente una voz, la de Dick.

El zagal lo miró, respiraba por la boca.

-¿Crees que voy a permitir que lleguen vivos a Lincoln después de lo que hicieron?

-Te pondrías a su altura –seguía empleando un tono suave- ¿Crees que Tunstall querría eso?

Los labios del chico temblaron. Bajó los ojos avergonzado. Guardó el arma.

-Lo siento –musitó sintiendo envidia de Dick por su entereza.

-Yo haría lo mismo –reconoció el capataz -, pero no es el modo.

Al atardecer del día 8 llegaban al rancho de Chisum, en donde se había refugiado McSween tras huir de la ciudad. Mientras Dick informaba a ambos Sally salió al porche llevada por la curiosidad, aunque tan pronto vio a Billy bajo los tonos rojizos del crepúsculo se olvidó de todo y caminó hacia él con el rostro iluminado.

Al día siguiente siguieron ruta hacia Lincoln desviándose del camino. Dick comentó que Chisum le había asegurado que los hombres de Dolan preparaban una emboscada, así que tomaron una ruta militar que cruzaba Agua Negra Springs, un sendero que serpenteaba hacia los manantiales a través de un paisaje áspero, rocoso y lleno de cactos.

Morton y Baker estaban en medio del grupo que los escoltaba para minimizar el riesgo de fuga. Billy iba un poco adelantado, de avanzadilla, aunque lo cierto es que prestaba poca atención al entorno; podían haberles atacado y no se habría enterado sumido en sus pensamientos. Ni siquiera se percató que Dick Brewer se había puesto a su lado.

Por primera vez en aquellos días no pensaba en el asesinato de su patrón sino en Sally Chisum. El muchacho le había regalado unos caramelos con forma de corazón que había comprado días atrás, pero cuando se los entregaba se dio cuenta que no iban a llegar a ningún sitio.

El capataz lo estudiaba; había visto la expresión de Sally caminando hacia Billy.

-Sallie es muy guapa, ¿verdad?

Billy sonrió. Una sonrisa infantil de felicidad.

-Sí –reconoció -, pero es una joya fuera de mi alcance.

No era la respuesta que Brewer esperaba. El chico estaba en la edad en que se mezclan reacciones infantiles y adultas; no supo interpretar sus palabras.

-¿A qué te refieres?

-A lo que me dijo su tío. Hay mucha distancia entre ella y yo. Antes aún tenía un empleo, ahora no tengo nada.

-Ayer me dio la impresión que está coladita por ti.

-Sí –triste -, pero es una Chisum. Es más parecida a su tío de lo que aparenta. Además, todavía es una niña.

-¿Y qué edad tienes tú? –rio jocoso Dick.

-Dieciocho, creo.

-¿Crees?

-A veces dudo que la fecha que me dio mi t… madre, sea la real.

¿Cómo no va a saberlo su madre?, se preguntó Dick, ¿o es que era adoptado?

Era un tema capcioso y prefirió no preguntar.

-Lo cierto es que soy más viejo que Sallie, y quizá por eso me doy cuenta que como mucho sólo seré su primer amor. En fin, que no puedo aspirar a otra cosa que ser su amigo.

La voz era resignada. En las semanas siguientes los reguladores visitarían muchas veces el rancho de Chisum convirtiéndolo en una especie de base y ambos jóvenes llegaron a conocerse muy bien. Les encantaba sentarse en el porche durante la noche, ante la exasperación del viejo Chisum, y hablar durante horas o cabalgar juntos.

Fue con todo un amor fugaz de adolescentes, como se temía Billy, que se mantuvo en amistad después que Sally conociera al hombre con el que se casaría dos años más tarde, cuando Kid era ya un desperado.

La conversación que llevaba con el capataz se interrumpió al oír gritos y disparos. Al volver grupas vieron a los prisioneros y a un regulador muertos en el suelo.

-Morton cogió la pistola de la funda de McCloskey y le disparó matándolo. Intentó huir a galope junto con Baker, así que les disparamos –explicó Frank McNab.

Brewer lo lamentó, hubiera preferido que llegaran vivos a Lincoln y que hubiera habido juicio. Ahora podían acusarles de buscar venganza en lugar de justicia.

-Estamos cerca de San Patricio –dijo -. Aguardadme allí, yo iré al juez Wilson a explicar lo ocurrido.

-Esperaremos en mi casa.

Dick no tenía ni idea de cómo contarle lo sucedido a Wilson sin que pareciese un ajuste de cuentas. Tampoco hizo falta. Al llegar a la ciudad descubrió que el Gobernador Samuel Axtell, miembro del Círculo de Santa Fe y por ende partidario de Murphy y Dolan (no le quedaba otra, que para eso le pagaban) había recusado su nombramiento de policía anulando la disposición del juez Wilson. Aquello convertía las muertes de los prisioneros en asesinatos y a los reguladores en proscritos.

Dos de sus hombres estaban sentados en la calle conversando cuando Dick llegó a casa de Billy.

-¿Malas noticias? –preguntó uno al verle la expresión del rostro.

-Las peores, ¿dónde están los demás?

-Dentro.

-Entrad también, tengo que informaros a todos.

Forajidos.

Por malas que las esperaban ninguno se imaginó aquello.

-¿Qué hacemos ahora? –preguntó Charlie Bowdre.

