Evocando a Caín (16)

CAPÍTULO 9

 

No hay dos sin tres

 

Los ojos de Pat Garrett brillaban sombríos aunque intentaba no evidenciarlo en su rostro. No había tenido más remedio que doblegarse y dirigirse los tres a casa de los Maxwell cuando hubiera preferido irse de la ciudad. A pesar de todo, en cierto modo era una suerte; Billy no iba a aparecer por allí. Haría el papelón para quedar bien y después se marcharía.

 

 

Aunque había accedido no acompañarla a casa por precaución, tras informarla de las noticias de Saval, Billy siguió de lejos a Celsa. Cuando la muchacha llegó a su domicilio, Kid no vio ningún movimiento extraño por los alrededores. No obstante los inspeccionó; había una buena iluminación con la luna llena de aquella noche. No halló a nadie. Aún así no estaba tranquilo. La advertencia de Saval le había metido el miedo en el cuerpo. Quizá fuera ese el motivo, pero tenía un mal presentimiento, igual que la noche que mataron a Tom.

Al huerto no se acercó; demasiado peligroso si estaban escondidos.

Regresó al baile. Billy Barlow estaba esperándole.

-¿Dónde vamos?

Kid arrugó la nariz por la peste a alcohol. No estaba borracho, pero sí algo más bebido de la cuenta.

-Iremos a casa de Jesús Silva. A ver si nos quiere dar de cenar.

De paso, aprovecharía para que le contara lo que había visto.

 

 

La casa de los Maxwell estaba a unos sesenta metros. Era de una sola planta con un porche enfrente. Un largo pasillo comunicaba la entrada con un patio y distintas puertas daban a otras tantas habitaciones a un lado, mientras que en el otro tan sólo había dos.

-Quedaos aquí –dijo Garrett -. Entraré yo solo a hablar con Pete, a vosotros no os conoce y no quiero que se asuste si entramos todos. Vigilad por si viene Billy.

-¿Y si ya está dentro?

-No estará –respondió con total seguridad. Si hubiera sido la casa de su cuñada no se habría atrevido a entrar, en cambio aquí añadió farruco -: Pero si está, oiréis los disparos cuando lo mate.

-Esperaremos en el porche –dijo Poe.

La casa permanecía en silencio. Iluminó el reloj con una cerilla, faltaba poco para la medianoche.

Tanteó la puerta. Estaba cerrada, pero sin echar el cerrojo. La abrió. Caminó unos pasos por el pasillo hasta la primera puerta a la izquierda; el dormitorio de Pete Maxwell.

Pete despertó bruscamente cuando le movió el hombro.

-No te asustes, soy Pat –dijo como si tuviera que conocerle a la fuerza.

Entre el sobresalto, la oscuridad y el sueño Pete no reconoció a nadie.

-¿Qué Pat?

-Pat Garrett.

-¿Qué haces aquí?

-Busco a Billy.

-Aquí no lo encontrarás.

-¿Sabes dónde?

-Con tu cuñada, supongo.

Aquello ya lo sospechaba él, pero tenía que seguir disimulando para que los dos de afuera no sospecharan nada.

-Con ella no está –respondió.

-Entonces no tengo ni idea. Sólo sé que lleva un tiempo por aquí, pero no de forma fija. Va y viene.

Sabía más de lo que contaba, como por ejemplo, que según sus últimas noticias estaba en el rancho de Frank Yerby o con Francisco Lobato, pero aquello no se lo iba a decir.

 

 

Jesús Silva se alarmó al ver a Billy en la puerta cuando la abrió. Lo hizo entrar rápidamente.

-Creí que te habías ido.

-¿Por qué?

-Porque Pat Garrett está aquí. ¿No te lo ha dicho Saval?

-Sí. Me dijo que lo viste en el huerto de la vieja Adelita.

-Exacto. Fue cuando me marché de allí. No le distinguí la cara, pero por lo desgarbado de su estatura tenía que ser él. Estaban medio escondidos entre los melocotoneros. Había tres. Avisé a Saval por si te veía.

