Las joyas de una vida: capítulo I

Todo temblaba sin cesar. El suelo parecía evaporarse bajo sus dedos por las duras sacudidas que los caballos producían al galopar. Los gritos eran pérfidos e insultantes, pero ella sólo tenía miedo de la oscuridad.

Era una de esas noches que el tiempo y la memoria de los hombres no conservan, y no han sido reflejadas en ningún lugar, como si nunca hubieran existido. Una pequeña lloraba en una noche oscura. No había luna ni estrellas, sólo llantos y violencia.

Yacía sobre un montón de barro, mezclado con los ríos que no cesaban de brotar de sus ojos. Aquellos desconocidos encapuchados habían irrumpido en su casa en mitad de la noche, mientras cenaba con sus padres y sus hermanos. Tras un forcejeo descontrolado y una serie de injurias lanzadas al aire, habían lanzado literalmente a la pequeña fuera de la casa, pues no conseguían que parara de llorar. Después se erigió la voz de uno de aquellos encapuchados:

–¡Tenemos hambre! –profirió uno de los malhechores–. Saciadnos y no sufriréis más que lo vivido.

Aquel padre, enfurecido, hubo de redimirse ante la superioridad tanto en número como en fuerza de los asaltantes. Había de velar por su familia, así que saciaron sus deseos. La familia se hizo a un lado, y comenzaron a entrar en la casa muchos de los encapuchados, vaciando sus calderos, su despensa, y lo poco que tenían para comer.

–¿Sólo esto? –preguntó insatisfecho uno de ellos, lanzando con violencia el caldero vacío contra el suelo.

–Mi señor, somos gente humilde. Dejadnos en paz… Por favor.

Pero no hicieron eso. Sacó su espada el mismo que había preguntado y agarrando al hombre por el cuello de su camisa lo empotró contra la pared y acarició con la punta de su arma la clavícula del patriarca.

–¡Te he hecho una pregunta! ¿Hay más comida?

La pequeña no paraba de gritar. Y más gritaba cuantos más gritos oía. Y más gritó todavía cuando escuchó que los gritos de su familia crecían, entrecortados por la desesperación y por la impotencia de la defensa de sus propias vidas.

Un hilo de sangre chorreaba a los pies del encapuchado. La espada parecía silbar un sonido extraño, capaz de escucharse entre los gritos. A los pies del hombre, un padre yacía degollado. Después se giró hacia la familia. Solamente hubo más gritos.

Aquella niña no entendía nada de lo que estaba sucediendo. Era la primera vez que escuchaba llorar tanto a sus hermanos y a su propia mamá. Era la primera vez que veía a esos hombres vestidos con armaduras y espadas y, por descontado, era la primera vez que lloraba tanto. Pero más lloró cuando los llantos de su familia cesaron para siempre.

Después permaneció en silencio. Después sintió el caminar de los asaltantes fuera de la casa, sus murmullos, sus pasos cada vez más cercanos. Después sintió una patada en el costado y, quedando boca arriba hacia el negro cielo de la noche más oscura de sus recuerdos, escuchó unas palabras que no olvidaría en toda su vida:

–Duérmete ya, princesita.

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Hageg

 

2 Comentarios

  1. por xplorador publicado el 07/01/2011  03:54 Responder

    Muy bien escrito, rico en imágenes y en adjetivos. La escena es tan cruel como tópica, pero promete una aventura épica. (Siento la rima :D)

  2. por Javier Revolo publicado el 09/01/2011  12:51 Responder

    Muy bien escrito y con un final que deja abierta varias posibilidades. Economico e intenso. Me ha gustado.
    Felicidades

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