-Ya no somos agentes de la Ley –respondió Dick -, peor aún, el Gobernador nos ha convertido en bandidos, pero yo digo que sigamos. Si lo dejamos no recibirán nunca el castigo que se merecen.

-Pero ahora somos proscritos.

-¿Es que ellos son mejores? –preguntó Billy -. Placas llevaban algunos de los que mataron al señor Tunstall.

-El chico tiene razón.

-Sí, pero…

-¿Qué es lo que deseamos? –Dick Brewer miró a todos y cada uno antes de añadir -: ¿Qué queremos, justicia o legalidad?

-No olvidemos a McSween –terció Doc Scurlock -. También van a por él y es el socio de Tunstall.

El socio. Aquello lo convertía también en su patrón. Las palabras de Doc sirvieron de revulsivo. A menos que McSween los liberara del compromiso estarían con él pasase lo que pasase.

En clara desventaja y sin cobertura legal ningún regulador se rindió. A lo largo del mes se produjeron tiroteos entre las dos facciones en San Patricio, en sus cercanías, en Lincoln… mientras el rodillo del Círculo de Santa Fe comenzaba a involucrar al Ejército para conseguir la detención de McSween, porque aquellos vaqueros eran más duros de pelar de lo que esperaban, máxime cuando uno de ellos, Widnmann, había conseguido de alguna forma que Jesse Evans fuera detenido por robar mulas del Gobierno.

Murphy estaba maravillado. Tenían todo el poder político y judicial en la mano, tenían a la policía, a dos bandas de forajidos compradas y no podían terminar con una docena de cowboys. Para colmo, Dolan se había roto una pierna estúpidamente al tratar de matar a no sabía quién, con lo que él, que estaba moribundo por el cáncer, había tenido que tomar cartas en el asunto viéndose obligado a apelar al Ejército.

El 28 de marzo, el sheriff Brady, algunos de sus ayudantes y un destacamento de soldados de Fort Stanton bajo el mando del teniente George Smith abandonaban Lincoln camino del rancho de Chisum, para detener a McSween.

Dos días después llegaban al rancho, pero McSween se negó a entregarse ante la desesperación de Chisum que temía un tiroteo. No era para menos, porque el grupo había sido avistado con antelación y los reguladores habían tomado posiciones. Si se desencadenaba una batalla los militares no harían distinción entre su gente y la del abogado.

Hasta la fecha Chisum mal que bien se había mantenido en segunda fila y prefería seguir así. Por tanto, de la misma manera que había abandonado a Tunstall, abandonó ahora a McSween apelando a la prudencia: no podían luchar contra el Ejército de los Estados Unidos, contra lo que éste representaba.

Chisum suplicaba en vano con voz melosa de patriotismo, demasiado sabía McSween que no podía enfrentarse al Ejército, pero no se fiaba de Brady ni de sus hombres tras la experiencia de Tunstall.

-Tendrá escolta militar –propuso ladinamente el teniente Smith, que tampoco quería un tiroteo allí, pues su ojo experto le decía que el rancho podía convertirse en una encerrona mortal. Era necesario sacar a McSween de alguna manera a terreno más apropiado.

-¿Nos lo  promete? –preguntó Susan, la esposa de McSween.

-Tiene mi palabra –ofreció con la misma lealtad con que se la brindaba a los indios.

Aún así el abogado no se fiaba por la presencia de los otros.

Acordaron finalmente que se entregaría dos días después, el uno de abril, a un destacamento militar a medio camino entre el rancho y Lincoln.

Brady no estaba conforme, pero la autoridad militar superaba la suya.

Chisum respiró tranquilo.

-Regresaremos todos a Lincoln –declaró el teniente creando más confianza -, una vez allí, dejaré el grupo de soldados que le servirán de escolta al juzgado para que declare y luego lo acompañarán a Fort Stanton, donde quedará confinado.

 

 

CAPÍTULO 2

 

Balas en el barro

 

Había comenzado a llover poco antes de que Alexander McSween, acompañado de su esposa y cuatro reguladores que debían declarar como testigos, abandonaran el rancho de Chisum en dirección a Lincoln. Iban con el tiempo justo, pues costaba dos días recorrer la distancia que separaba el rancho de la ciudad.

Con lo que ninguno contó fue el tiempo. Recién entrada la primavera el invierno se negaba a retirarse como evidenciaba el ambiente frío y lluvioso de aquel día que iba empeorando dificultando el viaje, sobre todo con la calesa en la que iban McSween y señora cuyas ruedas se hundían en el barro.

Cada vez más lentos llegaron tarde al punto de reunión donde debían encontrarse con el destacamento que debía servirles de escolta. Aún así estuvieron esperando cerca de una hora pero no apareció ningún militar. McSween concluyó que se habían cansado de esperar.

Ante el temor de ser declarado prófugo decidió acudir directamente al juzgado.

-Usted manda –dijo McNab -, pero no hace tiempo para acampar por el camino y menos acompañados de su señora.

-Es cierto. Mi mujer y yo iremos a Río Hondo, el ranchero es amigo mío, a pasar la noche, pero nos hemos de desviar y queda demasiado lejos como para llegar puntuales al juzgado y…

-Iremos nosotros –se ofreció McNab antes de que McSween se le pidiera.

-¿No os importa?

-En absoluto. Después de todo, también tenemos que declarar.