-Y lo hizo, pero no tengo intención de irme sin comer nada antes. Tenemos el estómago vacío.

-Hace horas que no comemos –añadió Barlow.

-Sentaos. Prepararé unos frijoles.

Barlow se descalzó con confianza.

-Estas botas nuevas me están matando. No debí estrenarlas con lo que hemos bailado.

Se quitó también el cinturón del arma. Kid, por precaución, conservó el suyo.

-Así que tres –dijo.

Jesús hizo un sonido gutural asintiendo con la cabeza.

-Supongo que uno será el que preguntaba por mí esta mañana.

-Es posible.

Barlow se aproximó a la cocina.

-¿No hay carne? Llevamos comiendo frijoles y tortillas toda la semana.

-No tengo otra cosa, pero si queréis carne, Pete Maxwell ha matado una res esta tarde. Si vais a buscar un trozo os lo prepararé.

Salir a la oscuridad sin saber dónde estaba Pat Garrett. Si no estaba acechando la casa de Celsa debería estar vigilando otras que solía frecuentar, Pat las conocía todas, y la de Maxwell era una de ellas.

-Perdono la carne –dijo -. Me comeré los frijoles.

-Pues yo, no –respondió Barlow -. Iré a por ella.

-¿No has estado oyendo que Pat Garrett está aquí? Es peligroso.

-Para ti. No para mí.

Sonrió.

-No te preocupes. Traeré chuletas para los dos. ¿Me prestas un cuchillo? –preguntó a Silva.

-Ahí tienes.

Pensó en calzarse antes de salir, pero desechó la idea; la casa de los Maxwell no estaba lejos y los pies le dolían demasiado para ponerse otra vez las botas.

 

 

Tenía aspecto de ser un patio trasero, pensó Poe paseando la vista por los porches mientras se preguntaba qué estaba haciendo Pat Garrett.

Vio que McKinney le hacía señas indicando detrás de él. A lo lejos alguien parecía que estaba orinando contra la pared.

 

 

Barlow se había detenido a mear un momento, diciéndose que había bebido demasiado, y luego continuó andando mientras se arreglaba el pantalón. Entonces los vio. Estaban en penumbra con las sombras del edificio cubriéndoles las caras.

Recordó que Jesús Silva había dicho que eran tres, pero sólo veía a dos. No se escondían, pero tampoco eran visibles.

Desconfió mientras meditaba qué hacer. Si se iba parecería sospechoso y podían seguirle. Quedándose podía averiguar quienes eran e informar a su amigo; era lo menos que podía hacer para agradecerle el detalle con Isadora.

Continuó caminando hacia ellos.

McKinney, que se había sentado, se puso en pie por precaución al ver que se acercaba. Una de sus espuelas quedó atrapada debajo del porche y estuvo a punto de caerse.

A Barlow le hizo gracia y soltó una pequeña risa.

-¿Quiénes son? –preguntó en español.

No obtuvo respuesta.

 

 

Sintió que el corazón se desbocaba al oír la voz en el exterior. No entendió lo que dijo al cogerle despistado, pero era la voz de un joven.

Miró por la ventana, que estaba abierta, para que entrara algo de brisa en aquella noche calurosa sin atreverse a salir.

Se percató que Pete iba a encender una lámpara. Lo encañonó.

-¡No enciendas! ¡No le avises!

Aunque fue un cuchicheo, su voz tenía una octava de histerismo.

Volvió a mirar por la ventana. Tenía la boca seca.

Allí estaba. Le daba la espalda, pero era él. Lo reconocería en cualquier sitio; la voz joven, la estatura, la delgadez.

 

 

La penumbra del porche no dejaba ver las caras de los agentes de la Ley, pero la de Barlow ahora se veía perfectamente al estar en el centro del patio.

Poe se dio cuenta que su compañero se había relajado. McKinney le había dicho que conocía a Kid Bonney, con lo cual aquel joven debía ser otra persona, acaso algún empleado de los Maxwell. Llevaba ropa mexicana y un cuchillo para cortar carne en la mano.

