Plan Maestro (Parte 4)

Cuarta parte del prólogo de Plan Maestro
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Prólogo – Adiós

4.

Julio se levantó para poder buscar mejor en los bolsillos de su pantalón vaquero. Al igual que hizo con el teléfono móvil, pareció prolongar la escena a propósito, como si sacara beneficio de ello. Cuando al fin sacó las llaves de su bolsillo, hizo el ademán de tirárselas a su amigo, pero finalmente las apretó en su mano y se quedó mirándole sin perder la sonrisa.
-No estoy para tonterías -respondió Gabriel al ver la escena. Supuso que su amigo pretendía jugar al “cógelas si puedes”, y con la borrachera no pudo deducir que no era el mejor momento.
-Tontería la que llevas tú encima -dijo Julio mientras empezó a dirigirse hace la puerta de salida -no pienso dejarte
mi moto sin coger antes mi chaqueta.
La calle a esas horas estaba libre de tráfico. La gente bajaba en grupos reducidos a la zona de bares. Gabriel notó un
golpe de frío nada más salir por la puerta, cosa que a su compañero, que iba en camisa de manga corta, no pareció importarle.
Se abrochó hasta arriba la chaqueta de cuero y apretó las manos en los bolsillos, sabía que cuando condujera la
moto, el frío, inevitablemente calaría todo su cuerpo sin remedio.
Julio se agachó para quitar la cadena que aseguraba que no le robaran la moto, aunque siempre se le comentaba que
cualquier espabilado podría romperla con facilidad. La moto estaba nueva, Sólo la tenía una semana, era una Aprilia RS 50 color negra y roja que, aunque era de segunda mano, estaba como nueva. Julio la había llevado a un taller para que se la pusiesen a punto tras su compra y se dejó mucho dinero en ello.
Tras dejar la moto libre y sacar un casco y una chaqueta del porta-bultos , le extendió las llaves a Gabriel.
-Sólo hay un casco -le advirtió dejándolo encima del sillín -si te pilla la ‘poli’ sin él, a ti o a tu novia…
-Tranquilo, yo correré con los gastos de la multa, lo prometo -interrumpió la frase de Julio mientras cogía el casco
integral negro y se lo ponía.
-Gabi, lleva cuidado y no corras -dijo mientras le pasaba las llaves a su amigo. Gabriel asintió a la ultima advertencia,
pero su chica estaba apunto de explotar y cada segundo que pasara en la parada de autobuses sola con sus pensamientos, agravaría la discusión posterior. Agarró las llaves y puso en marcha la moto.
-Tío -dijo Gabriel mientras revolucionaba el motor -gracias por dejarme la moto. Te veo dentro de un rato, te lo
prometo.
-Procura no rayarme la pintura y no estropeármela, eso me lo reservo para mí -dijo mientras se daba la vuelta y su
amigo empezaba a retroceder para incorporarse a la carretera.
Mientras iba, de nuevo, hacia la entrada del local, tuvo una extraña sensación, no un ‘Déjà Vu’ de los que él clasificaba de vivencias de otros ‘yos’ suyos en ese lugar, sino algo completamente diferente. Cada paso que daba sabía que quedaría almacenado en su memoria permanentemente. Se apoyó en el marco de la puerta de entrada del local, al tiempo que salía un camarero calvo con chaleco a rayas, posiblemente a buscar a los dos tipos que salieron de su local sin pagar las copas. La escena pasaba ante los ojos de Julio a cámara lenta. Sintió el mismo silencio que sentía cuando estaba en la escuela y el profesor le mandaba recitar de memoria las tablas de multiplicar y no se las sabía, todo la clase estaba pendiente de él. Todo el mundo estaba pendiente de él en aquel instante. Miró al cielo sintiéndose observado, mientras el camarero le preguntaba si todo andaba bien. Oía la voz del hombre calvo lejana y con un eco acuoso, cómo si él no estuviera en ese momento allí, apunto de mandar a la mierda a un camarero. De pronto oyó unos gritos y volvió la cabeza para ver de donde procedían. Una pareja discutían en el parque frente al local y el chico empezó a gritar “Es todo culpa tuya, ¿Es qué no lo viste venir?”, mientras la chica se alejaba llorando. Las palabras rebotaron con eco en su cabeza.

El sonido de un tremendo golpe sacó a Julio de su trance. Se giró justo a tiempo para ver su Aprilia RS 50 deslizarse por el asfalto hasta topar con un vehículo aparcado al que seguro había provocado una abolladura al impactar. Gabriel había embestido a una farola justo al doblar en el primer cruce, y por alguna razón no hizo nada por esquivarla o evitarla. Su cabeza chocó contra el cuerpo de acero de la farola haciendo que él mismo rebotara violentamente para caer, quedando tendido sobre el asfalto.

 

Víctor Manuel Sala.

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