McSween accedió. Su esposa Susan era una mujer animosa que no habría tenido inconveniente en acampar con aquel tiempo, pero cada vez la lluvia arreciaba más, en aquellos momentos había ventisca, y el carruaje podía quedar atascado en el lodo. De hecho tuvieron que empujarlo para que pudiera arrancar, porque el caballo por sí solo no tenía fuerzas.

McNab los vio alejarse antes de encararse con sus hombres. Billy tenía el sombrero mexicano calado casi hasta los ojos para protegerse inútilmente de la lluvia; Jim French echaba el aliento a las manos para calentarlas y Fred Wayte estaba abrazado a sí mismo por el frío. Ninguno de los tres dijo nada, sólo lo miraban esperando sus órdenes; por la edad y experiencia lo aceptaban como su jefe natural después de Brewer.

-No pararemos hasta llegar a Lincoln, así que si os entra sueño dormid en el caballo.

El viaje se hizo interminable, sobre todo una vez anochecido, con el cielo cubierto de nubarrones que oscurecían la luna, el viento helador que soplaba a ráfagas, las posaderas doloridas, el agotamiento de las piernas cuando caminaban luchando contra el barro, para que las monturas descansaran de su peso. En numerosas ocasiones iban en fila india confiando en la orientación de McNab, porque hubo momentos en que no sabían dónde estaban.

En la madrugada, bajo una intensa tormenta de agua y nieve, entraban en la ciudad de Lincoln dirigiéndose a un corral con un cubierto cercano a la tienda de Tunstall.

Desensillaron los caballos y se refugiaron como pudieron en el techado, sin paredes y con el suelo casi tan embarrado como el resto del corral. Estaban calados hasta los huesos, ateridos de frío y todo tan mojado que no podían hacer fuego.

-Mal sitio para pasar la noche –comentó Billy.

-Mejor que a la intemperie –respondió McNab -. Además a estas horas, ¿dónde vamos a ir? Sin contar que no hay nadie en Lincoln en quien confíe.

-Entonces, ¿cuál es el plan? –preguntó Wayte.

-Esperaremos aquí…

-¿Aquí? –se escandalizó Jim French.

-Sí, aquí, ¿algún problema? Si estuviéramos trabajando no tendríamos ni techo y ninguno protestaríamos.

French no contestó. Una nueva ráfaga los mojó a todos a pesar del techado.

-Servicio completo –se rió Billy, que fue quien llevó la peor parte -: ducha y lavado de ropa.

-¿Y después de esperar? –preguntó Wayte.

-Cuando abran el juzgado iremos a él, informaremos del retraso de McSween y entre tanto que nos tomen declaración.

 

 

William Brady tenía unos cincuenta años, bigote espeso en herradura; barba de chivo; grueso, por no decir gordo y una buena posición social desde que actuaba como sheriff tutelado por Murphy y, salvo cuando defendía los intereses de su patrón, bastante honesto en su oficio.

No le había agradado que hombres bajo sus órdenes asesinaran a Tunstall, pero tuvo que aceptarlo, porque no podía permitir que los encarcelaran. Si tal ocurría, en el juicio no sólo podían salir perjudicados Murphy y Dolan si no él mismo como superior responsable.

Nunca esperó la reacción de los reguladores cuando el Gobernador anuló su legalidad. En lugar de disolverse habían plantado batalla defendiendo a McSween. El abogado era peligroso puesto que sabía demasiadas cosas de Murphy. No convenía que llegara a juicio, pero tampoco podían eliminarle descaradamente como hicieron con Tunstall, sería demasiado visto.

Bueno, por lo menos sería encarcelado. Aquello ya era un paso, después ya se vería. Sonrió al recordar que el teniente se había llevado todos los militares consigo al fuerte faltando a su palabra.

Miró por la ventana, aún estaba oscuro y proseguía la tormenta. Cogió un abrigo grueso, su pesado colt del .45 y el winchester. Caminó hacia la puerta con las espuelas haciendo un ruido rítmico. Ensilló el caballo y se dispuso a recorrer las cinco millas que separaban su domicilio de Lincoln.

Guiaba al animal con prudencia por el camino resbaladizo y fangoso mientras el temporal iba disminuyendo. Cuando llegó a la población había cesado, pero seguía nublado y con bastante frío.

En el Palacio de Justicia el secretario le notificó que la sesión del Tribunal se había atrasado al día ocho, con lo que aquel día no había juez.

Justo cuando tenía que declarar McSween. Brady masculló.

-Bueno –gruñó -, prepara unos avisos para ponerlos por las calles informando a la gente. Yo me voy a desayunar.

Salió al exterior. Montó a caballo y se acercó por la calle fangosa hasta el Hotel Wortley pasando por delante del cubierto ante la atónita mirada de Billy.

-Mirad quien está pasando –cuchicheó.

-Se dirige al hotel –dijo Wayte.

-¿Nos acercamos también para tomar algo caliente? –preguntó Billy que no sentía los dedos de los pies.

-Ni hablar –respondió McNab -. No tengo ganas de que nos vean. Cuando abran el juzgado iremos directamente a él. Hasta entonces no nos moveremos.

Billy se acurrucó más de lo que estaba con gesto resignado, si de aquella no cogía una pulmonía no la cogería nunca.