-¿Quiénes son? –repitió Barlow otra vez en español.

Ahora Garrett lo oyó perfectamente.

Friends –respondió McKinney.

 

 

¿Qué hacían sus hombres que no lo acribillaban? ¿Tenían miedo, los cobardes?

Pat Garrett retrocedió cautelosamente, sin ruido, que no le oyera. De pronto el terror que tenía desde que el chico escapó se convirtió en pavor. Se agazapó tras la cama.

Pete Maxwell no se movía del lecho. También había oído la voz, le resultaba conocida aunque hubiera jurado que no era la de Billy. Sin embargo, la reacción del intrépido sheriff no dejaba lugar a dudas de quién estaba fuera.

 

 

Amigos, había respondido en inglés uno. Barlow no estaba tan seguro de que lo fueran.

 

 

Finge no entender la respuesta, se dijo Pat Garrett; Kid quería hacerse pasar por mexicano.

El sheriff tenía el revólver en la mano, sudada. Si tuviera la certeza de acertarle a aquella distancia… No se atrevió. Si fallaba el tiro estaban muertos los tres.

 

 

Se convenció de que no iba a averiguar más. Pero dos desconocidos que sólo hablaban inglés no era nada bueno.

Quizá Pete podía decirle algo más, después de todo estaban en el patio de su casa.

Caminó de espaldas hacia la puerta sin quitarles el ojo.

 

 

Pat Garrett palideció en la oscuridad cuando vio que retrocedía hacia el edificio.

 

 

Echó la mano hacia atrás buscando la puerta. Sólo halló el hueco. ¿Estaba abierta? Aquello le extrañó. Aunque no echaran el pestillo siempre se cerraban de noche para que no entraran alimañas dentro de las casas. Aquella región era rica en serpientes de cascabel, zorrillos, ciempiés, escorpiones… con gran actividad nocturna.

 

 

Ni Poe ni McKinney se movieron; aquel joven no era quien esperaban. Tampoco les extrañó que desconfiara de ellos ni que entrara en la casa; sin duda para advertir a su patrón de que había dos forasteros en el patio.

 

 

Barlow seguía caminando de espaldas por el pasillo sin perderles de vista. Había trabajado un tiempo para los Maxwell y conocía la disposición de la casa.

 

 

Cada paso que oía le provocaba un brusco latido en el corazón.

Una sombra se detuvo en la puerta de la habitación, sin entrar.

Garrett respiraba entrecortadamente.

 

 

Estaba con el cuello girado. Aún los veía. No se habían movido. Entró de espaldas en el dormitorio lanzándoles un último vistazo.

-Pete, ¿quiénes son? –preguntó en español.

La voz no era la de Kid, pero su silueta sí. Desconcertado Maxwell preguntó:

-¿Eres Billy?

-Sí. ¿Quién es…?

Esa gente, iba a decir, pero no pudo terminar. La bala que le entró por la espalda se lo impidió.

 

 

El terror que tenía Pat Garrett hizo que disparara tan pronto oyó el . Había tenido que sujetar la pistola con las dos manos por lo que le temblaba el pulso de miedo al ver que entraba, y tan pronto disparó se tiró a un lado dominado por el pánico al tiempo que disparaba otra vez sin apuntar.

Desde el suelo vio el cuerpo de Billy caído, pero no se atrevió a moverse.

Asustado Pete salió corriendo al patio.

-¡No disparen! ¡No disparen! –gritaba a los ayudantes del sheriff.

Sólo entonces tuvo valor Pat Garrett de salir corriendo atropelladamente. En el exterior viendo que Billy no le perseguía consiguió serenarse.

-¿Qué ha pasado? –preguntó McKinney.

-Era Billy el Niño –respondió bizarro -, creo que lo tengo.

Poe no conocía a Billy, pero le había parecido un mexicano.

-Pat –dijo -, ese no era él. Creo que tenías razón esta tarde de que no vendría a esta casa. Le has disparado al hombre equivocado.

¿Otra vez?

Pat Garrett titubeó.

No, no.

