Una eternidad.

Una esas cosas empalagosas que escribía hace muchos años:

No aguanto la espera. Jamás puede con los malditos nervios. Da igual, tú estas muy cerca de mi y podré verte cuando llegue el próximo tren. Ya te imagino, radiante, saliendo del vagón con tu sonrisa en los labios. Me hipotizas con solo mirarme. Tus ojos verdes son lagunas de agua encantada donde mi mente se baña, y siente tu armonía. Ahora me viene a la mente el recuerdo: estaba nublado, como ahora, y llovía sin parar. Nos fastidió el paseo que teniamos previsto, pero no fue lo suficientemente fuerte como para detenernos. Cogimos el paraguas y subimos a la terraza de aquel edificio. Me maravillo al recordarte con aquella falda larga hasta el suelo que llevabas, el rimel que se corrió por tu mejilla a causa de la lluvia. Me mirabas y me sonreias. Abrazados mirabamos las calles. La gente pasaba de un lado para otro, ignorantes de nuestra presencia. Inventamos sus vidas en un pequeño juego. Te decía “Aquella vieja que esta allí…, en aquel balcón, tiene siete gatos debido a que tuvo siete hijos que se le perdieron, y ahora todo su amor lo gasta en ellos como si de sus hijos se tratase”. Cada una de las personas de la calle eran objetivos de nuestra imaginación.

Desde aqui, en el andén, puedo ver la luna. Me encanta el mistico que desprende… claro está, no como aquella noche. Mirabamos el cielo sentados en el suelo y tapados con una manta. La luna hacía de confesora mientras contabamos las estrellas que salpicaban el firmamento. Yo me ponía muy nervioso cuando no podía protegerte, como ahora. Por más vuelta que doy no consigo hacerlo más breve. Queda poco…, lo sé, pero te amo y te deseo tanto… En cuanto bajes te pediré matrimonio. Hoy he comprado el anillo, mis amigos ya lo saben.

 Antes quiero olerte, sentirte, y que tus ojos me devuelvan la traquilidad nada mas bajar del tren y…

 

-Señor -dijo un empleado de la estación -, apartese del andén, vamos a cerrarlo; ha habido un accidente con el tren.

Víctor Manuel Sala.

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