 

 

Brady salió del Hotel Wortley, volvió a montar y cruzó la calle hasta la tienda de Murphy – Dolan donde le esperaban cuatro de sus hombres. Si no hubiera estado la calle tan embarrada y llena de charcos podría haber ido andando, puesto que la distancia era corta, pero así prefería ir a caballo; en algunos puntos el barro llegaba más arriba de los tobillos.

 

 

-¿Habéis oído a esos dos negros que han pasado? –preguntó Fred Wayte.

-¿Algo interesante?

-Que el juzgado está cerrado. No hay juez hasta la semana que viene.

McNab palideció frunciendo el ceño. El día anterior los soldados no habían aparecido; ahora esto.

Empezó a temerse una trampa.

 

 

-McSween no se presentará –comentó Bill Mathews.

-Lo hará –respondió Brady -, es hombre de honor. Lástima que no haya juzgado, lo habría detenido allí. Mucho más fácil. En fin, coged los rifles y armaos bien. He visto a ese crío, Billy, en el corral junto a la tienda de Tunstall, con que supongo que McSween debe estar allí esperando a que abra el juzgado. Sin duda tendrá a más gente.

-¿Vamos a detenerlos? –preguntó George Peppin.

-Desde luego, antes de que se entere que no hay juez y se vuelva a escapar.

 

 

-Se ha levantado biruje.

-Creo que estaríamos mejor en la cantina como ha dicho el chico –terció French.

-He dicho que no. No quiero provocaciones.

-¿Quién va a provocar?

-Pueden tomarlo así.

-¡Eh, mirad! –interrumpió Wayte -. Vienen Brady y cuatro más.

Los cinco iban a caballo avanzando al paso casi uno detrás de otro por el barrizal de la calle.

-Irá al juzgado –conjeturó French -, ya casi es la hora.

-¿Armado hasta los dientes?

-Son cinco, todos bien armados –añadió Billy.

-Viene hacia aquí. El juzgado está en otra dirección.

-Entonces viene a recibir a McSween. De haber ido todo bien estaría a punto de llegar y habría entrado por esta calle.

-No se ve ningún militar. Se acordó que se entregaría a ellos y que le escoltarían, ¿no?

-Sí –McNab endureció la mirada, ahora ya estaba seguro -. Es una trampa. Detendrán a McSween ellos, no los militares. Van a matarlo como a Tunstall.

-No, si lo impedimos –aseveró French.

Todos estuvieron de acuerdo.

La leyenda posterior vino a decir que se habían presentado en Lincoln con la intención de asesinar a Brady, incluso alguno llegó a afirmar que McSween le había dicho a Billy el Niño, que iban a matarlo con la excusa de la detención y que la única forma de evitarlo era matando al sheriff Brady, dando así una preponderancia al muchacho que nunca tuvo.

Eso dice la leyenda.

Lo que no dice es que, de ser esa la intención, era una estupidez hacerlo en Lincoln a plena luz del día, para que los vieran todos cuando tenían mejor escenario en las cinco millas de distancia desde la casa de Brady hasta la ciudad, en un terreno deshabitado sin testigos. Sin contar que tampoco dispararon cuando pasó él solo delante del corral camino del hotel.

No. La decisión fue un acto emocional, pensarlo y hacerlo, al darse cuenta o creer que preparaban una emboscada a McSween.

Sin perder tiempo salieron del cubierto y esperaron tras las vallas del corral a que se pusieran a su altura.

-Recordad, nos interesa Brady –recalcó McNab.

A mí no, pensó Billy al ver que Bill Mathews era uno del grupo. Se la tenía jurada desde el encarcelamiento.

Apuntó cuidadosamente. Mathews iba un poco detrás y a la izquierda de Brady; no ofrecía buen blanco.

-¡Ahora! –dijo McNab.

Dispararon todos menos Billy, que vio como el caballo de Brady se encabritaba ocultando su objetivo. Kid se maldijo, había querido afinar tanto el tiro que no había hecho nada. En la confusión del tiroteo Mathews se había escabullido.

En la calle había dos cuerpos. El de Brady había quedado sentado en el suelo al caer del caballo; al otro, Billy no le veía la cara.

Brady terminó desplomándose contra el barro. No se movía, sin duda estaba muerto.

¿Si llevaría encima el revólver que le robó?

Kid salió corriendo hacia el sheriff en un impulso para recuperar lo que era suyo. Wayte le siguió.

Al llegar a la altura de Brady se agachó a buscar su seis tiros, pero aquel no tenía el mango nacarado, no era el suyo, no lo tocó.

-Mira a ver si lleva la orden de arresto de McSween –decía Wayte cuando sonó un tiro.

No todos los hombres del sheriff habían huido. Bill Mathews tan solo se había parapetado y aprovechó para disparar a Kid. La bala le atravesó el muslo izquierdo, cerca de la cadera, e hirió en la pierna a Wayte.

Kid había cometido una estupidez para recuperar un arma que no existía. Ahora estaban sin cobertura.

El caballo.

La montura de Brady no se había movido del lado de su dueño.

Billy la cogió rápidamente cubriéndose con el animal y ayudó a su amigo a llegar hasta el corral.

Mathews disparó una vez más cuando Kid cogía las riendas, pero erró el tiro, ahora ya no tenía un blanco claro.