Su porte… la silueta…

-Conozco muy bien su voz –mintió -. Es él.

-Te equivocas –ahora fue McKinney quien habló. Estaba muy seguro, le había visto bien la cara.

Garret porfió.

No se ponían de acuerdo.

Había una forma muy sencilla de salir de dudas: entrar y ver el cuerpo, pero ninguno se atrevía y menos Pat Garrett. Seguro que el tunante de Billy se estaba haciendo el muerto, esperándoles.

 

 

CAPÍTULO 10

 

Conspiración de silencio

 

Jesús Silva fue la primera persona que acudió atraído por los disparos.

Aquella era la oportunidad, pensó Pat Garrett. Si Billy aún vivía y mataba a alguien, qué mejor a que uno de sus amigos.

-Entra y comprueba que está muerto –ordenó haciendo el ademán de movimiento con el cañón de la pistola. Fue entonces cuando se dio cuenta que aún la llevaba en la mano. Guardó el arma.

Jesús atisbó por la ventana. Había conseguido convencer a Billy de que esperase, en una casa cercana, noticias suyas mientras averiguaba lo que había ocurrido. A la luz de la luna podía ver un bulto en el suelo de la habitación.

Encendió una vela y entró. Era un cuerpo caído boca abajo. Por las ropas supo que era Billy Barlow. Tenía todo el aspecto de haber sido baleado por la espalda.

Le dio la vuelta. Tenía sangre en el pecho, el proyectil lo había atravesado, pero le sorprendió que hubiera tan poca sangre; por lógica debería haber sangrado más.

-¿Veis como es Billy el Niño? –oyó a Garrett.

Había entrado, y con él los demás, al ver que el muerto no le disparaba a Jesús Silva.

-Os dije que reconocí su voz.

Atravesaba con la mirada a McKinney y Pete Maxwell.

Poe contemplaba el cadáver extrañado de que McKinney no le hubiera reconocido; la luz de la luna llena había iluminado perfectamente aquel rostro. Y por estar mirando al fallecido no se percató de la expresión asesina de Pat Garrett, cosa que sí vieron McKinney y Maxwell. Ambos supieron que, si se atrevían a llevarle la contraria, Pat Garrett los mataría a todos; tenía la mano apoyada en la culata de la pistola. Luego diría que los había asesinado Billy antes de que hubiera sido abatido por aguerrido Garrett. Como único superviviente, nadie sabría nunca la verdad.

Jesús Silva también vio el semblante del sheriff, pero sus motivos para callar fueron otros: si todos creían que Billy estaba muerto, podría huir y empezar una nueva vida.

Y así, de la manera más natural, unos por miedo y otro por amistad, se creó una conspiración de silencio.

Pese a su gesto de matasiete Pat Garrett estaba acoquinado; tres veces había disparado contra Billy sin darle opción a defenderse y las tres se había equivocado de hombre. Con los dos primeros aún tuvo suerte, eran también forajidos y por ello la justicia se podía permitir hacer la vista gorda e incluso la tripona; pero éste último era inocente, le había disparado por la espalda y, para más inri, estaba desarmado, ahora se daba cuenta. Si llegaba a saberse lo colgarían a él por asesinato en lugar de Billy.

Tenía que hacer creer a todos que sí era Billy el Niño. En su falsa biografía escribiría además que iba armado con un revólver automático del .41 cuando Billy siempre usó del .44 y de acción simple.

-Sí, es él –murmuró acobardado Pete Maxwell.

McKinney no dijo nada, pero al otorgar no contradiciendo a Garrett, Poe creyó que el muerto era en realidad el infame forajido.

Superado el primer escollo había que hacer desaparecer el cuerpo del delito antes de que fuera visto por quienes conocían al chico.

Encargó a Jesús Silva esta tarea, porque ni él ni sus hombres iban a salir de aquella casa sabiendo que Billy estaba esperándoles con toda seguridad, aunque la excusa que utilizó para Poe fue que Billy tenía muchos amigos en Fort Sumner que querrían vengarse. Lo mejor era pasar la noche parapetados en el edificio.