Era necesario huir, pero la herida de Wayte era peor que la suya y Billy se negó a abandonarlo. Al final se fueron los demás y en la huida French fue herido de gravedad. Mientras tanto Billy y Wayte escapaban de los perseguidores escondiéndose bajo las tablas del piso de la tienda de Tunstall. Pasado el peligro acudieron a casa de un médico amigo y no abandonarían la población hasta el día siguiente.

Billy se quedó con el caballo de Brady. En la confusión todos se habían olvidado del animal y el muchacho pensó que, puesto que el sheriff le había robado su pistola favorita, bien podía robarle él el caballo; lo uno por lo otro, en paz.

La noticia del asesinato del sheriff Brady llegó pronto a los diarios. Había que crear morbo para vender más y poner cara a los criminales, pero al único que se le había visto bien había sido el jovencito que intentó saquearle. Algunos de la ciudad conocían su nombre, William Bonney, aunque habían oído a los vaqueros de Tunstall llamarlo chico por ser el más joven de todos ellos.

El periodista de turno pensó que era más llamativo escribir que el sheriff había sido asesinado por William Bonney, alias Chico (Kid), que no decir que entre los asesinos estaba un muchacho.

Sin que lo supiera todavía, el acto irreflexivo de querer recuperar su revólver había sellado el destino de Billy.

 

 

CAPÍTULO 3

 

El molino de Blazer

 

Billy se quedó en San Patricio para recuperarse de la herida, acompañado de Charlie Bowdre, pero no disfrutó de ningún descanso. Habían salvado a McSween de una trampa, pero la muerte de Brady, que no dejaba de ser un agente de la Ley por muy corrupto que fuera, significó la puntilla que aceleró el final de los reguladores, porque no fue un sheriff cualquiera a quien habían baleado sino al representante del Círculo mafioso de Santa Fe, los cuales no estaban dispuestos a consentir que una docena de pelagatos les toreara.

Aunque quienes conocieron a Brady les importó poco su final sí lamentaron la forma cómo ocurrió. Su muerte hizo mucho daño a la opinión pública de la facción de Tunstall y muchos de sus simpatizantes se pusieron ahora en contra.

Con todo, sólo el nombre de William Bonney apareció en los papeles relacionado con el asesinato de Brady, y en el acto apareció un cazarrecompensas dispuesto a conseguir una prima si es que la daban. Se llamaba Andrew L. Buckshot Roberts, de 45 años. Asesino a sueldo, había participado en el de Tunstall y trabajaba para Murphy y Dolan como sicario profesional.

Desde la cama Billy lo oía discutir con Bowdre. Se había dado prisa, sólo había pasado un día de la muerte de Brady. Se levantó con cuidado para no hacer ruido y escuchó. Buckshot decía que sabía que Billy estaba en casa y exigía a Bowdre que se lo entregara, éste se negaba. Los tonos subieron y se agriaron. Finalmente Buckshot desistió y se fue.

Charlie Bowdre encontró a Billy completamente vestido en el dormitorio.

-¿Nos has oído?

-Lo raro era no oíros.

-Creo que deberíamos irnos. No sé de cuánta gente dispondrá, pero no me gustaría que nos atacaran siendo sólo dos. Recuerda que ya lo hizo una vez.

-Pienso lo mismo. Está anocheciendo, cuando lo haga del todo nos iremos con los demás.

-¿Al molino de Blazer?

Kid asintió con la cabeza.

-Es donde dijeron que estarían.

Con un aserradero en sus inmediaciones el molino de Blazer (Blazer’s Mill) estaba ubicado en el tramo alto del río Tularosa, cerca de la reserva india. Su propietario, Joseph H. Blazer, a quien llamaban doctor por haber sido sacamuelas en el Ejército durante la guerra civil, tenía el edificio alquilado como sede para la Agencia Apache de los Mescaleros, cuyo director, Frederick Godfrey, vendía los alimentos, mantas y toda clase de provisiones que recibía del Gobierno para que las entregara a los indios, a la tienda de Murphy – Dolan a precios muy económicos puesto que a él le salían gratis.

La esposa de Godfrey no queriendo ser menos granuja que su marido (por eso de la igualdad) cocinaba y vendía la comida destinada a los apaches, a los viajeros que se detenían en el puesto, con lo cual la sede, en vez de Agencia, era Fonda.

 

 

El rato que faltaba para ponerse el sol pasó lentamente. Ambos amigos empezaron a sospechar que quizá Buckshot estuviera solo, pero ninguno bajó la guardia; lo conocían bastante bien. A poco de comenzar la guerra, cuando los reguladores estaban en casa de Billy, durante los días en que Dick Brewer les informó que eran proscritos, Buckshot la había atacado con un grupo de hombres de Murphy. El que ahora no lo hiciera es lo que les hacía creer que estaba solo.

Cuando salieron aprovechando la oscuridad Buckshot los estaba esperando. El cazarrecompensas no se había engañado al suponer que intentarían huir durante la noche, pero también ellos esperaban que estuviera, con lo que no los cogió desprevenidos y erró el disparo. Hubo un intercambio de balas mientras conseguían escapar.

Dos días después estaban en el molino de Blazer cuando llegó Buckshot, que todavía los perseguía ignorando que se habían reunido con el resto de reguladores.

Buckshot Roberts llegó al molino al final de la tarde, diría años después A. N. Blazer, testigo ocular de los hechos y que tenía trece años en aquel tiempo, no habían pasado ni cinco minutos desde que Roberts desmontó cuando empezaron los tiros.

Buckshot se refugió en una habitación vacía con la carabina de repetición. Nunca esperó hallar a todos los reguladores. Convencido de que Billy y Bowdre estarían solos no había pedido ayuda; ahora estaba en una encerrona. De cazador se había convertido en cazado.

Vio que Brewer asomaba la cabeza por encima de la pila de leña y disparó volándosela.

Escondido, Billy iba contando los disparos que efectuaba Buckshot, cuando llegó al último salió corriendo hacia él. A resguardo, mientras recargaba la carabina, Buckshot vio al chico venir rápidamente; cerró la puerta de un puntapié. Billy se tiró deslizándose por el suelo y disparó contra la puerta atravesándola y se parapetó antes de que Buckshot disparara otra vez.

No ocurrió nada.

Los minutos pasaron.

Nadie se movía.

Finalmente el más arrojado abrió la puerta con precaución. Buckshot yacía en el suelo moribundo. Falleció poco después.

Oficialmente se acepta que fue Bowdre quien lo mató porque le había herido en el vientre al principio del tiroteo, aunque hay quien dice que la bala tenía un trayecto ascendente, que se correspondería con la que disparó Billy.

Lo enterraron al lado de Dick Brewer.

Los reguladores regresaron silenciosamente a casa de Billy en San Patricio. Estaban consternados. Dick Brewer, su líder, el hombre en quien todos confiaban y respetaban, el más capaz de todos, estaba muerto.

Eligieron un nuevo jefe, Frank McNab, aunque por bueno que esperaban que fuera, sabían que no sería como Brewer.

Aunque ya todo serían reverses seguían sin rendirse. El 29 de aquel mismo mes de abril hubo un nuevo combate en el rancho de Fritz Spring, con la fatalidad de que ahora fue McNab quien murió. Otra vez sin líder le sucedió Doc Scurlock. Nueva batalla, justo al día siguiente en Lincoln para el desespero de Dolan, quien pensó entonces emplear una táctica nueva: la guerra de propaganda.

Hasta ahora la prensa se había limitado a calificar a los reguladores como forajidos, pero estaba claro que era insuficiente. Era preciso cargar más las tintas, que todos se convencieran de que no eran más que asesinos.

Fue de esta guisa que el ‹‹Santa Fe New Mexico›› publicaba el 4 de mayo, dos meses después de los acontecimientos, que los cuerpos de Morton y Baker tenían cada uno 11 balas, una por cada miembro de los reguladores. Una patraña cuyo esfuerzo significaba un nuevo intento de poner a la opinión pública en contra de los vaqueros de Tunstall.

También falsearon el episodio siempre que pudieron. Dolan, sin ir más lejos, dijo que a McCloskey lo habían matado los propios reguladores, porque intentó proteger a los prisioneros, a quienes asesinaron teniéndolos maniatados, de rodillas y suplicando por sus vidas. Pat Garrett daría su propia versión diciendo que quien mató a Morton y Baker fue Billy el Niño al verlos huir, para que se convencieran todos cuan peligroso era el menor a quien él, como sheriff honesto, asesinó a traición.

Con todo el poder informativo en manos del Círculo de Santa Fe llevaban las de ganar y por ello la versión de Frank McNab, que fue la que Dick Brewer explicó al juez Wilson, cayó en el olvido prevaleciendo la de sus enemigos.

Ni aún con esas.

Murhpy y Dolan no ganaban para disgustos.

Diez días después de la edición del ‹‹Santa Fe New Mexico›› los reguladores les robaban una manada de caballos y, para colmo, habían recibido ayuda económica desde Londres del padre de Tunstall. También Chisum prometió dinero para no ser menos generoso que el británico, pero nunca pagó nada.

El robo de los caballos fue el 14 de mayo y había disparos casi todos los días, en Río Ruidoso, en San Patricio, en el rancho de Chisum, en el de George Coe… mientras, Alexander McSween temiendo por su vida, cambiaba constantemente de localidades no sintiéndose seguro en ninguna parte, pero sin colaborar con los hombres que luchaban y morían por él.

 

 

CAPÍTULO 4

 

Tom Folliard

 

Murphy y Dolan seguían sin conseguir nada a pesar de que cada dos por tres pedían ayuda al Ejército ubicado en Fort Stanton, a ocho millas al oeste de Lincoln; ayuda fraudulenta, porque desde el 18 de junio el Congreso de los Estados Unidos había aprobado una ley que prohibía cualquier acción militar en disturbios civiles.

Las noticias de la guerra entre ganaderos, bien aireadas y exageradas por los periódicos, adquirieron la suficiente magnitud como para preocupar al Departamento de Justicia de la nación, que envió a Nuevo México un agente a investigar lo que estaba ocurriendo realmente.

Por otro lado, esas mismas noticias, que dejaban ver una gran inseguridad en el Territorio, fueron el cebo por el cual llegaron al condado forajidos de otras latitudes dispuestos a hacer su agosto, con lo que los atracos y crímenes se multiplicaron.

Uno de los recién llegados se llamaba Tom Folliard. Su padre había inmigrado a los Estados Unidos desde Irlanda. Se enamoró y casó con Sarah Cook. Tom nació en 1861.