McKinney seguía en silencio, llamándose cobarde y pensando, por primera vez, que quizá no fuera Billy el verdadero culpable de la muerte de su primo sino Pat Garrett. A la vista estaba que el sheriff no era menos asesino que Kid.

 

 

Silva trasladó el cuerpo envuelto en una sábana, a la carpintería dejándolo en el banco de trabajo.

Frank Lobato entró en aquel momento.

-He oído dos disparos y te he visto entrar. ¿Es…? –se interrumpió ante la expresión de ¿temor? de Jesús Silva – ¿Qué ocurre?

Jesús dudaba entre confiárselo y tener un aliado u ocultárselo.

Al ver que no obtenía respuesta y ante aquel semblante tan raro Frank levantó la sábana.

-No es Bilito –murmuró.

-Sí, lo es –reaccionó Jesús explicándole lo ocurrido y sus intenciones.

-¡Billy! –gritó una joven.

Isadora se abalanzó sobre el cadáver cuyo rostro no había tapado Frank.

-Cierra la puerta, que no entre nadie más o se descubrirá el pastel –ordenó Silva.

Frank obedeció.

Isadora se había abrazado a Barlow sollozando ante el asombro de Jesús Silva. Frank le informó que la chica creía que era el Chavito. Lo había visto en el baile haciéndose pasar por él mientras la cortejaba.

La lengua de Jesús abultó entre los dientes y los labios. El testimonio de Isadora les convenía para que todos creyeran en la muerte de Billy el Niño.

-¡Está vivo! –exclamó la muchacha deteniendo en seco su llanto -. ¡Aún vive!

Apretaba la oreja contra el pecho.

-No puede ser.

-Sí, le oigo los latidos y noto algo de respiración en mis cabellos.

Frank estudió el cuerpo.

-Es cierto, aún vive.

-¿Qué hacemos ahora? –masculló Jesús Silva. Miró a Isadora -. Necesitamos que crean que está muerto, lo entiendes, ¿verdad? Pat Garrett no debe saberlo nunca.

Si no todo volvería a empezar.

Isadora asintió.

-Por eso había tan poca sangre –comentó Silva para sí -. No tocó nada importante. La bala lo atravesó limpiamente.

-Pero si no lo atendemos aún puede morir y seguimos necesitando un cuerpo.

-Hay uno –dijo Isadora -. Después de terminar el baile hubo una reyerta entre dos forasteros en las afueras. A puñaladas. Uno quedó herido, el otro dicen que muerto. Aún sigue allí, se dijo de recogerlo por la mañana, porque era ya muy tarde.

-Iremos a comprobarlo. Tú no te muevas. Vuelve a taparlo con la sábana, que nadie le vea la cara, es muy importante. Nadie debe darse cuenta que Bilito sigue vivo o se irá de la lengua y Garrett terminará sabiéndolo. Cuando regresemos haremos el ataúd y clavaremos la tapa.

Mientras un jinete cabalgaba enviado por Garrett a Sunnyside a informar a Milnor Rudolph de la muerte de Billy el Niño, Jesús, Frank e Isadora sustituían al presunto muerto por otro real. Así fue cómo, en el siglo XXI, al estudiar criminalísticamente el banco de trabajo de la carpintería, donde reposaron los cuerpos, el investigador Steve Sederwall descubriera, según las pruebas forenses, que la sangre entre las grietas de la madera, era de dos personas distintas.

 

 

Cuando se analizan las acciones de Pat Garrett en las siguientes horas sabiendo que trataba de ocultar un asesinato cometido por él, haciendo pasar la inocente víctima por Billy el Niño, se entienden todos los comportamientos incomprensibles de la versión oficial. Se entiende por qué no expuso el cuerpo abiertamente a todos los habitantes de Fort Sumner, para que vieran, sin ningún género de dudas, que Billy el Niño estaba muerto. Se entiende por qué el féretro fue custodiado por hombres armados, para que nadie lo abriera. Se entiende que sólo los más íntimos del muchacho, y no todos, vieran el cuerpo y que guardaran silencio toda su vida, dado que era la única manera de que dejaran de perseguirle y más porque el asesinato en los Estados Unidos no prescribe y tenía una condena de muerte en su haber. Se entiende que lo enterraran antes de cumplirse las 24 horas de haber sido baleado.