Tras la guerra civil el matrimonio, con el niño, se trasladó a Monclova en el estado mexicano de Coahuila. Allí enfermaron de viruela y murieron. Tom fue recogido por una familia nativa que lo crió hasta que fue a buscarlos un tío de Sarah y lo llevó a casa de su abuela Eliza Jane en Uvalde, Texas, una población de apenas cien habitantes.

Su tío Thalis Cook pertenecía a los rangers y su primo lejano Thomas McKinney, que también vivía en Uvalde, era igualmente agente de la Ley, pero a sus 17 años le divertía más transgredirla que defenderla, así que para no tener conflictos con la familia decidió emigrar a Nuevo México que, según los papeles, era terreno abonado y, como a perro flaco todo son pulgas, no tuvo mejor ocurrencia que robarle unas cuantos caballos a James Dolan, a quien la fechoría no le sentó gota de bien y ordenó darle un severo escarmiento.

Perseguido con saña por los hombres de Murphy y Dolan, Tom se dirigió a San Patricio. Había oído que allí solían estar los reguladores, que eran enemigos de quienes le perseguían; confiaba que mientras estuviera en la localidad estaría seguro.

Para ser un feudo de los reguladores San Patricio era pequeño con no más de cuarenta familias, todas mexicanas que se instalaron casi treinta años antes en un terreno que pertenecía a los apaches. Para defenderse de éstos construyeron sus viviendas en lo que denominaron placitas, compuestos familiares de adobe cerrados con fines defensivos y que resultaron tan eficaces contra los hombres de Murphy como antaño útiles contra los indios.

Tom Folliard contemplaba curioso aquellas edificaciones con gruesos muros de adobe y portas en la parte superior, unos quince edificios dispersos en una sola calle. Uno le llamó especialmente la atención, estaba casi en las afueras, por el camino que entraba él, porque se veía más acribillado a balazos que los demás.

No obstante su pequeñez Tom vio que en San Patricio había una tienda – almacén que vendía de todo: aparejos para el trabajo, ropa, enseres, comestibles…; y un bar hacia el que encaminó su montura pasando al lado de la iglesia, que daba nombre a la población, aunque originalmente se llamó Ruidoso, por el río.

El templo tenía el portalón abierto y Tom detuvo el caballo atisbando al interior con curiosidad. Vio una única nave de paredes blancas y desconchadas con un burdo retablo al fondo; dos personas estaban hablando en medio de la fila que dividía un par de enormes bancadas desgastadas por el uso.

Entró en la cantina. Una barra carcomida, agrietada y basta se extendía a la izquierda de la puerta en un local amplio, en su mayor parte desierto, con mesas queradas a la derecha. Del hueco cubierto con una cortina de tela haciendo las veces de puerta, al lado de la barra, surgía olor a comida que se agarraba a la garganta. Al fondo, una puerta trasera daba al corral, donde el dueño tenía gallinas ponedoras y un conejar.

Mientras bebía inspeccionó a los parroquianos intentando descubrir a los temibles reguladores que tanto atemorizaban a la gente de bien.

Se decepcionó.

Todos los presentes eran nativos de Nuevo México que no debían saber manejar más arma que el arado.

En un rincón había un grupito jugando a las cartas.

Pedía otro trago cuando una alegre carcajada le llamó la atención. Venía de la mesa de juego. Quien reía era un muchacho delgado de su edad, debía haber ganado la partida.

El desconocido se levantó diciendo algo en español y sus compañeros de juego rompieron a reír. Se acercó a la barra donde estaba Tom y éste pudo ver que no era hispano como le pareció en un principio despistado por el sombrero que llevaba colgando del cuello. El cabello un tanto largo con la tonalidad de arena, unos traviesos ojos gris-azulados y dos pistolas al cinto que, por la razón que fuera, no desentonaban con su juventud.

-¿Cuánto debo? –le oyó preguntar en español con una voz suave.

-¿Hoy te toca pagar a ti? –inquirió el barman.

-Sí, he perdido.

-Te tomas bien el perder –comentó Tom en inglés.

El chico lo miró un instante. Tom le había tuteado sin conocerle, acaso por la cercanía de edad. Tenía el rostro ovalado y atezado con el cabello peinado con raya lateral; la barbilla ligeramente retraída; los ojos expresivos, vivos, sin doblez. Al momento le cayó bien. También iba armado, pero con los tiempos tan revueltos lo raro habría sido que no lo fuera.

-Sólo es un pasatiempo –explicó -, lo único que apostamos es quién paga las consumiciones.

Sonrió. Extendió la mano.

-Me llamo Billy H. Bonney.

-Tom O. Folliard –respondió estrechándosela -. ¿Qué significa la “H”.

-Lo mismo que la “O”.

Una sonrisa simpática mostraba dos dientes de ardilla dándole un aire infantil.

-¿Quieres tomar algo? –preguntó Tom amistoso.

-Un vaso de agua si no te importa.

-¿Agua?

-La leche no me gusta.

-¿Y un whisky?

-Aún menos.

Tom estaba intrigado. Que un muchacho de la edad que tenían ambos fuera abstemio era inusitado, de hecho le costaba entenderlo dado que a él le gustaba bastante beber, pero el chico le caía bien y Billy también parecía cómodo en su presencia.

Estuvieron hablando y conociéndose durante dos horas largas. Tenían mucho en común. Tom Folliard era otro muchacho afable y alegre, siempre cantando y lleno de diversión. Eran tan parecidos que la amistad fue casi inmediata, aunque quienes los conocieron siempre dijeron que Billy era muy superior en todos los aspectos. En lo que se diferenciaban era en el alcohol, pero a pesar de lo que habían dado a entender sus primeras palabras, Tom era, en realidad, un bebedor moderado y sólo se emborrachaba ocasionalmente, según con quien estaba y dependiendo de las circunstancias.

-¿Ya tienes dónde dormir? –preguntó Billy al percatarse de que estaba oscureciendo.

-Todavía no he buscado alojamiento.

-Si no te importa dormir en el suelo puedes venir a mi casa.

-¿En el suelo?

-Somos siete y una cama.

-Familia numerosa.

-No precisamente…

El rostro de Billy se tornó grave sin perder la sonrisa.

-… aunque debo advertirte. Supongo que habrás oído hablar de los reguladores.

-¿Quién no? ¿Sois vosotros?

Kid asintió con la cabeza.

-No quisiera que te vieras envuelto en un tiroteo inesperado.

Folliard se rió.

-¿Eso te da risa?

-Pues sí –respondió risueño -. Verás, vengo huyendo de la gente de Dolan. Había pensado refugiarme aquí.

-Bueno –rió socarrón a su vez Billy -, siempre es mejor un tiroteo acompañado que no solo. ¿Qué dices, vienes?

La casa era la que le había llamado la atención por lo agujerada.

Dentro encontraron a Doc Scurlock que traía noticias. Billy se lo presentó a Tom como el jefe del grupo e informó que el recién llegado quería unírseles.

Folliard comprobó que su nuevo amigo estaba muy bien considerado, a pesar de su edad, entre aquellos adultos. En los cuatro meses transcurridos desde la muerte de Tunstall el muchacho había evolucionado, ganándose la confianza de sus compañeros en las situaciones más comprometidas. Era valiente y se podía confiar en él, diría años más tarde Frank Coe, uno de los mejores soldados que tuvimos. Nunca impuso sus consejos u opiniones, pero tenia una maravillosa presencia de ánimo; cuánto más difícil era la situación, más mostraba su frío nervio y su cerebro rápido.

-Jesse Evans ha sido absuelto del robo de mulas al Gobierno –informó Doc.

Billy se alegró aunque no lo dejó entrever; seguía considerándolo un amigo.

-Había testigos cuando los robó a la Agencia de la reserva apache, ¿qué ha pasado? –preguntó French.

-El juez era Warren Bristol.

Aquello lo aclaraba todo.

Designado como juez asociado de la Corte Suprema de Nuevo México seis años antes por el Presidente Grant, era miembro del Círculo de Santa Fe y amigo personal de Murphy y Dolan.

Tenía fama de cobarde y corrupto desde que actuaba como juez de primera instancia tanto para los casos federales como los de jurisdicción general.

Encargado de los casos criminales contra McSween había hecho correr el rumor de que los mismos que asesinaron al sheriff Brady le habían amenazado de muerte si se atrevía enjuiciar a McSween, pero que él, sin amilanarse y muy valiente, ahí es nada, contradiciendo a sus detractores que lo tachaban de cobarde, había abierto una investigación sobre los dichos hombres haciéndolos procesar, sin estar presentes, en el gran jurado por el asesinato de Brady.

No era en absoluto un juez imparcial.

Si alguno de los reguladores caía en sus manos podía esperar cualquier cosa menos un juicio justo.

-Ha llegado algo de dinero del padre de Tunstall –continuaba Doc -, con lo que podemos reclutar a más gente. Encárgate tú, Billy. Casi todos los nuevos son mexicanos y tú te entiendes bien con ellos.

Poco antes del amanecer Kid abandonó San Patricio acompañado de Tom Folliard camino de un pequeño pueblo hispano llamado Picacho. Entre los que se apuntaron había un muchacho de unos quince años, Yginio Salazar, que se convertía así en el más joven de los reguladores.

Unos días más tarde, el 27 de junio, una fuerza combinada de 25 soldados, al mando del capitán Henry Carroll, y de los hombres del sheriff Peppin, que había reemplazado a Brady, buscaron a los reguladores por las montañas al sur del río Ruidoso, tenían indicaciones muy precisas; luego hacia el norte, cerca del río Hondo; luego al noroeste… no encontraron a nadie.

A principios de julio los hombres de Dolan atacaron nuevamente San Patricio y como siempre salieron escaldados. Unos días más tarde volvieron a intentarlo con un grupo más numeroso al unírseles los Seven Rivers Warriors al mando de John Kinney. Nuevo fracaso, porque para entonces los reguladores habían abandonado la población y sólo quedaban los residentes habituales.

Cabreados porque los hombres de McSween se habían vuelto a escabullir, la manada de Kinney asoló el pueblo disparando a las ventanas, matando caballos, robando mercancías, destrozando la tienda.

Mas si creían que con esto amedrentarían a los lugareños, para que no diesen cobijo a los reguladores, se equivocaban. Las bajas que éstos iban teniendo las cubrían con nuevos reclutas, todos mexicanos, todos con rencor contra la facción de Murphy – Dolan; chicanos pobres que veían a los reguladores como los únicos que defendían sus derechos frente a los gringos ricos, y la mayoría eran ciudadanos de San Patricio, que querían vengar el ataque a su pueblo.

 

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