Pero ninguna de las medidas que estaba tomando Pat Garrett serviría si el verdadero Billy hacía acto de presencia.

 

 

CAPÍTULO 11

Resquiescat in pace

 

Vigilaba la casa de Pete Maxwell deseando que Garrett saliera a la calle cuando vio a Celsa. Abrió la puerta. La muchacha se le abrazó aliviada. Billy correspondió al abrazo besándole el cabello.

-Cuando oí que te habían matado…

-Estoy bien –le decía besándole la frente, las mejillas, los labios trémulos en los que notó el temor de su novia.

Celsa rompió a llorar al liberar la tensión acumulada. Pronto estuvo respondiendo a los besos.

La había despertado un criado de Pete Maxwell, que le dijo que venía de parte del sheriff Garrett, porque quería hablar con ella.

-¿Y qué hace Pat en casa de tu amo?

-Es que ha matado al Chavito.

No creyó a su cuñado cuando le dijo que Billy vivía después de abofetearlo en cuanto lo vio. No le creyó, porque necesitaba ver el cuerpo.

La puerta de la carpintería estaba atrancada, pero dentro se oía ruido. Volvió a empujar. Golpeó la puerta. Quien estuviera den-tro dejó de hacer lo que hiciera, pero no abrió; sin duda querían hacer creer que no había nadie. Volvió a llamar insistentemente. Al final Jesús Silva entreabrió el portal.

El mexicano miró a ambos lados y la hizo entrar rápidamente. Cerró.

Sobre la mesa de trabajo Celsa vio un cuerpo cubierto con una sábana. En un rincón Frank Lobato estaba construyendo un ataúd.

Jesús la sujetó del brazo cuando se encaminó hacia el muerto.

-No es Billy –dijo.

-Tengo que verlo.

-No es él, es Barlow –mintió. Mejor que no supiera que habían cambiado el cuerpo; cuantos menos supieran que seguía vivo más difícil de que Garrett se enterara alguna vez –Billy está en un sitio seguro.

-¿Dónde?

-En la casa que hay detrás de la valla de los Maxwell.

Y era cierto, cierto, pensaba ahora entre los brazos del joven, buscando desesperada con sus labios rojos como amapolas los de Billy, casi mordiéndoselos cuando lo besó. Kid respondió con pasión, clavándole los dedos en el talle, notando como los jóvenes pechos cónicos se aplastaban contra su tórax.

Luego Celsa permaneció abrazada unos segundos, como si aquel cuerpo fuerte que le sostenía fuera un espectro que se desvanecería al separarse.

Billy aún la sentía temblar.

-Estoy bien –repitió y volvió a besarla, dulcemente esta vez.

-Pat ha matado a tu amigo –murmuró Celsa cuando el beso la liberó.

-¿A Billy Barlow?

Asintió.

-Pues es el último que matará.

Las muertes de Tom y Charlie le habían dolido, pero las aceptaba; era lógico que algo así ocurriera tarde o temprano dada la vida que llevaban, pero Barlow era inocente.

-No te vengues, Billy. Además, son tres.

-No lo mataré yo, descuida. Voy a salir para que me vean todos, que sepan que ha matado a otra persona. Que lo cuelgue esa Ley que tanto defiende.

-Y sabrán todos que estás vivo. Te seguirán persiguiendo y algún día se te acabará la suerte.

Billy la miró a los ojos, leyó sufrimiento en ellos, como si real-mente hubiera muerto.

-¿Es que quieres que me aproveche de este crimen?

-Es lo que quiere Pat. Me ha enviado con un trato.

Pat Garrett haría pasar a Barlow por él. Todos creerían que Kid Bonney había sido muerto en Fort Sumner y dejarían de perseguirle. Billy salía ganando, podía empezar una nueva vida, libre, cambiando de nombre. Él también ganaba, se libraba de la acusación de asesinato.

-Y de paso se lleva todos los honores por haberme matado –concluyó amargamente Billy.

-Guste o no, es la única solución para que dejen de acosarte.

Era una oferta tentadora. No le gustaba, prefería dar a conocer el homicidio de Garrett; se sentiría feliz si lo ahorcaban. Pero Celsa tenía razón, seguirían hostigándole y estaba cansado de luchar. Le repugnaba beneficiarse del pobre Barlow, pero ¿qué otra opción tenía?

Los ojos de Celsa seguían llorosos. Fue entonces cuando se dio cuenta de que, si accedía, estaba contemplándola por última vez, que nunca más vería sus hermosos ojos negros, ni su belleza morena, su olor a adelfa, su risa cristalina, su… le acarició la mejilla.

-Ven conmigo –suplicó.

Celsa negó con la cabeza antes de abrazarlo.

-No puedo. Todos saben que nos queremos. Si lo hago, sospecharán, sabrán que vives, porque ninguno se creerá la patraña de tu muerte.

-Celsa…

La muchacha le puso las yemas en los labios haciéndolo enmudecer.

-Por favor, no digas nada. No me hagas más difícil renunciar a ti.

Billy sentía un nudo en la garganta. Se había quedado aquellos meses arriesgando su vida, más que por venganza, por estar con ella, intentando convencer a Saval de que le diera permiso para que se fuera con él a México; deseaba casarse. Pero Saval no cedió, no quería que su hermana uniera su vida a un desperado, independientemente de que la madre la necesitara. Sólo con que Saval hubiera accedido Celsa habría arrastrado toda clase de peligros por Billy, pero así… tenía demasiado arraigadas las costumbres de su tierra y Celsa, por su parte, sabía que Billy tampoco haría nada que no considerara correcto. Por tanto, era el fin, ambos lo sabían.

-Te quiero –fue lo único que murmuró Billy. No insistió. Había tenido un momento de debilidad, pero no podía pedirle que se fuera con él, convirtiéndola en otra fugitiva, porque, aunque todos lo creyeran muerto, nunca podría llevar una vida normal, siempre estaría huyendo, fingiendo ser quien no era, siempre con el temor de que alguien lo reconociera. No podía ofrecerle aquello, no debía darle aquella vida. Celsa se merecía algo mejor.

-Dile que acepto el trato –dijo con voz tan rota como su corazón -. Dile otra cosa –ahora la voz fue dura sin poder ocultar el rencor -. Dile que tenemos una cuenta pendiente y que dentro de un año, diez o veinte, pasaré a cobrarla. Dile que no sé cuándo será, pero me la cobraré.

-Billy…

-¡Díselo! Que viva con miedo.

 

 

Pat Garrett había hecho venir a casa de los Maxwell a Paco Anaya, que acudió con un amigo, para que sirvieran como miembros del jurado forense y firmaran un documento que el propio Garrett había redactado.

Anaya leyó el escrito, ponía simplemente que Billy había muerto debido a una herida de bala a manos de Pat Garrett.

-¿Dónde está el cuerpo?

-En la carpintería, ya está en la caja.

-Es algo irregular firmar que está muerto sin ver el cuerpo.

-Está muerto. Pregúntale a Jesús Silva, él recogió a Billy.

Garrett confiaba que Silva mantuviera el infundio por el bien de Kid si Anaya le preguntaba.

Cuando quedó solo releyó el escrito. Gruñó. Quedaba demasiado pobre. Necesitaba algo más florido, que diera pompa a su persona, que quedara patente el bien social que había hecho.

Rompió el documento firmado por Anaya, luego diría que se había extraviado. Era necesario escribir otro, y en español, que quedaría mejor. Un nuevo manuscrito que Paca Anaya siempre diría que era falso y con dos peculiaridades que apoyan la falsificación, como fue que algunos de los supuestos firmantes escribieron mal sus propios nombres y que, siendo amigos de Billy, declararan que Garrett se merecía una recompensa.

Pero a Garrett se le escapó un detalle importante que también demuestra el fraude de su documento: en el libro de Defunciones de Fort Sumner no consta el fallecimiento de William Bonney, alias Kid. Algo insólito si tenemos en cuenta que debió ser el acontecimiento más importante del día. Más aún, ni siquiera el juez de Fort Sumner, Alejandro Segura, hizo una entrada en sus libros del informe elaborado por Pat Garrett, cuando, según dicho documento, fue él quien lo encargó, escribió y además fue uno de los firmantes.

 

Territorio de Nuevo México. Condado de San Miguel del Primer Distrito Judicial al Procurador del Territorio de Nuevo México.

Saludos.

 

Este día 15 de Julio de A. D. 1881, recibí yo, el abajo firmado, Juez de paz del Precinto arriba escrito, información que había habido una muerte en Fuerte Sumner en dicho precinto e inmediatamente al recibir la información procedí al dicho lugar y nombré a Milnor Rudulph, José Silva, Antonio Savedra, Pedro Antonio Lucero, Lorenzo Jaramillo y Sabal Gutierres un jurado para averiguar el asunto y reuniéndose el dicho jurado en casa de Luz B. Maxwell procedieron a un cuarto en dicha casa, donde hallaron el cuerpo de William Bonney alias “Kid” con un balazo en el pecho en la lado izquierdo del pecho y, habiendo examinado el cuerpo, examinaron la evidencia de Pedro Maxwell cuya evidencia es como sigue. “Estando yo acostado en mi cama en mi cuarto a cosa de media noche el día 14 de Julio entró a mi cuarto Pat F Garrett y se sentó en la orilla de mi cama a platicar conmigo. A poco rato que Garrett se sentó, entró William Bonney y se arrimó a mi cama, con una pistola en la mano y me preguntó, “Who is it? Who is it?”  y entonces Pat F Garrett le tiró dos balazos a dicho William Bonney y se cayó el dicho Bonney en un lado de mi fogón y yo salí del cuarto. Cuando volví a entrar ya en tres o cuatro minutos después de los balazos, estaba muerto dicho Bonney”.

El jurado ha hallado el siguiente dictamen: “Nosotros los del jurado unánimemente hallamos que William Bonney ha sido muerto por un balazo en el pecho izquierdo, en la región del corazón, tirado de una pistola en la mano de Pat F Garrett y nuestro dictamen es que el hecho de dicho Garrett fue homicidio justificable y estamos unánimes en opinión que la gratitud de toda la comunidad es debida a dicho Garrett por su hecho y que es digno de ser recompensado”.

M. Rudulph, Presidente

Anto. Savedra

Pedro Anto. Lucero

Jose X Silba

Sabal X Gutierrez

Lorenzo X Jaramillo

 

Todo cuya información pongo a conocimiento de U.

 

Alejandro Segura

Juez de Paz

 

Billy detuvo el caballo y echó un último vistazo a Fort Sumner. Era poco más de las tres de la mañana. No tenía nada claro lo que iba a hacer, excepto que cruzaría la frontera.

De pronto tuvo la sensación de haber vivido ya aquel momento.

Sus labios hicieron mención de una media sonrisa; amarga.

El día que mató a Cahill y huyó a Nuevo México.

Se repetía.

Salvo que ahora tenía más experiencia y estaba más escarmentado. Tendría que tener cuidado y evitar los errores que había cometido.

Volvió grupas. El caballo iba al paso. Tenía un largo trecho hasta Río Grande.

Billy el Niño había muerto.

 

 

El Niño se demoró en Fort Sumner, se afirma, debido a una relación mutua que existe entre él y una hermana de Pete Maxwell, y también por la razón de estar entre amigos, ya que se sentía más seguro allí que en cualquier otro sitio.

 ***

Desde que escapó, había dejado crecer su barba y había intentado disfrazarse de mexicano oscureciéndose la piel con algún tipo de raíz. Cuando le dispararon, iba vestido para el clima caluroso, con una camisa blanca, pantalones y calcetines.

 

 

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